Adorni, el gato y las cinco patas

3AG455T2PZGNTGYBYFYYL6TGDU

En la Argentina, encontrarle la quinta pata al gato no es un ejercicio ocasional: es casi una disciplina olímpica. Y el caso de Manuel Adorni parece haber activado, una vez más, ese reflejo condicionado de cierta parte del periodismo.

Partamos de lo obvio: el proceder del funcionario puede calificarse, como mínimo, de desprolijo. Y no es un detalle menor tratándose de alguien con responsabilidades institucionales de peso. Ahora bien, de ahí a construir un escándalo de proporciones épicas hay un trecho que algunos están demasiado dispuestos a recorrer… incluso sin pruebas sólidas.

Porque si algo debería caracterizar al periodismo —en su versión más elemental— es investigar, constatar y luego denunciar. En ese orden. No al revés.

Sin embargo, asistimos a un fenómeno cada vez más evidente: la necesidad de “rascar la olla” aun cuando los hechos disponibles apenas sostienen hipótesis débiles o interpretaciones forzadas. Y ahí aparece una contradicción incómoda: muchos de los que hoy señalan con el dedo, en otros tiempos compartían cercanía —ideológica o material— con aquellos a quienes ahora pretenden juzgar.

No es intención de esta nota defender a Adorni. Sería un error conceptual. Pero sí resulta inevitable señalar la doble vara.

Durante más de dos décadas, buena parte del sistema político y mediático convivió —cuando no directamente ignoró— hechos de corrupción de una magnitud que hoy cuesta dimensionar sin indignarse. El caso de la reestatización de YPF, que derivó en un fallo millonario contra el país, es apenas un ejemplo de decisiones ruinosas que terminamos pagando todos los argentinos.

Otro caso paradigmático: la llamada Causa Cuadernos, con un volumen de pruebas que, en cualquier sistema institucional sano, habría generado consecuencias mucho más profundas. Sin embargo, para algunos medios, ese expediente parece haber quedado archivado en la sección de “temas incómodos”.

¿Memoria selectiva? ¿Conveniencia editorial? ¿O simplemente nostalgia de épocas donde ciertos “incentivos” hacían más llevadera la cobertura?

El problema no es nuevo, pero sí persistente. Y no se limita a la escena nacional. En provincias y municipios, la lógica se replica: funcionarios, gobernadores, intendentes y concejales que, en pocos años, logran patrimonios difíciles de explicar sin ruborizarse. La política como mecanismo de ascenso económico rápido —y muchas veces impune.

En ese contexto, no sorprende que cualquier excusa sea válida para desgastar al gobierno de turno. Mucho más cuando decisiones recientes —como el posicionamiento frente al fallo de YPF— comienzan a reconfigurar el tablero político.

La discusión de fondo, entonces, no es Adorni. Es otra.

Es si la sociedad argentina está dispuesta, de una vez por todas, a separar la paja del trigo. A distinguir entre errores, torpezas o desprolijidades —criticables, sin duda— y estructuras sistemáticas de corrupción que durante años operaron con una naturalidad alarmante.

Porque si no logramos hacer esa diferencia básica, el riesgo es claro: seguir girando en círculo. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el resultado es el mismo.

Y los que esperan en la gatera —con experiencia comprobada en el arte de saquear sin consecuencias— no necesitan mucho más que eso para volver.

Redacción

WhatsApp Image 2026 02 04 at 11.10.05

AM para https://www.analisislitoral.com.ar/

Argentina 2026: entre el espejo de la grieta y la oportunidad de reconstruirse

ChatGPT Image 23 mar 2026 12 19 15

Hubo un tiempo en que la Argentina se pensó —y se contó a sí misma— como un crisol de razas. Una sociedad que, nacida de la diversidad, logró forjar generaciones de ciudadanos trabajadores, creativos y, en muchos casos, profundamente honestos. Esa identidad no fue un mito vacío: fue una aspiración sostenida durante décadas, incluso en medio de crisis recurrentes.

Pero en algún punto del camino —y allí es donde la historia aún tiene deudas por explicar— algo se quebró. No de forma abrupta, sino progresiva. Ese quiebre hoy tiene nombre propio: la “grieta”. Una división que ya no solo organiza el debate político, sino que condiciona la forma en que millones de argentinos interpretan la realidad, juzgan al otro y hasta definen su pertenencia social.

Lo más inquietante no es la existencia de diferencias —naturales en cualquier democracia—, sino la intensidad emocional con la que se viven. Como si el desacuerdo político hubiera mutado en una lógica casi tribal, donde el adversario no es alguien con otra mirada, sino alguien a derrotar. En ese terreno, el análisis racional pierde espacio frente a reacciones viscerales, muchas veces cargadas de frustración acumulada.

Durante años, la Argentina convivió con un sistema donde la corrupción dejó de ser excepción para convertirse, en muchos casos, en una práctica tolerada. Desde los niveles más altos del poder hasta los escalones más bajos de la administración, se instaló una lógica perversa: si el de arriba roba, el de abajo también puede hacerlo. Ese mecanismo no solo erosionó las instituciones, sino que también deterioró el contrato moral de la sociedad consigo misma.

En ese contexto emergió el gobierno de Javier Milei, con una promesa explícita de ruptura. Un intento —con aciertos y errores— de modificar reglas de juego que parecían inamovibles. La reducción del gasto, el recorte de privilegios y el cuestionamiento a estructuras históricas no solo generaron apoyo, sino también una resistencia intensa, en muchos casos proveniente de sectores que durante años se beneficiaron del esquema anterior.

La comunicación también cambió. Parte del sistema mediático tradicional, que durante años convivió con la pauta oficial como fuente central de financiamiento, se vio obligado a reconfigurarse en un ecosistema donde las redes sociales permiten una identificación más directa —y muchas veces más cruda— de posicionamientos e intereses. Esa transformación expone, pero también polariza aún más.

Ahora bien, reconocer el punto de partida no implica justificar todo el presente. El actual gobierno ha cometido errores, algunos atribuibles a la inexperiencia, otros al vértigo de querer acelerar cambios estructurales en tiempos políticos y sociales que no siempre acompañan. La expectativa de resultados inmediatos choca con una realidad compleja: no existen soluciones mágicas para décadas de deterioro.

En paralelo, una parte de la sociedad observa con paciencia —aunque no ilimitada— este proceso. Otra, en cambio, parece encontrar en cada tropiezo una confirmación de sus propias certezas. Allí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué el fracaso del otro genera, en algunos casos, una satisfacción que roza lo emocionalmente preocupante?

Esa reacción no es nueva, pero sí más visible. Y tal vez sea uno de los síntomas más profundos de la grieta: la incapacidad de reconocer que, más allá de las diferencias, el destino sigue siendo común. Que el éxito o el fracaso de un rumbo político no impacta solo en un sector, sino en el conjunto de la sociedad.

Por eso, más allá de nombres propios o coyunturas, el desafío de la Argentina en 2026 parece ser otro: recuperar una mínima noción de proyecto compartido. Entender que el control ciudadano sobre los funcionarios —hoy más expuesto que nunca— debe ser una práctica permanente, no selectiva. Y que la exigencia de transparencia no puede depender de quién gobierne.

Lo que no se dice

La grieta no es solo política: es también cultural, emocional y hasta moral. Y mientras siga siendo funcional a quienes viven de esa división, difícilmente desaparezca por sí sola.

La pregunta de fondo

¿Puede la Argentina superar esta lógica de enfrentamiento permanente y reconstruir una idea de futuro común?
¿O estamos condenados a repetir un ciclo donde cada intento de cambio termina atrapado en la misma disputa que dice querer resolver?

Redacción Análisis Litoral

Construir algo serio en el peronismo es debatir en serio

2

Las condiciones políticas, económicas y sociales en su conjunto están en su pico más alto de crueldad a la condición humana. Que más podemos esperar del gobierno que los cagan a palo a nuestros viejos y recortan beneficio de remedios y, un millón de niños y niñas que, según reveló Unicef, se van a dormir sin cenar cada día y no entregan alimentos a los comedores. Mientras el gobierno destruye día a día el nivel de vida de las mayorías, el peronismo exhibe un desconcierto y un descalabro tal que configura una contradicción perjudicial para su razón de ser.

Para abordarlo implica entender cómo se manejó el poder en los últimos años. El ex gobernador Bordet no entendió que no hay peronismo que valga sin participación y planificación de las bases. Una gestión excesivamente a su antojo, muchas veces uso como ordenador partidario los recursos. Bordet fue en 8 años de gestión, como aquel militar que adopta la estrategia del enemigo, que no sabe reconocer a los propios de los ajenos, y eso llevo no solo a la fragilidad electoral sino a la incapacidad para conectar el peronismo con la gente, lo que se supone su principal virtud. 

Se necesita muchos debates para construir algo distinto y ser una opción a este descalabro. Se necesita una conducción que pugne por definir la verdadera naturaleza del peronismo, ver los ajustes ideológicos que se tiene que hacer.

Está claro que las críticas no significan sumergirse en la autoflagelación, sino buscar que la mayor cantidad de peronistas se concentren en purgar las formas e ideas que condujeron a estar como estamos.

El Consejo provincial, convoca al congreso partidario este fin de semana para empezar a tratar cuestiones que tienen persistentes demandas militantes desde hace mucho, algunas que Bordet prometió y nunca cumplió. Pero también es una buena oportunidad, algo que no es un tema menor, dado que afecta aún más la ya debilitada identidad peronista, reflexionar sobre las consecuencias de la acción legislativa nauseabunda y mal disimulada pero recontra conocida: “yo te doy y vos dame”, del senador liliputiense Edgardo Kueider. Que quede claro que “las fuerzas del cielo” y las corporaciones consiguieron lo que querían, que la mano derecha y socio de Bordet, solo pusiera “el culo en el sillón”, dar quorum, así habilitaba el tratamiento de la ley Bases y el paquete fiscal, disociada totalmente de las necesidades del pueblo que votó al peronismo. Una conducta que cristalizó una verdadera orgia para las grandes empresas y las personas más ricas de la Argentina y cagar a las mayorías.

Kueider se siente “racional y responsable” y no “traidor”. Es evidente que tiene problemas serios para entender que significa “traición”. La traición implica: un entregado y el entregador. Ambas palabras implican entrega, la cuestión está en la gravedad de lo que se entrega. Entregar una ley decisiva que perjudica a jubilados, Pymes, trabajadores (27.937 entrerrianos pagarán impuestos a las ganancias, ¿Cuánto lo habrán votado?), blanqueo para “diluir todos los controles y alivianar las sanciones” de los sistemas de prevención del lavado de dinero, eso no es responsable ni constructivo para un peronista. Y la retribución a esa entrega, algún día lo sabremos.

Son tantas las contrariedades que evidencia la conducción de Bordet, que Enrique Cresto lo trata de hipócrita a Bordet por criticar a Kueider por la traición. Le recordó que él también traiciono al peronismo cuando mandó a votar en Diputados a su hermana y Bahillo, contra los jubilados y favorecer el endeudamiento de Macri y un montón de otras leyes, a cambio de “caramelos de madera con azúcar impalpable”. Cresto recordó Bordet = Macri.

Otro de los tantos trastornos que muestran nuestros dirigentes exilados de la realidad concordiense, es que cuando el 67% los concordienses son pobres y 26% son indigentes (cuantos niños se irán a dormir sin comer y viejos sin remedios tenemos), un dirigente de la ciudad, titular de la Cámara de Comercio, Natalio Mario Grinman, personaje con poco apego a la equidad y el trabajo, dice mientras cada minuto y medio destruyen una pyme: “Tengo la convicción de que los argentinos estamos haciendo progresos sustantivos. El gobierno de Milei ha adoptado el camino correcto y reafirmamos nuestro compromiso para acompañar esa gesta”. NO HUBO UN SOLO DIRIGENTE QUE MUESTRE LAS CONTRADICIONES. Esto es una muestra que somos una oposición sin fuerzas ni credibilidad para arrinconarlo, menos en términos económicos. Hace mucho que la pobreza no indigna lo suficiente a varios dirigentes.

Se va a necesitar mucho trabajo colectivo de militantes y dirigentes para construir un proyecto de poder distinto. El desafío es generar nuevas narrativas, nuevos lenguajes que conecten con lo que le está pasando a la gente. El peronismo tiene que darle un nuevo mito movilizador a la militancia. Ninguna de estas especulaciones tendrá sentido si el peronismo no procede antes a una renovación programática y un liderazgo que vea los ajustes ideológicos y metodológico para recuperar la credibilidad perdida. Los que tomen la posta deberían tomar nota del tenor de los cuestionamientos que le esperan si se anima a dar el paso. Con los mismo de siempre el peronismo no estará en condiciones de ser una opción.

73cdaee65521de4c80ac0110fd111204

Opinión: Luis Edgardo Jakimchuk