Hay un momento —silencioso, casi imperceptible— en el que quienes ejercen el poder comienzan a perder una de sus herramientas más valiosas: la capacidad de escuchar. No ocurre de un día para otro. Es un proceso gradual, muchas veces envuelto en certezas, respaldado por logros iniciales y reforzado por un entorno que protege, pero que también filtra.
Ese es, quizás, el verdadero borde del tobogán.
El “Entorno de Hierro”: ¿Soporte o barrera presidencial?
A lo largo de la historia, distintos liderazgos han demostrado que el problema no radica en la firmeza de las convicciones, sino en la falta de contraste. Gobernar, dirigir o liderar no es solo tomar decisiones, sino también sostener la lucidez suficiente para revisarlas cuando la realidad cambia. Y la realidad, inevitablemente, cambia.
La idea de “mirarse desde la vereda de enfrente” no es una consigna vacía. Es un ejercicio de inteligencia práctica. Implica salir del propio esquema, cuestionar lo que parece incuestionable y habilitar la incomodidad de escuchar aquello que no coincide con la propia visión. Allí aparece el pragmatismo en su sentido más genuino: no como renuncia a los principios, sino como capacidad de adaptarlos a lo que efectivamente ocurre.
Los liderazgos fuertes suelen ser eficaces para iniciar transformaciones. Tienen dirección, energía y claridad. Pero esas mismas características pueden volverse un límite si no se equilibran con mecanismos de corrección. Cuando el círculo cercano se convierte en un “entorno de hierro” , deja de ser un soporte para transformarse en una barrera. No necesariamente por mala intención, sino por lealtad rígida, por temor al conflicto o por simple inercia. El resultado es conocido: se reduce la diversidad de miradas, se debilitan los sensores que alertan sobre errores y se pierde contacto con matices esenciales de la realidad.
Lecciones de la historia: De Alfonsín a Macron
Por ejemplo, en la historia reciente hay varios casos donde líderes con estilos fuertes tuvieron que “cruzarse de vereda” para sostener su rumbo:
- Raúl Alfonsín: Comenzó con una gran legitimidad, pero frente a la crisis económica y la presión social, se vio obligado a modificar decisiones y adelantar la transición. Su dificultad para sostener apoyos muestra lo que ocurre cuando el margen de escucha se reduce en contextos críticos.
- Carlos Menem: Ofrece otro caso significativo; Llegó con un discurso y rápidamente giró hacia otro completamente distinto. Refleja un pragmatismo extremo, aunque también el riesgo de perder coherencia en el proceso.
- Mauricio Macri: En distintos momentos de su gestión, fue cuestionado por apoyarse en un círculo reducido de confianza. Cuando intenté abrir el juego —incorporando otras miradas económicas—, el desgaste ya era considerable.
- Emmanuel Macron: Enfrentó las protestas de los “chalecos amarillos” y tuvo que retroceder en medidas, abrir el diálogo y ajustar políticas. Allí se observa cómo escuchar a tiempo permite evitar una crisis mayor.
Llevadas al presente, estas referencias no implican decirle a un presidente que “cambie todo”, sino algo más profundo: que los liderazgos muy definidos suelen ser eficaces para iniciar cambios, pero necesitan mecanismos de corrección para sostenerlos en el tiempo.
La “luz amarilla” de Javier Milei: ¿Por qué abrir el juego?
En ese marco, la reflexión alcanza de lleno al presidente Javier Milei ya su entorno más cercano. No como una descalificación, sino como una advertencia constructiva: ningún liderazgo, por sólido que parezca, está exento del riesgo de aislarse.
Ahí aparece el núcleo del desafío: evitar el encierro del “entorno de hierro”, incorporar voces técnicas y políticas que no piensen igual, y generar instancias de debate interno real, no meramente validatorio. Porque el riesgo no es solo equivocarse, sino quedarse sin sensores que adviertan a tiempo.
El pragmatismo como herramienta de supervivencia política.
Cuando aparecen las primeras señales —esa “luz amarilla” que advierte tensiones, resistencias o desajustes—, es fundamental no ignorarlas. Es ahí donde todavía existe margen para corregir el rumbo. Abrir el juego, algunas ideas a discusión sincera y permitir que la crítica cumpla su función: mejorar, no destruir.
Este no es un llamado a abandonar convicciones. Al contrario, es una invitación para fortalecerlas. Porque las ideas que no se contrastan, que no se ponen a prueba, corren el riesgo de deformarse en la práctica. Siempre se está a tiempo de cruzar de vereda. Pero cuanto más se demora ese paso, más resulta difícil volver.
Escuchar no debilita el poder. Lo vuelve más inteligente.
Por Alejandro Monzon
Análisis Litoral