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Roncaglia, los medios y el límite que el periodismo empieza a rozar

Roncaglia intimó a medios y desató un fuerte debate sobre los límites del periodismo en Argentina.

El episodio protagonizado por el ministro Néstor Roncaglia no es un hecho aislado ni una reacción desmedida. Es, en todo caso, la expresión visible de un cambio de época que el periodismo aún no termina de procesar.

Las cartas documento enviadas a Crónica TV, Canal 9 y al periodista Tomás Méndez marcan un punto de inflexión. Ya no se trata sólo de una disputa mediática o de versiones cruzadas. Lo que está en juego es el límite entre investigar y acusar sin pruebas.

Durante años, cierto periodismo capitalino construyó su lógica sobre el impacto inmediato. El dato lanzado al aire, el título fuerte, la denuncia en potencial que rápidamente se transforma en certeza para el público. El problema es que ese mecanismo, efectivo en términos de rating, empieza a mostrar fisuras cuando entra en contacto con el sistema judicial.

Porque no es lo mismo opinar que imputar. Y mucho menos cuando se trata de delitos graves como el narcotráfico.

En el caso puntual, las versiones difundidas vinculaban a Roncaglia con supuestas maniobras ilegales apoyadas en material atribuido al condenado Daniel Celis y a la exfuncionaria Griselda Bordeira, en el marco de la causa conocida como Narcomunicipio. Un terreno de extrema sensibilidad donde cualquier afirmación debería estar respaldada por pruebas sólidas, no por interpretaciones o filtraciones de dudosa verificación.

Roncaglia respondió con una frase que resume el nuevo escenario: la libertad de expresión no es absoluta. No es una novedad jurídica, pero sí una advertencia política y mediática. En un contexto donde todo se viraliza y el daño reputacional es inmediato, las consecuencias de una denuncia falsa ya no se diluyen con el paso del tiempo.

El episodio donde Roncaglia intimó a medios marca un límite cada vez más claro.

Hay un cambio silencioso en marcha. Funcionarios, dirigentes y hasta particulares empiezan a reaccionar más rápido. Ya no esperan que el tema se enfríe. Intiman, exigen rectificaciones, y avanzan judicialmente si es necesario. El costo de publicar sin sustento empieza a ser tangible.

Al mismo tiempo, los medios enfrentan un riesgo creciente. Porque cuando se cruza la línea, no responde sólo el periodista. También queda expuesta la estructura que lo respalda. Empresas, editores y plataformas entran en la misma ecuación.

Lo que aparece entonces es una doble vara que el propio periodismo deberá revisar. Si la denuncia es cierta, el reconocimiento es inmediato. Si es falsa, el daño queda, pero la rectificación rara vez tiene el mismo alcance. Esa asimetría es la que hoy comienza a ser cuestionada desde los tribunales.

Lo que no se dice es que detrás de muchas de estas publicaciones conviven intereses políticos, operaciones cruzadas y disputas de poder. El periodista, en ese esquema, puede pasar de investigador a instrumento sin advertirlo. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es sólo ético. Es legal.

El caso Roncaglia deja una señal clara. El margen para el “run run” sin respaldo se achica. Y en un ecosistema donde la credibilidad está en crisis, cada error no sólo afecta a quien es señalado. También debilita al sistema informativo en su conjunto.

El periodismo sigue teniendo un rol central. Pero ese rol exige algo básico que nunca debió perderse: rigor. Porque en esta nueva etapa, la diferencia entre informar y dañar puede terminar resolviéndose en un expediente judicial.

El impacto del caso no se limita a una disputa puntual. A partir de ahora, cada publicación que implique una acusación grave deberá estar respaldada con mayor solidez. El episodio en el que Roncaglia intimó a medios funciona como advertencia para un ecosistema informativo que muchas veces prioriza la velocidad sobre la precisión. En ese escenario, la credibilidad vuelve a ser el activo central del periodismo.

Por Alejandro Monzón
https://www.analisislitoral.com.ar/

OPERACIÓN NARCO O PERIODISMO DE WHATSAPP

Por Análisis Litoral | URGENTE – Entre Ríos

En la Argentina de las capturas de pantalla, la verdad dejó de ser un punto de llegada para convertirse en una construcción instantánea. Basta un chat, un audio reenviado o una frase sacada de contexto para instalar sospechas que luego nadie se encarga de desmontar.

El caso que hoy trata de instalar en algunos medios de Entre Ríos expone con crudeza ese mecanismo.

El periodista Tomás Méndez vuelve a escena con denuncias que, lejos de apoyarse en pruebas judiciales sólidas, se sostienen en chats atribuidos a personas condenadas por narcotráfico, como Daniel “Tavi” Celis y Griselda Bordeira.

No es un detalle.
Es el núcleo del problema.

LA FRAGILIDAD DE LAS “PRUEBAS”

En cualquier investigación seria, una fuente vinculada al delito —y más aún condenada— no es prueba: es apenas un indicio que debe ser corroborado por múltiples vías independientes.

Sin ese proceso, lo que se presenta como denuncia es, en realidad, una narración interesada.

Y cuando esa narración apunta contra funcionarios como Néstor Roncaglia, la ministra Patricia Bullrich o el gobernador Rogelio Frigerio, el daño deja de ser mediático para convertirse en institucional.

EL DETALLE QUE CAMBIA TODO

Uno de los puntos más sensibles es la omisión de un dato clave: la supuesta “interlocutora” en los chats no sería la ministra nacional, sino una ex funcionaria condenada por narcotráfico.

Ese silencio no es menor.
Es una maniobra que altera la interpretación completa del hecho.

Porque en política y en comunicación, lo que se omite también construye sentido.

LO QUE NO SE DICE

Desde la Asociación Antidrogas de la República Argentina, su titular Claudio Izaguirre fue contundente: habló de una posible operación para desgastar la figura de Roncaglia, en un contexto donde el avance contra estructuras narco en el litoral genera resistencias.

La hipótesis es incómoda, pero verosímil: cuando el delito se siente acorralado, no solo responde en la calle, también lo hace en el terreno mediático.

ANTECEDENTES Y CONTEXTO

No es la primera vez que Tomás Méndez queda envuelto en polémicas por el contenido o la metodología de sus denuncias.

En paralelo, durante la gestión de Mauricio Macri, figuras como Patricia Bullrich y Roncaglia encabezaron operativos que derivaron en la detención de estructuras narco en Entre Ríos.

Ese dato permite entender por qué ciertos sectores podrían tener interés en invertir los roles: de perseguidores a sospechados.

QUIÉN RESPONDE POR EL DAÑO

Hay un punto que no admite ambigüedades: los funcionarios señalados están obligados a presentarse ante la Justicia para defender su buen nombre y honor, exigiendo pruebas a quienes los acusan.

No hacerlo implica dejar que la sospecha se consolide.

Pero también hay otra responsabilidad, igual de grave: quienes difunden acusaciones sin sustento —por malicia, resentimiento o la necesidad de congraciarse con su audiencia— abandonan el terreno del periodismo y entran en el de la difamación.

En ese escenario no se informa, no se investiga y no se prueba. Solo se instala.

Y en ese proceso, muchos terminan funcionando como piezas útiles de intereses mucho más oscuros, incluso como engranajes funcionales a estructuras del narcotráfico que buscan condicionar o desplazar a funcionarios incómodos, como en este caso con Néstor Roncaglia y Rogelio Frigerio.

DOBLE LECTURA

Versión superficial: un periodista revela chats comprometedores.

Lectura real: una operación construida sobre fuentes contaminadas, sin verificación independiente, amplificada para generar daño político.

En el medio, actores que —conscientes o no— terminan siendo funcionales a estrategias ajenas.

CONCLUSION

En un país donde la credibilidad está en crisis, cada denuncia sin pruebas no solo afecta a los acusados.

Erosiona algo más profundo: la confianza pública.

Porque cuando todo se vuelve verosímil, la verdad deja de importar.

Y en ese escenario, ya no gana quien tiene razón, sino quien logra instalar mejor la sospecha.

Redaccion Análisis litoral

“Falta poco” o el nuevo autoengaño del peronismo

Hay una fábula que en política debería enseñarse como materia obligatoria: la del cerdo flaco que sueña con maíz.

El animal, famélico, acorralado por la escasez, se duerme imaginando un campo dorado, abundante, generoso. En su cabeza, el maíz aparece solo, sin esfuerzo, sin siembra, sin cosecha. Come, engorda, se salva. Pero al despertar, nada cambió: sigue flaco, el corral sigue vacío y el hambre, intacta.

La enseñanza es brutal: soñar no es producir.

Y sin embargo, el peronismo vuelve a caer en esa lógica. El “Falta poco” que empieza a instalarse —casi como mantra colectivo— no es otra cosa que el nuevo “hay 2019”. Aquella consigna que, durante el desgaste de Mauricio Macri, funcionó como una promesa automática de regreso, sin necesidad de demasiadas explicaciones.

Hoy la escena se repite, con otros protagonistas pero el mismo reflejo.

Le queda poco”, dice Axel Kicillof.
Falta poco”, repite Sergio Massa.

No son frases al pasar: son una estrategia emocional hacia adentro. Un intento de sostener la moral propia frente a un escenario incierto. Pero también son, peligrosamente, una señal de que el peronismo podría estar otra vez confundiendo deseo con realidad.

El problema es que, esta vez, el contexto no es el mismo.

El “hay 2019” se apoyaba en un rechazo social acumulado. Hoy, en cambio, el escenario es más fragmentado, más volátil, más impredecible. Y sobre todo: con un actor que, lejos de desmoronarse como esperan algunos, sigue teniendo un núcleo duro que no se mueve.

Subestimar a Javier Milei —y al votante que lo sostiene— es, quizás, el error más repetido.

Porque ese votante no es pasivo. No está esperando que “vuelva lo conocido”. Al contrario: en muchos casos, se consolidó justamente en rechazo a eso. Cada vez que reaparecen las viejas caras, cada vez que el peronismo se muestra como un bloque reconocible, ese electorado tiende a reagruparse en defensa propia.

Efecto búmeran.

Algunos dentro del propio PJ lo entienden: mostrar encuestas propias como trofeos, celebrar caídas ajenas, insistir con nombres que ya tuvieron su turno, puede terminar fortaleciendo aquello que se busca debilitar.

La fábula vuelve a aparecer.

Mientras unos sueñan con el maíz —encuestas favorables, desgaste del Gobierno, retorno inevitable— otros advierten que el campo no está sembrado. Que no hay renovación clara, ni propuesta convincente, ni liderazgo ordenado.

Y ahí entra otro dato incómodo: la interna.

La “microfragmentación” que impulsa Massa, el armado amplio que imagina Cristina Fernández de Kirchner, las dudas sobre candidaturas, las tensiones con figuras como Sergio Uñac… todo configura un escenario donde el peronismo todavía está discutiéndose a sí mismo, más que construyendo una alternativa sólida.

Mientras tanto, el oficialismo también juega su propia partida. La figura de Manuel Adorni, envuelta en polémicas, no parece debilitar del todo el esquema de poder, que sigue contenido por la estructura libertaria y la centralidad presidencial.

Lo que no se dice:
El peronismo no está cerca del poder: está cerca de creer que lo está. Y esa diferencia, en política, suele ser determinante.

Doble lectura:

  • Versión peronista: “Falta poco, el ciclo se agota”.
  • Lectura real: “No sabemos cómo construir mayoría, pero apostamos a que el desgaste haga el trabajo”.

El cerdo flaco también creía que el maíz estaba cerca.

Pero nunca sembró.

Por AM para https://www.analisislitoral.com.ar/

MEDICIONES INTERNAS

El dato de la prestigiosa consultora de origen brasileño que hace estudios en distintos países del mundo, es coincidente con el que manejan encuestadoras locales, que advierten un derrumbe en la imagen presidencial y en las expectativas para lo que resta del mandato.

En el peronismo circulan, incluso, otros datos más complicados. La última medición que le llegó a Massa muestra a Milei con 32 puntos de imagen positiva. El líder del Frente Renovador se regocija, además, con la medición de la consultora Alaska, de Juan Courel, que desde diciembre de 2023 pregunta a los encuestados a quién votarían si el domingo próximo se repitiera el ballotage de 2023. En marzo, por cuarta vez desde que inició el ciclo, el ganador de la pregunta fue Massa, por 52,1% a 47,9%.

La consultora Alaska presunta todos los meses qué pasaría si se repitiera el ballotage entre Javier Milei y Sergio Massa.
La consultora Alaska presunta todos los meses qué pasaría si se repitiera el ballotage entre Javier Milei y Sergio Massa.

Con todo, hay voces internas del peronismo que avisan que hay que cuidarse del efecto búmeran. “Si seguimos mostrando esta foto, vamos a juntar a los antiperonistas. Se aglutinan enseguida”, advierte un dirigente que sigue de cerca los números de las encuestas. La foto de la multitud el 24 de marzo, dice, opera como una alarma para el Gobierno, que no consiguió ni siquiera que se le prestara atención al video que presentó como “El día de la memoria completa”. En el canal de Youtube de la Casa Rosada, la pieza audiovisual tuvo apenas 140 mil vistas y menos de cinco mil likes.

Adorni, el gato y las cinco patas

En la Argentina, encontrarle la quinta pata al gato no es un ejercicio ocasional: es casi una disciplina olímpica. Y el caso de Manuel Adorni parece haber activado, una vez más, ese reflejo condicionado de cierta parte del periodismo.

Partamos de lo obvio: el proceder del funcionario puede calificarse, como mínimo, de desprolijo. Y no es un detalle menor tratándose de alguien con responsabilidades institucionales de peso. Ahora bien, de ahí a construir un escándalo de proporciones épicas hay un trecho que algunos están demasiado dispuestos a recorrer… incluso sin pruebas sólidas.

Porque si algo debería caracterizar al periodismo —en su versión más elemental— es investigar, constatar y luego denunciar. En ese orden. No al revés.

Sin embargo, asistimos a un fenómeno cada vez más evidente: la necesidad de “rascar la olla” aun cuando los hechos disponibles apenas sostienen hipótesis débiles o interpretaciones forzadas. Y ahí aparece una contradicción incómoda: muchos de los que hoy señalan con el dedo, en otros tiempos compartían cercanía —ideológica o material— con aquellos a quienes ahora pretenden juzgar.

No es intención de esta nota defender a Adorni. Sería un error conceptual. Pero sí resulta inevitable señalar la doble vara.

Durante más de dos décadas, buena parte del sistema político y mediático convivió —cuando no directamente ignoró— hechos de corrupción de una magnitud que hoy cuesta dimensionar sin indignarse. El caso de la reestatización de YPF, que derivó en un fallo millonario contra el país, es apenas un ejemplo de decisiones ruinosas que terminamos pagando todos los argentinos.

Otro caso paradigmático: la llamada Causa Cuadernos, con un volumen de pruebas que, en cualquier sistema institucional sano, habría generado consecuencias mucho más profundas. Sin embargo, para algunos medios, ese expediente parece haber quedado archivado en la sección de “temas incómodos”.

¿Memoria selectiva? ¿Conveniencia editorial? ¿O simplemente nostalgia de épocas donde ciertos “incentivos” hacían más llevadera la cobertura?

El problema no es nuevo, pero sí persistente. Y no se limita a la escena nacional. En provincias y municipios, la lógica se replica: funcionarios, gobernadores, intendentes y concejales que, en pocos años, logran patrimonios difíciles de explicar sin ruborizarse. La política como mecanismo de ascenso económico rápido —y muchas veces impune.

En ese contexto, no sorprende que cualquier excusa sea válida para desgastar al gobierno de turno. Mucho más cuando decisiones recientes —como el posicionamiento frente al fallo de YPF— comienzan a reconfigurar el tablero político.

La discusión de fondo, entonces, no es Adorni. Es otra.

Es si la sociedad argentina está dispuesta, de una vez por todas, a separar la paja del trigo. A distinguir entre errores, torpezas o desprolijidades —criticables, sin duda— y estructuras sistemáticas de corrupción que durante años operaron con una naturalidad alarmante.

Porque si no logramos hacer esa diferencia básica, el riesgo es claro: seguir girando en círculo. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el resultado es el mismo.

Y los que esperan en la gatera —con experiencia comprobada en el arte de saquear sin consecuencias— no necesitan mucho más que eso para volver.

Redacción

AM para https://www.analisislitoral.com.ar/

Argentina 2026: entre el espejo de la grieta y la oportunidad de reconstruirse

Hubo un tiempo en que la Argentina se pensó —y se contó a sí misma— como un crisol de razas. Una sociedad que, nacida de la diversidad, logró forjar generaciones de ciudadanos trabajadores, creativos y, en muchos casos, profundamente honestos. Esa identidad no fue un mito vacío: fue una aspiración sostenida durante décadas, incluso en medio de crisis recurrentes.

Pero en algún punto del camino —y allí es donde la historia aún tiene deudas por explicar— algo se quebró. No de forma abrupta, sino progresiva. Ese quiebre hoy tiene nombre propio: la “grieta”. Una división que ya no solo organiza el debate político, sino que condiciona la forma en que millones de argentinos interpretan la realidad, juzgan al otro y hasta definen su pertenencia social.

Lo más inquietante no es la existencia de diferencias —naturales en cualquier democracia—, sino la intensidad emocional con la que se viven. Como si el desacuerdo político hubiera mutado en una lógica casi tribal, donde el adversario no es alguien con otra mirada, sino alguien a derrotar. En ese terreno, el análisis racional pierde espacio frente a reacciones viscerales, muchas veces cargadas de frustración acumulada.

Durante años, la Argentina convivió con un sistema donde la corrupción dejó de ser excepción para convertirse, en muchos casos, en una práctica tolerada. Desde los niveles más altos del poder hasta los escalones más bajos de la administración, se instaló una lógica perversa: si el de arriba roba, el de abajo también puede hacerlo. Ese mecanismo no solo erosionó las instituciones, sino que también deterioró el contrato moral de la sociedad consigo misma.

En ese contexto emergió el gobierno de Javier Milei, con una promesa explícita de ruptura. Un intento —con aciertos y errores— de modificar reglas de juego que parecían inamovibles. La reducción del gasto, el recorte de privilegios y el cuestionamiento a estructuras históricas no solo generaron apoyo, sino también una resistencia intensa, en muchos casos proveniente de sectores que durante años se beneficiaron del esquema anterior.

La comunicación también cambió. Parte del sistema mediático tradicional, que durante años convivió con la pauta oficial como fuente central de financiamiento, se vio obligado a reconfigurarse en un ecosistema donde las redes sociales permiten una identificación más directa —y muchas veces más cruda— de posicionamientos e intereses. Esa transformación expone, pero también polariza aún más.

Ahora bien, reconocer el punto de partida no implica justificar todo el presente. El actual gobierno ha cometido errores, algunos atribuibles a la inexperiencia, otros al vértigo de querer acelerar cambios estructurales en tiempos políticos y sociales que no siempre acompañan. La expectativa de resultados inmediatos choca con una realidad compleja: no existen soluciones mágicas para décadas de deterioro.

En paralelo, una parte de la sociedad observa con paciencia —aunque no ilimitada— este proceso. Otra, en cambio, parece encontrar en cada tropiezo una confirmación de sus propias certezas. Allí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué el fracaso del otro genera, en algunos casos, una satisfacción que roza lo emocionalmente preocupante?

Esa reacción no es nueva, pero sí más visible. Y tal vez sea uno de los síntomas más profundos de la grieta: la incapacidad de reconocer que, más allá de las diferencias, el destino sigue siendo común. Que el éxito o el fracaso de un rumbo político no impacta solo en un sector, sino en el conjunto de la sociedad.

Por eso, más allá de nombres propios o coyunturas, el desafío de la Argentina en 2026 parece ser otro: recuperar una mínima noción de proyecto compartido. Entender que el control ciudadano sobre los funcionarios —hoy más expuesto que nunca— debe ser una práctica permanente, no selectiva. Y que la exigencia de transparencia no puede depender de quién gobierne.

Lo que no se dice

La grieta no es solo política: es también cultural, emocional y hasta moral. Y mientras siga siendo funcional a quienes viven de esa división, difícilmente desaparezca por sí sola.

La pregunta de fondo

¿Puede la Argentina superar esta lógica de enfrentamiento permanente y reconstruir una idea de futuro común?
¿O estamos condenados a repetir un ciclo donde cada intento de cambio termina atrapado en la misma disputa que dice querer resolver?

Redacción Análisis Litoral

Vila–Manzano: del poder político de los ‘90 al control de energía y medios, con un nuevo revés judicial en Mendoza

El reciente fallo de la Suprema Corte de Mendoza contra la distribuidora eléctrica EDEMSA volvió a poner en el centro de la escena a uno de los grupos empresarios más influyentes —y también más controvertidos— de la Argentina: el encabezado por Daniel Vila y José Luis Manzano.

La resolución judicial no sólo obliga a la empresa a pagar multas por incumplimientos en el servicio, sino que también deja al descubierto un mecanismo recurrente en la relación entre concesionarias y Estado: el intento de dilatar sanciones mediante recursos judiciales.

El fallo: un límite a la estrategia dilatoria

La Suprema Corte mendocina rechazó el recurso extraordinario presentado por EDEMSA y dejó firme la sanción aplicada por el EPRE. El punto central fue claro:
la empresa debía pagar primero y reclamar después, tal como establece el contrato de concesión.

El tribunal descartó arbitrariedad y cerró la posibilidad de escalar el caso a la Corte Suprema de la Nación, marcando un precedente relevante en la regulación de servicios públicos.

Lo que no se dice

El fallo no sólo es técnico. También expone una tensión estructural:
¿hasta qué punto los grandes grupos concesionarios cumplen efectivamente con las reglas que aceptan al momento de obtener contratos con el Estado?

En este caso, la Justicia entendió que hubo una intención de eludir una obligación básica del esquema regulatorio.


Antecedentes: política, poder y negocios

Para entender la dimensión del grupo, hay que retroceder a los años ‘90.

José Luis Manzano, figura clave del menemismo, fue ministro del Interior de Carlos Menem. Su salida del gobierno estuvo rodeada de cuestionamientos políticos y denuncias que marcaron su imagen pública desde entonces.

Tras su paso por la función pública, inició junto a Vila una expansión empresarial que coincidió con el proceso de privatizaciones y concentración económica de la época.

Del Estado a los negocios regulados

El crecimiento del grupo se apoyó en sectores altamente sensibles:

  • Energía eléctrica (EDEMSA, Edenor)
  • Gas (Metrogas)
  • Petróleo (Phoenix Global Resources en Vaca Muerta)
  • Medios (Grupo América)

Se trata de áreas donde la relación con el Estado no es accesoria, sino estructural: concesiones, regulaciones, tarifas y marcos legales definen la rentabilidad.


Medios y poder: una expansión constante

El grupo consolidó su influencia con la adquisición de América TV y una red de medios en todo el país.

Este proceso se dio en paralelo a distintas etapas políticas: desde el menemismo hasta los gobiernos más recientes, atravesando crisis como la de Crisis de 2001 en Argentina.

Una constante incómoda

A lo largo de tres décadas, el grupo logró sostener y expandir su posición independientemente del signo político de los gobiernos.

Esa continuidad abre interrogantes inevitables:

  • ¿Se trata de capacidad empresarial… o de adaptación al poder?
  • ¿Cuánto influye la cercanía política en negocios regulados?
  • ¿Dónde termina la inversión privada y dónde comienza la dependencia estatal?

El presente: entre sanciones y expansión

El fallo contra EDEMSA llega en un contexto donde el grupo sigue activo en sectores estratégicos y busca nuevas oportunidades de expansión.

En paralelo, su presencia en energía, minería y medios lo ubica como un actor central en la discusión sobre poder económico en la Argentina.


Cierre: más que un fallo, una señal

La decisión de la Corte mendocina no derriba un imperio, pero sí envía una señal:

que incluso los grupos más consolidados deben ajustarse a las reglas cuando el sistema institucional decide hacerlas valer.

La pregunta de fondo

En un país donde la relación entre política y negocios ha sido históricamente difusa, el caso vuelve a poner sobre la mesa una discusión pendiente:

¿es posible un esquema de servicios públicos transparente cuando los mismos actores atraviesan gobiernos, regulaciones y estructuras de poder durante décadas?

Medios y poder: la red de influencia del Grupo América

El crecimiento del holding encabezado por Daniel Vila y José Luis Manzano no puede entenderse sin su pata mediática.

A lo largo de los años, consolidaron una estructura que combina televisión abierta, cable, radio, gráfica y plataformas digitales, conformando uno de los conglomerados más influyentes del país.

Televisión abierta y señales nacionales

El núcleo del grupo es América TV, una de las principales señales abiertas del país.

A esto se suma A24, canal informativo con fuerte presencia en la agenda política diaria.

También operan señales temáticas como:

  • América Sports
  • América Internacional

Radio: llegada directa a la agenda política

En el ámbito radial, el grupo controla:

  • Radio La Red
  • Radio Blue

En Mendoza, su base de origen:

  • Radio Nihuil

Estas emisoras han sido históricamente plataformas de instalación de agenda y posicionamiento político.

Gráfica y digital

El grupo también tiene presencia en medios tradicionales y digitales:

  • Diario Uno (con ediciones en Mendoza y otras provincias)
  • UNO Medios
  • Portales digitales asociados a sus marcas televisivas y radiales

Cable y distribución

A través de su estructura empresarial, también han tenido participación en sistemas de cable en distintas provincias, lo que les permitió controlar no sólo contenidos, sino también su distribución.


Un dato clave: lo que circula vs. lo confirmado

En el debate público suelen aparecer versiones sobre supuestas participaciones en otros grandes medios nacionales —como Telefe—.

Sin embargo, hasta el momento, esas afirmaciones no cuentan con confirmación oficial en términos de propiedad directa.

Esto no invalida el punto de fondo, pero sí obliga a distinguir entre:

  • estructura real de propiedad
  • influencia política o vínculos indirectos

Bindi, Pagano y Zamora: el triángulo incómodo que podría asomar detrás de operaciones, poder e inteligencia

Hay nombres que ocupan titulares. Y hay otros que orbitan en las sombras, pero que aparecerían —una y otra vez— en el corazón de los episodios más sensibles del poder argentino.

El de Franco Bindi parecería pertenecer a esta segunda categoría.

Abogado, supuesto operador silencioso y —según diversas versiones periodísticas— habitué de los márgenes donde se cruzarían política, justicia e inteligencia, Bindi volvería a emerger en la escena pública. Esta vez, no solo por su vínculo personal con la actual diputada nacional Marcela Pagano, sino por una trama más amplia que lo conectaría con el poder territorial de Gerardo Zamora.

Un nombre que se repetiría

En los últimos meses, el nombre de Bindi habría aparecido asociado a episodios de alto voltaje político: la difusión de audios que impactaron en la interna del oficialismo, supuestas gestiones paralelas en vínculos internacionales sensibles y una persistente presencia en causas judiciales complejas desde hace más de una década.

Nada de esto, por sí solo, constituiría prueba judicial. Pero sí configuraría un patrón: Bindi aparecería siempre en los márgenes de los conflictos donde se jugaría poder real.

El dato judicial más reciente

En ese contexto, en las últimas semanas se habría conocido un hecho concreto que vuelve a ubicar a Bindi en el centro de la escena judicial.

Según informó La Nación, la Cámara Federal de Casación Penal habría rechazado un recurso presentado por Marcela Pagano y Franco Bindi, quienes intentaban acceder al expediente en el que se investiga la filtración de audios vinculados al caso de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS).

El tribunal habría considerado que ninguno de los dos se encontraría formalmente imputado en la causa, motivo por el cual no correspondería su participación ni el acceso al expediente en esta etapa.

El trasfondo de esa investigación se vincularía con una denuncia del Gobierno por presunto espionaje y difusión ilegal de grabaciones sensibles, en las que se habría buscado influir en la opinión pública y en el escenario político.

En ese marco, desde el oficialismo se habría señalado a Pagano y a su entorno, incluyendo a Bindi, como posibles responsables de la difusión de esos audios, algo que fue rechazado públicamente por la propia diputada.

El origen del vínculo con Zamora

Para reconstruir esta historia habría que retroceder al año 2013. Según registros públicos, en ese período Bindi habría sido incorporado como asesor en el Senado, en paralelo a cuestionamientos judiciales en su contra.

Poco después, su estudio jurídico habría comenzado a prestar servicios para la provincia de Santiago del Estero, gobernada por Zamora. Desde entonces, distintas versiones lo ubicarían como un operador clave en Buenos Aires para atender intereses del poder provincial.

Aquí aparecería el primer dato estructural: no se trataría de un vínculo ocasional, sino de una relación sostenida en el tiempo.

Causas, operaciones y zonas grises

A lo largo de los años, el nombre de Bindi habría sido mencionado en distintos episodios: la denominada “Operación PUF”, vinculada a maniobras judiciales y mediáticas; declaraciones del arrepentido Leonardo Fariña en causas de lavado; y supuestas intervenciones en expedientes sensibles que involucrarían a dirigentes políticos.

A esto se sumarían versiones —no confirmadas judicialmente— sobre vínculos con estructuras de inteligencia y contactos internacionales.

En términos periodísticos, lo relevante no sería validar cada acusación, sino observar el patrón: un mismo actor mencionado en escenarios distintos, pero siempre cerca de la disputa por el control judicial o político.

Pagano: la posible puerta de entrada al Congreso

El vínculo con Marcela Pagano agregaría una dimensión política directa.

La diputada, que habría llegado al Congreso de la mano de Javier Milei y hoy se posicionaría como una voz crítica dentro del propio espacio, quedaría inevitablemente atravesada por esta red de relaciones.

Sin necesidad de imputar responsabilidades, la pregunta sería otra: ¿hasta qué punto estos vínculos podrían influir en las dinámicas internas del poder?

Zamora y el poder silencioso

En este entramado aparecería una figura clave: Gerardo Zamora.

Con bajo perfil mediático pero alta incidencia política, el gobernador santiagueño encarnaría lo que el politólogo Giovanni Sartori definía como “poder de chantaje”: actores con pocos votos propios, pero capacidad decisiva en momentos clave.

Su relación con estructuras como la AFA y su influencia en el Senado lo convertirían en un jugador estratégico. Y en ese esquema, la figura de Bindi aparecería como posible nexo operativo.

Lo que no se diría

No habría, hasta el momento, condenas firmes que confirmen las acusaciones más graves. Sí existiría una reiteración de menciones en causas, operaciones y versiones periodísticas. Y ahora también, un expediente judicial en curso donde su nombre vuelve a aparecer en el contexto de una investigación sensible.

Y sobre todo, una constante: la opacidad.

En la Argentina, muchas veces el poder no se explicaría por lo visible, sino por lo que permanecería fuera de escena.

Una trama abierta

El caso Bindi no sería un hecho aislado. Sería, en todo caso, una ventana.

Una ventana a cómo se construirían —y se sostendrían— ciertas estructuras de influencia en la política argentina: con operadores discretos, vínculos cruzados y una frontera difusa entre lo legal, lo político y lo invisible.

La pregunta no sería solo quién es Franco Bindi.

La pregunta sería otra: ¿cuántos más operarían en la misma lógica sin haber sido todavía expuestos?

Redaccion Análisis Litoral

Entre el estancamiento y la oportunidad: ¿puede la creatividad destrabar la economía?

A casi tres años del inicio de la gestión de Javier Milei, incluso dentro del propio oficialismo comienzan a aparecer señales de alerta: la recuperación de la actividad económica muestra signos de desaceleración y, en algunos sectores, directamente de estancamiento. No se trata solo de percepciones aisladas, sino de una sensación que empieza a filtrarse en indicadores, en el consumo y —sobre todo— en el humor social.

El fenómeno no es nuevo en la historia argentina. Gobiernos con fuerte impulso reformista han atravesado, tras una primera etapa de shock, un “valle” donde los resultados tardan en consolidarse. Ocurrió en los años 90 con las reformas estructurales, y también en procesos más recientes en América Latina, donde los ajustes iniciales generaron una pausa económica antes de una eventual reactivación. La diferencia, en este caso, es el contexto social: una clase media golpeada y sectores bajos con escaso margen de espera.

Lo que no se dice

El gobierno apuesta a que el orden macroeconómico —equilibrio fiscal, baja de inflación, desregulación— genere por sí solo un rebote. Sin embargo, la historia comparada muestra que estos procesos requieren, además, coordinación política, acuerdos mínimos y generación de expectativas positivas. Sin eso, la economía puede estabilizarse… pero sin crecer.

Y aquí aparece un elemento incómodo, difícil de plantear pero necesario para una lectura estratégica: los grandes reacomodamientos globales —incluso aquellos derivados de conflictos internacionales— suelen reconfigurar cadenas de suministro, precios de commodities y oportunidades productivas. Sin romantizar ni mucho menos desear escenarios de conflicto, la historia muestra que durante la Segunda Guerra Mundial, Argentina logró posicionarse como proveedor clave de alimentos, consolidando su perfil como “granero del mundo”.

Hoy, en un contexto internacional nuevamente tensionado, podrían abrirse ventanas —acotadas y condicionadas— para sectores estratégicos como el agro, la energía o los alimentos. La diferencia es que esas oportunidades ya no se capturan por inercia: requieren planificación, coordinación y una rápida capacidad de respuesta.

La oposición: entre el desgaste y la falta de propuesta

En paralelo, la oposición atraviesa su propia crisis. Fragmentada y sin un liderazgo claro, no logra capitalizar el malestar. Más aún, parte de sus embates —en algunos casos sobreactuados o poco consistentes— terminan reforzando la narrativa oficial de una “casta desconectada”.

Pero aquí aparece un punto clave: la oposición no solo falla cuando critica sin sustento, sino también cuando no propone alternativas superadoras. En democracias maduras, los momentos de crisis económica suelen dar lugar a oposiciones creativas, capaces de instalar ideas que, si son ignoradas, terminan siendo capital político propio.

ASI SALUDAN AL PRESIDENTE Javier Milei EN TUCUMÁN!!!!! 19/3/2026 DEMOSTRACION DE COMO AUN SE CONSERVA EL FERVOR

¿Falta diálogo o falta método?

El conflicto entre el gobierno y la oposición parece haber quebrado cualquier canal de diálogo. Sin embargo, el problema podría ser más profundo: no hay un ámbito estructurado para pensar soluciones de manera colectiva.

En otros países, ante situaciones de estancamiento, se han impulsado:

  • Consejos económicos y sociales con participación multisectorial
  • Mesas de innovación público-privadas
  • Convocatorias abiertas a expertos, universidades y actores productivos

Argentina, paradójicamente, cuenta con un capital intangible reconocido globalmente: la “viveza criolla” entendida como capacidad de adaptación, la inventiva y una creatividad que ha destacado tanto en la ciencia como en el deporte.

La propuesta: una “gran tormenta de ideas nacional”

Desde este espacio surge una idea que, aunque a primera vista pueda parecer ingenua, cuenta con antecedentes concretos a nivel internacional: convocar a una gran “brainstorming session” nacional. La propuesta implicaría una convocatoria previa a través de una plataforma digital, donde ciudadanos de todo el país puedan presentar sus ideas y proyectos, permitiendo luego una selección de aquellas iniciativas con mayor potencial de impacto, para ser incorporados a una gran comisión de trabajo .

No se trata de un acto simbólico ni de una foto política, sino de un proceso real:

  • Convocar economistas, emprendedores, científicos, pymes, sindicatos y referentes sociales
  • Establecer ejes concretos: empleo, producción, exportaciones, innovación
  • Generar propuestas medibles y de rápida implementación
  • Transparentar el proceso para que la sociedad lo perciba como un cambio de actitud

Doble lectura

  • Versión oficial: el rumbo es correcto, solo hay que sostenerlo.
  • Lectura real: sin apertura, sin nuevas ideas y sin coordinación política, el proceso puede diluirse en el tiempo.

El factor clave: la percepción social

En economía, la confianza es un activo determinante. Si la sociedad percibe que hay apertura, inteligencia colectiva y búsqueda genuina de soluciones, es más probable que otorgue tiempo. Si, por el contrario, percibe rigidez o aislamiento, el margen de espera se reduce.

Hoy, la realidad golpea con fuerza en amplios sectores. Y el tiempo político —a diferencia del económico— no es infinito.

Cierre abierto

¿Puede Argentina convertir una crisis en una oportunidad histórica?
¿Se animará el gobierno a abrir el juego?
¿Podrá la oposición reinventarse como una alternativa propositiva?

Tal vez la respuesta no esté en una sola figura, sino en la capacidad colectiva de un país que, más de una vez, supo reinventarse.

diario_a@yahoo.com

Por Alejandro Monzon para https://www.analisislitoral.com.ar/

#Milei #OportunidadGlobal

No cambiemos la vara: cuando la memoria selectiva se vuelve herramienta política

En la Argentina de los últimos años parece haberse instalado una curiosa paradoja moral: después de décadas de convivir con escándalos de corrupción estructural, con redes organizadas para el saqueo del Estado, parte del debate público se concentra hoy en episodios menores que, sin dejar de ser cuestionables, difícilmente puedan compararse con los sistemas de corrupción que marcaron a la política nacional durante décadas.

Digamos lo evidente: si se observan los temas que ocupan la agenda mediática en estos días —el lugar de la esposa de un funcionario en un avión oficial, un vuelo privado a Punta del Este o un mensaje en X (Twitter) vinculado a una criptomoneda— cuesta encontrar allí un daño directo comprobado al Estado o un esquema de apropiación sistemática de fondos públicos.

Eso no significa que todo esté bien ni que la ética pública deba relativizarse. No. La ética debe ser exigente siempre. Pero también debe ser coherente. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cuándo nos volvimos tan puristas?

La memoria corta de la política argentina

La historia política reciente ofrece múltiples ejemplos de cómo la discusión pública ha oscilado entre escándalos menores y otros de magnitud estructural.

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, por ejemplo, uno de los episodios que ocupó titulares fue la polémica por la importación de pollos congelados en medio de la crisis económica de los años 80. A comienzos de los 2000, durante la presidencia de Fernando de la Rúa, la prensa dedicó semanas a discutir el llamado “caso del jardinero”, una controversia administrativa menor si se la compara con los escándalos posteriores que sacudirían al país.

Algo similar ocurrió años después con Mauricio Macri, cuando parte del debate político giró durante meses en torno a las empresas de su familia y a las decisiones empresariales de su padre, Franco Macri.

Nada de eso fue irrelevante. Pero tampoco puede ponerse en la misma escala que las estructuras de corrupción que, según múltiples investigaciones judiciales, funcionaron durante años en distintos niveles del Estado.

Cuando la corrupción se vuelve sistema

Los argentinos también hemos sido testigos de otra cosa: organizaciones piramidales de corrupción, donde el saqueo no era un hecho aislado sino un mecanismo de funcionamiento.

Las causas judiciales vinculadas a la obra pública, los sistemas de retornos empresariales o los circuitos de recaudación ilegal que surgieron en investigaciones como la conocida causa de los Cuadernos de las Coimas, revelaron la existencia de redes complejas de funcionarios, empresarios y operadores políticos.

En ese contexto, la figura de Cristina Fernández de Kirchner quedó en el centro de múltiples procesos judiciales, incluido el que culminó con una condena en la causa conocida como Causa Vialidad, vinculada al direccionamiento de obras públicas en la provincia de Santa Cruz.

Esos expedientes —independientemente de las interpretaciones políticas que se hagan de ellos— describen mecanismos que implicaban miles de millones de pesos del erario público, redes de empresas y un entramado institucional destinado a sostener el sistema.

Ahí es donde aparece la diferencia de escala.

Ética sí, doble vara no

¿Puede haber corrupción en cualquier gobierno? Sin dudas. El poder siempre genera tentaciones y oportunidades.

Por eso, cuando surge un hecho cuestionable, debe investigarse y, si corresponde, sancionarse. Incluso puede haber responsabilidades políticas que obliguen a una renuncia. La ética pública no es negociable.

Pero confundir un episodio individual con una estructura organizada de saqueo estatal es otra cosa.

No es lo mismo un hecho irregular que un sistema diseñado para apropiarse de recursos públicos durante años.

La sociedad frente al espejo

Hay una reflexión más incómoda aún: la política no surge en el vacío. Es, en gran medida, un reflejo de la sociedad que la produce.

Cuando los argentinos naturalizan pequeñas transgresiones cotidianas —desde eludir reglas hasta justificar ventajas indebidas— terminan creando un clima cultural donde esas conductas también encuentran espacio en la política.

En ese sentido, el problema de la corrupción no es exclusivamente institucional. También es cultural.

El ejemplo del fútbol argentino

Para entenderlo basta mirar otro universo de poder: el fútbol.

La Asociación del Fútbol Argentino suele ser asociada a la figura de su presidente, Claudio “Chiqui” Tapia, pero quienes conocen el funcionamiento interno del fútbol argentino saben que el sistema está compuesto por decenas de dirigentes, intereses cruzados y estructuras que trascienden a una sola persona.

El problema no es un nombre propio. Es la lógica de funcionamiento.

Y cuando esa lógica se naturaliza, el riesgo siempre es el mismo: la impunidad.

El verdadero peligro: la impunidad

La diferencia fundamental entre un sistema republicano saludable y uno degradado no es que exista o no corrupción —porque lamentablemente siempre existe— sino si esa corrupción puede ser investigada, juzgada y sancionada.

Cuando el poder político necesita perpetuarse para evitar rendir cuentas, aparece otra deriva peligrosa: el debilitamiento institucional, el avance sobre la Justicia, la persecución a la prensa crítica y, en los casos más extremos, el autoritarismo.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos de ese proceso.

Una vara única

Por eso el desafío no es bajar el nivel de exigencia ética. Al contrario: la vara debe mantenerse alta siempre.

Pero debe ser la misma vara para todos.

Porque cuando la indignación se vuelve selectiva, cuando ciertos hechos se exageran mientras otros se minimizan, el debate público deja de ser moral y se convierte simplemente en una herramienta política.

Y en ese terreno, la sociedad termina perdiendo algo mucho más importante que una discusión mediática: pierde la capacidad de distinguir entre un error, un abuso y un sistema organizado de corrupción.

No cambiemos la vara.
Porque cuando se pierde la medida de las cosas, también se pierde la memoria.

Por Alejandro Monzon para Análisis Litoral

Cuando el comerciante deja de mirar el mostrador hacia adentro

En este comienzo de 2026 se multiplican las quejas en el sector comercial. “No se vende”, “la gente no compra”, “todo está parado”. Las frases se repiten como un eco en reuniones de comerciantes, charlas de café o publicaciones en redes sociales. Sin embargo, muchas de esas quejas nacen de diagnósticos incompletos o, directamente, equivocados.
No se trata de negar la realidad económica: Argentina atraviesa un proceso de transición, con cambios en el consumo, en los hábitos de compra y en las reglas de competencia. Pero también es cierto que buena parte del comercio minorista arrastra problemas estructurales que poco tienen que ver con el contexto y mucho con la falta de adaptación.
Durante años, cuando el mercado parecía asegurado, muchos comerciantes dejaron de hacerse preguntas básicas. ¿Cuánto vendían realmente? ¿Qué productos tenían mayor rotación? ¿En qué momento del año se vendían más determinadas mercaderías? Y algo fundamental: ¿medían esas ventas en volumen o sólo en dinero?
Medir en dinero puede ser engañoso. La inflación histórica argentina durante décadas ocultó ineficiencias. Muchos creían que vendían más cuando en realidad sólo estaban facturando más por efecto de los precios. Cuando el contexto cambia y la inflación deja de tapar esos desajustes, aparecen las dificultades.
Conocer al cliente: el primer paso olvidado
Otra pregunta elemental que muchos comercios nunca se hicieron es quién es su cliente. ¿A quién le están vendiendo realmente? ¿Cuál es su público objetivo? ¿Dónde está ese cliente potencial?
No es lo mismo venderle a un joven que a una familia, a un profesional que a un jubilado, a un consumidor digital que a uno tradicional. Sin esa información, el comerciante simplemente abre la puerta y espera que alguien entre.
Hoy el consumo cambió radicalmente. Las redes sociales, los marketplaces y el comercio electrónico modificaron la forma en que la gente descubre, compara y compra productos. El cliente ya no depende del comercio de la esquina para conocer precios u ofertas.
La vidriera ya no está solo en la calle: está en el celular.
El stock que no rota también es dinero inmovilizado
Otro error frecuente es no analizar el stock. Muchos comerciantes acumulan mercadería sin saber con precisión qué productos rotan y cuáles permanecen meses —o años— inmovilizados.
Ese stock parado es capital detenido. Dinero que no vuelve al circuito comercial.
Y aquí aparece una paradoja interesante. Algunos comerciantes culpan al comercio electrónico por sus bajas ventas. Señalan plataformas como MercadoLibre como responsables de su caída de facturación.
Pero rara vez se preguntan algo simple: ¿por qué no vender ellos mismos allí?
Si existe una “gran vidriera digital” con millones de potenciales compradores, ¿por qué no aprovecharla para liquidar mercadería que no se mueve en el local físico?
La competencia no desaparece ignorándola. Se la enfrenta aprendiendo a jugar en ese mismo terreno.
Competir también es aceptar nuevas reglas
El comercio minorista argentino también enfrenta otro desafío: aprender a competir en serio.
Durante muchos años, en muchas ciudades del interior, el comercio funcionó con lógicas casi monopólicas. Determinados negocios eran los únicos proveedores de ciertos productos y eso generaba posiciones dominantes.
Pero cuando aparece la competencia digital o un proveedor externo, esa comodidad desaparece.
Un ejemplo cotidiano: días atrás ingresé a un comercio para realizar una compra mínima e intenté pagar con tarjeta de débito. Algo absolutamente habitual hoy, incluso en almacenes de barrio.
La respuesta fue tajante: “solo efectivo”.
Más allá de retirarme sin concretar la compra, la sensación fue inevitable: ese comerciante no solo está desconectado de las nuevas formas de pago, sino que probablemente también busca evitar registrar operaciones.
Ese tipo de prácticas no solo alejan clientes. También generan desconfianza.
El precio global también llegó al interior
Otro fenómeno que impacta en el comercio local es la comparación internacional de precios.
Hoy cualquier consumidor puede revisar en segundos cuánto cuesta un producto en el exterior. Y no son pocos los casos donde artículos de origen estadounidense —escuche bien— cuestan hasta un 50 % menos que en Argentina.
Ese dato circula rápidamente en redes sociales, grupos de WhatsApp o videos de comparación de precios.
La consecuencia es clara: el consumidor se vuelve más exigente.
Ya no compra simplemente porque el producto está disponible en la ciudad.
Un cliente no es solo una venta
Supongamos ahora otra situación: un comerciante tuvo un solo cliente en todo el día.
Muchos dirían que fue un mal día de ventas.
Pero también puede haber sido una oportunidad perdida.
Porque si ese comerciante no tiene forma de volver a contactar a ese cliente, de ofrecerle nuevas promociones, de recordarle que existe o de agradecerle la compra, ese vínculo termina en el momento en que el cliente sale del local.
Hoy existen herramientas extremadamente simples para evitar eso.
Una base de datos de clientes permite registrar: nombre, frecuencia de compra, productos preferidos y fechas importantes.
Algo tan simple como saludar a un cliente por su nombre de pila puede generar una diferencia enorme en la experiencia de compra.
A los argentinos nos gusta que nos reconozcan. Nos sorprende positivamente cuando alguien recuerda nuestro nombre.
Incluso un simple mensaje de cumpleaños puede convertirse en un gesto de fidelización que ningún algoritmo puede reemplazar.
La vidriera que entra al baño de casa
Las redes sociales también cambiaron la lógica del marketing.
Hoy las marcas pueden entrar literalmente en la vida cotidiana de las personas. Incluso en los momentos más inesperados.
Hay una costumbre ya extendida: muchas personas llevan el celular al baño. Allí consumen contenidos, miran redes sociales o revisan mensajes.
Puede parecer un detalle trivial, pero refleja algo profundo: la publicidad ya no está limitada a una avenida comercial.
Está en el bolsillo del consumidor.
Y si el comercio no está presente allí, simplemente deja el terreno libre para que otro ocupe ese espacio.
Marketing no es publicidad: es anticipación
Muchos comerciantes confunden marketing con publicidad.
Pero el marketing es algo mucho más amplio: es entender al cliente, anticiparse a sus necesidades y preparar el negocio para distintos escenarios.
Por eso existe un viejo proverbio náutico que resume muy bien esta idea: “Aprovecha a coser las velas cuando no hay viento, para que cuando llegue la tormenta te encuentre con las velas listas para avanzar”.
Durante los años en que el negocio funcionaba bien, muchos comercios no invirtieron tiempo en mejorar su gestión, analizar datos o construir relaciones con sus clientes.
Hoy, cuando el viento cambió, la falta de preparación se hace evidente.
La realidad golpea a todos. La diferencia está en cómo se responde
Nadie puede negar que el contexto económico afecta al comercio. La caída del consumo existe y se siente.
Pero la realidad golpea a todos por igual.
La diferencia aparece en cómo cada uno decide responder.
Algunos optan por la queja permanente. Otros aprovechan el momento para revisar procesos, aprender nuevas herramientas y adaptarse.
El comercio, como cualquier actividad humana, evoluciona. Y quienes logran mantenerse no son necesariamente los más grandes ni los más antiguos.
Son los que aprenden más rápido.
Porque en definitiva, vender no es solo abrir la puerta de un local.
Es entender a quién se le está hablando. Si no lo puedes entender tu destino ya esta escrito!!