HISTÓRICO: llegaron a destino los tres entrerrianos que cruzaron América en bicicleta para ver a la Selección Argentina

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Tras recorrer más de 17 mil kilómetros y atravesar 17 países, los ciclistas de Gualeguaychú finalmente arribaron este 2 de junio a Kansas City

Lo que comenzó como un sueño entre amigos terminó convirtiéndose en una de las historias más emocionantes y extraordinarias del Mundial 2026. Después de nueve meses de travesía, miles de kilómetros bajo el sol, la lluvia, el frío y el cansancio, los entrerrianos Miguel Silio, Yamandú Martínez y Vicente Conculini finalmente llegaron este lunes 2 de junio a Kansas City, Estados Unidos, para cumplir el objetivo que parecía imposible: ver a la Selección Argentina en el Mundial… viajando en bicicleta desde Entre Ríos.

La aventura comenzó el 16 de agosto del año pasado en Gualeguaychú. Desde allí, los tres amigos emprendieron una travesía épica que los llevó a atravesar Sudamérica, Centroamérica, México y gran parte de Estados Unidos. En total recorrieron más de 17.000 kilómetros y pasaron por 17 países, enfrentando tormentas, caminos peligrosos, temperaturas extremas y noches durmiendo en carpas, iglesias, clubes y estaciones improvisadas.

El arribo a Kansas City fue celebrado por argentinos y ciclistas que los esperaban en una verdadera fiesta celeste y blanca cerca del hotel donde concentra la Selección Argentina. Hubo caravana, banderas, música, champagne y emoción. Porque no todos los días se presencia una locura semejante: cruzar el continente pedaleando para alentar a la Scaloneta.

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El recibimiento a los ciclistas en Kansas.

“Los héroes están acá al lado, nosotros vinimos a verlos a ellos”, dijeron emocionados apenas llegaron. El sueño ahora es poder conocer a los jugadores y sacarse una foto con Lionel Messi y Lionel Scaloni. “Sería la frutilla del postre”, confesaron.

Nueve meses de sacrificio y una historia que emociona al país

Miguel Silio, de 56 años, es el más experimentado del grupo y ya había viajado en bicicleta a los Mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Pero esta vez el desafío fue todavía más extremo.

“Nueve meses bajo el sol y la lluvia, pasando calor y frío para llegar hasta acá. Esto requiere mucha fuerza física y mental”, relató.

El recorrido incluyó prácticamente toda América Latina, excepto Chile y Venezuela. El único tramo que realizaron en avión fue el cruce del Tapón del Darién entre Colombia y Panamá, una de las zonas más peligrosas e inaccesibles del continente.

El encuentro con Manu Ginóbili

El encuentro de los ciclistas con Manu Ginóbili (@enbiciandoalmundo).

En medio del viaje también tuvieron un momento inolvidable junto a Manu Ginóbili. Los ciclistas coincidieron con el ex jugador argentino en San Antonio y, tras escribirle por Instagram, recibieron una respuesta inesperada.

Ginóbili los invitó a compartir un café junto a su madre luego de un partido de los Spurs durante las semifinales de la NBA. “Pasamos un momento hermoso”, contaron.

Un mensaje y un desafío para Scaloni

Los tres ciclistas también dejaron un mensaje para Lionel Scaloni, conocido por su pasión por el ciclismo.

“Que venga a pedalear con nosotros un rato”, dijeron entre risas. Incluso Miguel lanzó un desafío: “A ver si se la banca con la bicicleta cargada”.

Más allá del fútbol, la historia de estos tres entrerrianos se transformó en un símbolo de perseverancia, amistad y pasión argentina. Mientras millones mirarán el Mundial por televisión, ellos podrán decir que llegaron pedaleando hasta el corazón mismo de la Copa del Mundo.

Y quizás allí radique la verdadera victoria.

El Complejo Camping Las Palmeras fue sede del 1° Moto Asado, un encuentro que reunió a fanáticos de las motos de distintos puntos del país y de Uruguay

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El Complejo Camping Las Palmeras fue escenario de una verdadera fiesta fierrera con la realización del 1° Moto Asado, un evento que convocó a motociclistas, viajeros y amantes de las dos ruedas provenientes de distintos puntos de Argentina y de la República Oriental del Uruguay 🏍️🔥

Durante toda la jornada, el imponente entorno natural del Lago Salto Grande se transformó en un punto de encuentro para más de 200 vehículos que llegaron en caravanas, generando una postal impactante de motos, banderas, camaradería y pasión rutera.

El evento combinó exhibiciones de motocicletas, recorridas grupales, música en vivo, gastronomía y el tradicional asado compartido, en un clima de amistad y confraternidad que fue destacado por los propios participantes. Familias enteras, grupos de amigos y clubes de motos disfrutaron de una experiencia distinta, donde el sonido de los motores se mezcló con el paisaje y la energía de quienes viven la cultura biker como un verdadero estilo de vida.

Las Palmeras lució colmado durante todo el encuentro, consolidándose como un espacio ideal para este tipo de actividades turísticas y recreativas que comienzan a posicionar a la región como sede de grandes eventos vinculados al motociclismo y al turismo aventura.

Desde la organización remarcaron la excelente respuesta del público y el comportamiento de los asistentes, anticipando que ya se trabaja para una segunda edición aún más convocante. Muchos de los visitantes aprovecharon además para recorrer Concordia y disfrutar de los atractivos turísticos de la zona, generando también un movimiento positivo para la economía local.

El 1° Moto Asado dejó mucho más que motores encendidos: dejó historias, nuevas amistades, kilómetros compartidos y una imagen inolvidable frente al lago, donde la pasión por las motos volvió a demostrar que no conoce fronteras. 🔥🏍️🌅

El desconsolado llanto de la China Suárez por Mauro Icardi que conmovió a todos

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La China Suárez no pudo contener las lágrimas al vivir un momento muy especial junto a Mauro Icardi, en una escena que rápidamente se volvió viral.

La China Suárez no pudo ocultar su emoción al compartir la felicidad de su pareja, Mauro Icardi, durante la premiación del Galatasaray por la obtención del campeonato el pasado fin de semana, en una celebración que reunió a jugadores, familiares y fanáticos del club turco.

La actriz se mostró una vez más acompañando de cerca al futbolista, tal como lo hizo a lo largo de toda la temporada, consolidándose como una presencia constante en uno de los años más importantes para el delantero. No es para menos, su continuidad el equipo turco aún está en stand by y en constantes negociaciones con los directivos.

En los videos e imágenes que rápidamente se viralizaron en redes sociales, se pudo ver a la actriz quebrada en llanto mientras acompañaba al delantero en el estadio, visiblemente movilizada por el logro deportivo y el especial momento familiar que compartieron.

Qué pasará con el futuro de Mauro Icardi

Mauro Icardi vivió días de enorme intensidad emocional tras consagrarse campeón una vez más con el Galatasaray, en medio de festejos que rápidamente se volvieron tema de conversación tanto en Turquía como en Argentina. Pero más allá de la alegría por el título, hubo un detalle que llamó especialmente la atención de los fanáticos: la forma en la que el delantero compartió cada momento junto a la China Suárez y su entorno más cercano.

Las imágenes que publicó el futbolista durante las celebraciones, sumadas a ciertos mensajes cargados de emoción, despertaron rápidamente todo tipo de especulaciones sobre su futuro dentro del club turco. Muchos usuarios comenzaron a interpretar algunas escenas como una posible despedida anticipada, lo que abrió el debate sobre una eventual salida en el próximo mercado de pases.

En medio de las versiones, quien aportó información fue Facundo Ventura a través de sus historias de Instagram, donde se refirió directamente a la situación contractual del delantero argentino.

En los próximos días, el representante de Mauro Icardi se reunirá con directivos de Galatasaray para intentar llegar a un acuerdo y renovar con el club. Los turcos quieren que siga y el futbolista quiere quedarse“, comentó el periodista sobre las negociaciones.

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Además, sumó: “Aclaro, porque me están preguntando: no estoy asegurando su continuidad. No es cierto que se va a bajar el sueldo ni que pidió ser titular. No hay ningún tipo de arreglo porque todavía no se juntaron a negociar“.

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La Criolla, donde el esfuerzo también se brinda en una copa

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En La Criolla, los vinos de Entre Ríos empiezan a contar una nueva historia. Una pequeña bodega comenzó hace apenas unos años a abrirse camino, no desde el marketing ni las grandes estructuras, sino desde algo mucho más profundo: el trabajo cotidiano, la constancia y una creatividad que supo imponerse en un terreno que parecía olvidado.

Hoy, ese proyecto forma parte del creciente universo de los #vinosdeentreríos y se integra con naturalidad a la propuesta de # enoturismo #urismo de experiencia y #turismorural de la región. Pero detrás de cada botella, de cada visita, de cada brindis compartido, hay mucho más que una imagen: hay sacrificio, aprendizaje y una comunidad que vuelve a creer en lo propio.

Porque en el interior profundo, donde el reloj lo marca el sol y no la agenda, el esfuerzo tiene otro peso. Allí, cada logro es hijo de la paciencia. Cada cosecha, una apuesta. Cada brote que resiste una helada es casi un milagro silencioso. La gente de campo sabe de pérdidas, de volver a empezar, de mirar el cielo con incertidumbre y aun así seguir. Son, muchas veces sin reconocimiento, los verdaderos artesanos de la Argentina que muchos anhelan: esa que produce, que resiste, que no baja los brazos.

Hay una templanza que no se enseña en manuales ni se aprende en oficinas. Se forja en la tierra, en las manos curtidas, en la decisión diaria de seguir apostando cuando todo parece adverso. Y esa resiliencia —tan silenciosa como poderosa— es la que hoy empieza a hacerse visible en historias como la de esta bodega.

En ese contexto, en ocasión de una visita del gobernador Rogelio Frigerio que no pasó desapercibida. No fue solo una presencia institucional: fue, para muchos, un reconocimiento a un proceso silencioso que viene gestándose con esfuerzo.

Una de las voces más representativas de la localidad Anni Reeschuch expresó, con una sensibilidad que trasciende cualquier mirada política, lo que significó ese momento:

“Más allá de cualquier ideología; quiero compartir lo que siento (y no me molestan las opiniones)… voy a hablar desde la mirada y el sentir de un emprendedor; llegar a este brindis implica tantas cosas; atardeceres; amaneceres; heladas; granizo brutal y tantísimas otras cosas; lluvia; soles furiosos… impuestos; cargas sociales, etc. Todo eso y más nadie ve cuando se publica un brindis así.

Pero ahí me pongo la camiseta de emprendedora y de parte del equipo… Gurises, algo deben estar haciendo bien; algo está resonando afuera para que esto suceda… Hace un año tuvimos su visita en otro contexto… hoy vino a ver trabajo.

Vino a ver parte de lo que está haciendo volver a poner a La Criolla en los mapas; tristemente desde la caída del ferrocarril salimos de muchos; luego con los arándanos volvimos y ahora con nuestras uvas aún más… quién dice en unos años se cumpla eso de que… el Concord desde La Criolla, al mundo.

Feliz por ustedes gurises y feliz por ser parte del equipo… chin chin por los logros y por la vida. Por más visitas trascendentes.”

Hay algo profundamente humano en esas palabras. Una mezcla de orgullo, cansancio, esperanza y pertenencia. Porque no se trata solo de vino. Se trata de identidad. De volver a mirar la tierra con otros ojos. De reconstruir, desde lo pequeño, un lugar en el mapa.

Y también de dejar un mensaje que trasciende a La Criolla: que sí se puede. Que incluso en contextos difíciles, con reglas muchas veces adversas y recursos limitados, hay argentinos que siguen creando, produciendo y soñando. Que la resiliencia no es un discurso, sino una práctica cotidiana.

Quizás ahí esté la clave: en entender que cada emprendimiento rural no es solo una actividad económica, sino una forma de resistencia, de dignidad y de futuro. Un ejemplo concreto para otros, una invitación a animarse, a persistir, a creer.

Y en ese brindis, tan simple en apariencia, hay algo mucho más grande: una comunidad que vuelve a levantarse. 🍷✨

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Por Alejandro Monzon
https://www.analisislitoral.com.ar/

La conmovedora historia del ex combatiente de Malvinas al que se dio por muerto durante casi tres décadas: cómo un involuntario cambio de letra lo había dejado preso del olvido

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Se llamaba Francisco Fehrenbacher y tenía 57 años cuando Revista GENTE lo entrevistó en Concordia, Entre Ríos. Había participado en la guerra como cabo primero maquinista del destructor Comodoro Py. Fallecido hace cuatro meses, escribió, sin saberlo, una historia que sería recordada -y honrada- para siempre, y precisamente hoy, a 44 años del conflicto en el Atlántico Sur, replicamos.

“¡Acá estaba!”, extendía orgulloso la chaquetilla azulada, clavando sus ojos en los del fotógrafo y los del periodista, como esperando una aprobación que no nos correspondía dar y, sin embargo, dábamos. “¿Se la habían entregado en la Guerra de Malvinas?”, inquirimos. “Claro… Más vale”, explicaba (recurriendo a dos palabras que repetiría bastante) aquello que nos había adelantado cuando le pedimos algún elemento, alguna prueba, si se quiere, de 1982… Y sí, decíamos “azul marino” pese a que la capa gris de tierra que cubría su tela y la falta de luz artificial de la cocina hacía que lo dudáramos. También generaba un fuerte interrogante cierta fragilidad de dicha prenda. Parecía que si uno la doblaba, terminaría quebrándola como un papel húmedo. El olor a leña, que impregnaba el ambiente y todo cuanto moraba en él, alimentaba la idea. “¿Vieron que la tenía?”, desafiaba un tanto infantil el dueño del lugar, tomándola en sus manos, consciente de que la chaquetilla, anónima, una de las varias colgadas en la oscuridad de su placard durante las últimas tres décadas, era una parábola de sí mismo, a la sombra del mundo durante tal lapso. “A la sombra como yo, lógico”, revalidaba Francisco Fehrenbacher (57 años, por entonces), el soldado desconocido que -casi treinta años luego del conflicto armado que enfrentó a Argentina y Gran Bretaña en el Atlántico Sur- había dejado de serlo.

“QUERÍA ENFRENTARME CARA A CARA CON LOS GURKAS”

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Fehrenbacher sosteniendo la foto del crucero General Belgrano, “que nosotros custodiábamos firmes desde el destructor ARA Comodoro Py”.

Erica Schmidt y Andrés Fehrenbacher, sus padres, le habían descubierto la cara el 22 de mayo de 1954 en la casa del campo Windeck, distrito de Colonia San Bonifacio, La Criolla (capital del arándano), departamento de Concordia, exactamente donde su abuelo se afincó en 1925 recién llegado desde Alemania, exactamente donde Francisco había vivido, vivía y “viviría siempre”, y exactamente donde nos recibía con unos mates dulces. “Me sorprende su visita. ¿Saben que guardo una revista GENTE de cuando murió Perón?”, contaba a su estilo, de breves frases, por lo general construidas como preguntas.

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Francisco a los 28 años, a bordo del destructor en el que era cabo primero y maquinista.

“Yo no había pisado Malvinas, pero había estado en la lucha. Formé parte del destructor Comodoro Py, que custodiaba el andar del crucero General Belgrano, la joya de la Armada nacional, a cargo del notable capitán Héctor Bonzo. Mi cargo, cabo primero maquinista. En un momento iba a subir al Belgrano y me cambiaron por un compañero que terminó muriendo cuando los ingleses lo hundieron. La guerra me había dejado un dolor grande en el corazón y una enorme bronca en el alma. Apenas hablaba del tema con mis cercanos, y punto. Nunca me interesó revolver el sufrimiento. Yo quería pisar las islas, enfrentarme cara a cara con los gurkas y pisarlos…”, explicaba su ostracismo y su bronca, mientras observaba imágenes de archivo que le acercábamos. “¿No me regalarían esa foto del crucero Belgrano?”, consultaba bajando su voz, celebrando el “sí” y adelantando: “¡La voy a poner en un marquito y colgarla en la pared!”.

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Con su hijo Andrés, residente en Mar del Plata y quien conservaba la foto que vemos más arriba: de su padre en plena acción marítima durante los tiempos de guerra en el Atlántico Sur.

-Parece que le gusta guardar recuerdos, Francisco…
-Mucho. Bueno, ahora que se movió el avispero, además saqué a la luz la medalla que me habían dado en lo de las Malvinas.
-Relátenos cómo había llegado “a lo de las Malvinas”.
-Sabía que me iba a tocar el servicio militar y decidí adelantarme, anotarme y adiestrarme para seguir una carrera. Desde el conflicto, permanecí dos años en el Py, dos en la Base Aeronaval Comandante Espora, Bahía Blanca, y dos en la de Puerto Belgrano, Punta Alta. Después me degradaron porque me rajé.

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“Todo había comenzado el lunes 23 de mayo -contaba Guillermo Pérez (titular del Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas, delegación Concordia)-. Junto al ex soldado Martín Albornoz (ambos arriba), brindábamos una charla en la escuela Nº 5 Salto Grande, de La Criolla, a 20 kilómetros de Concordia. Pronto nos consultaron si sabíamos de algún ex combatiente, para bautizar la sala de Informática. Respondimos que no. Sin embargo, un alumno mencionó que conocía uno, ‘pero padece problemas mentales’. Rosana Laner, empleada de la escuela y vecina del citado caballero, lo confirmó. Intentamos averiguar desde la página de la Armada Argentina, y nada. Hasta que Rosana consiguió en la Policía el número de documento. Volvimos a cotejar y apareció: en lugar de tener su apellido escrito como Fehrenbacher, estaba como Fherenbacher. Chequeamos, la Marina confirmó y el Ministerio de Defensa refrendó. El jueves 26 le aparecimos con Jorge Piedrabuena (el tercero en la foto). ‘¡Somos veteranos de Malvinas!’. ‘¡Yo también!’, contestó el Gringo. Le pedimos su identificación y comparamos. ‘Tiene la misma pinta. Su bigote no confunde’, confirmó Piedrabuena. Lo abrazamos, lloramos… Y, sí, hallarlo equivalía a izar la bandera en un territorio recuperado”, simbolizaba Pérez, quien, chequeados los datos, se encargó de ayudar a acelerar los trámites que acreditaran los derechos de Francisco como ex combatiente.


-¿Desertó?
-Je, me había ido con una chica, en 1986.
-¿A partir de ahí se le había perdido el rastro?
-Sí… Más vale.

“EN EL HOSPITAL LO LLAMABAN ‘EL LOCO BUENO’”

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El comienzo del proceso de registro y confirmación del ex combatiente Fehrenbacher como tal.

Cerca del Gringo o Francis, Andrés (34, uno de los tres hijos de Fehrenbacher) confirmaba que existían capítulos que su padre, por omisión o elección, prefería obviar. “Había leído y escuchado montones de versiones hirientes sobre su situación -explicaba el hermano mayor de Leandro, 32, y José, 30-. A él no lo habían encontrado en el monte, desequilibrado, desprotegido, abandonado, como circuló. Yo me la banco, pero me dolía por mi tío Luis, que era dueño junto a mi viejo de las cincuenta hectáreas que habitaba, por sus primos-hermanos Berta y Carlitos Garlin y el hijo, Lalo, y por sus vecinos, Rosana y Andrés Laner”, nos contaba uno de sus herederos de sangre. Y continuaba:

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El documento que presentó.

“Las seis personas que te nombré residían cerca, lo cuidaban y me ayudaban a mí, que una vez al mes manejaba de noche completa desde la costa para acompañarlo y solucionarle las necesidades que le surgían”, explicaba el suboficial segundo y buzo táctico de la Base Naval de Mar del Plata, quien le había comprado a Francisco el generador de electricidad que lo abastecía, logró poner en marcha su tractor modelo 1968 arrumbado en el galpón, le arreglaba la bomba de agua, trasladó un centenar de colmenas para generar un ingreso económico extra en venta de miel al campo de mandarina, naranja y limón e, incluso, le había regalado el celular Samsung que los mantenía a padre e hijo comunicados.

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Francisco luego de que se le tomaran sus diez huellas dactilares.

Siempre me había sentido orgulloso de mi viejo, de ahí que me enrolé en la ARA (Armada Argentina) a los 15. Me sacó la boina por él -añadía Andrés-. El tema era que por el 1993 recibió un golpe duro: se había suicidado, acá, de un tiro, su hermano Andrés, y empezó cuesta abajo. Al punto que, intentando prevenir otros dramas, alejamos de su alcance el revólver y la escopeta de la casa. Para colmo, en 1997 lo sorprendió el fallecimiento de su madre (mi abuela), quien nos crió. Ahí comenzó a derrumbarse mal”.

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Tras consumarse el registro central, Fehrenbacher prosiguió sus trámites en la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSeS), encargada de extenderle la pensión al veterano de guerra. Y terminó en el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI), que ya podía atenderlo sin cargo. En medio de semejante derrotero, el Canal 26 local transmitía en vivo aquel extraordinario hallazgo.

Continuaba el hijo de Francisco: “A principios de 2007 lo internamos por esquizofrenia en el Hospital Felipe Heras, Sala 8 de Salud Mental. En esos tiempos traté de demostrar su condición de ex combatiente. Contraté a una abogada, pedimos informes en el edificio Libertad y me vine a tramitar los papeles en Concordia. No recibí demasiado apoyo. Entre los requisitos, me hablaban de testigos. Se dilató y se dilató. Volvimos a internar a papá el año pasado, a lo largo de tres meses. Las enfermeras lo llamaban ‘el loco bueno’. Nada violento el tipo. Hoy consume seis clases de pastillas distintas y anda bastante compensado… Aunque ayer, tras la movida que generó su noticia, me abrazó fuerte y se me puso a llorar”, contenía las lágrimas Andrés Fehrenbacher.

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Cuando finalmente Francisco Fehrenbacher -a partir del registro de la Armada Argentina- dejó de ser el “soldado Ryan” para convertirse en el “soldado H”.

“AHORA EL INTENDENTE ME DEBE LA ELECTRICIDAD, CHE”

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En julio de 2011, cuando se reencontró en Concordia con sus compañeros de guerra y desfiló junto a ellos. Con la bandera al hombro, confesó: “Es la primera vez que alguien me aplaude”. “ Lucía la chaquetilla recibida en 1982, igual que la medalla distintiva, aparte del gorro que le obsequiaron los veteranos de guerra de la ciudad.

Por aquellos días de descubrimiento y ratificación de identidad, Francisco Fehrenbacher disfrutaba señalando: “Cuando le comentaba al intendente local sobre mi condición de ex soldado de Malvinas, me respondía: ‘Vos estás loco’. Y yo le replicaba: ‘Estoy loco pero no como vidrio: combatí en el frente’… Ahora va a tener que acercar el cableado, que pasa a doscientos metros de distancia, hasta mi domicilio”, pretendía entre risas el hombre de documento casi ilegible, entradas prominentes, bigote en herradura “que luzco desde que dejé la Armada”, ojos verdes, 1,76 metros y 92 kilos (“aumenté 17 respecto a los que pesaba en mi juventud”); el abuelo al que le costaba acordarse de sus cuatro nietos; el hincha de Boca que no sabía del descenso de River al Nacional B; el cocinero de “potentes guisos y riquísimos asados”; el amante de los libros de Jorge Luis Borges y las gaseosas de manzana y naranja; el oyente de Radio Mitre y admirador del chamamé, la cumbia y el cuarteto; el soldado religioso que rezaba cada noche y le agradecía a Dios “haberse acordado de mí”.

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La medalla que le habían dado “en lo de las Malvinas” y sacó a la luz para Revista GENTE.

-¿Qué va a hacer con el dinero que puedan entregarle tras corroborarse su condición de ex combatiente? -le preguntábamos, entretanto.
-Comprarme mi primer televisor, y pintar la casa de rosa por fuera y de celeste por dentro.

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Tras su manto de neblinas y junto a sus pares del Centro de Veteranos de Guerra, a orillas del río Uruguay. “Queremos devolverle la alegría que le conocimos, pese a los males que debió soportar”, coincidieron antes de asarle un surubí recién pescado.
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Frente al. homenaje local hacia las Islas Malvnas.


-¿También va a animarse a salir, a visitar el Centro de Veteranos de Concordia, a…?
-Seguro. Aparte, me habían comunicado que desfilaría con uniforme en el acto patrio del 9 de Julio y que le dedicarían una plaqueta en la escuela que lo encontró. Quizá los chicos me empezarán a mirar con admiración. Ojalá. Capaz que me reciba la presidenta Cristina Fernández… Ayer me habían dado por muerto, y hoy siento que nací de nuevo. Soy sensible, por cualquier cosa lloro. No voy a dejar de manejar el tractor, dormir mi siestita, picar leña, lavarme la ropa, cocinarme, y pienso abandonar cosas densas de la mente, aunque algunas marcas siempre iban a quedar.

-¿Y esa cicatriz que le vemos? ¿También es de la guerra?
-No, de mi perro, mitad dóberman, mitad policía. Un día tiró toda su bronca en mi brazo derecho, a centímetros de la muñeca. Se notaba que andaba enojado. Tal vez porque lo mantenía atado.
-¿Una metáfora del dueño?
-¿Metáfora?

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De regreso a su casa, en el paraje de 1.852 habitantes al nordeste de Entre Ríos, dentro del campo abundante en citrus que le había pertenecido a su abuelo.

-¿Es ese perro blanco y negro que a tres metros de distancia viene chumbando endiablado y encadenado, con ganas de atacarnos?
-Ése mismo.
-¿Cómo se llama?
-Se llama Capitán… Más vale.

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Tras conocerse el viernes 21 de noviembre de 2025 la muerte de Francisco Fehrenbacher, cabo primero maquinista de la Armada Argentina y veterano de la guerra de Malvinas, el gobierno municipal de La Criolla decretó tres días de duelo, expresó “gran tristeza” y destacó que el ex combatiente “sirvió a la Patria como tripulante del destructor ARA Comodoro Py”. La intendencia transmitió “las más sinceras condolencias a su familia y seres queridos”, y subrayó que “su legado vivirá por siempre en nuestros corazones”.

Fotos: Gentileza de la familia Fehrenbacher
y Archivo Grupo Atlántida (archivo@atlantida.com.ar)
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)

Israel: vivir sin pausa en medio de la incertidumbre

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Por Ana Grinstein

En Israel, la vida no se mide en tiempos de paz y tiempos de guerra. Se mide en continuidad.

Lo que muchas personas fuera del país no logran comprender es que la base emocional de los israelíes está, de alguna manera, calibrada de forma distinta. No porque sean más fuertes o más valientes, sino porque han aprendido —casi sin darse cuenta— a vivir dentro de una realidad donde la incertidumbre no es una excepción, sino parte del paisaje.

Aquí, la historia no llega como un capítulo con principio y fin. No se abre y se cierra. Se instala.

Para muchos en el extranjero, la guerra es un evento: algo que ocurre, sacude y luego se convierte en memoria. En Israel, en cambio, se parece más al clima: impredecible, presente, imposible de ignorar, pero también imposible de detener la vida por completo.

Sirenas que irrumpen en medio de una clase. Debates políticos que no se apagan nunca. Escuelas que abren… o no. Una boda que sigue en pie si las rutas lo permiten. Un funeral que llega sin aviso.

Todo puede suceder en un mismo día. Incluso en la misma hora.

Antes del 7 de octubre, Israel atravesaba meses de una intensa discusión interna. La reforma judicial había dividido familias, tensado amistades y movilizado a cientos de miles de personas en protestas semanales.

Las calles se llenaban no solo de consignas, sino de una convicción profunda: que el futuro del país pertenece a quienes lo habitan.

Y entonces, el 7 de octubre lo cambió todo.

Pero no silenció esa discusión. Solo la empujó hacia adentro. La urgencia pasó a ser otra: sobrevivir, sostenerse, cuidar.

Desde entonces, el país vive en una combinación difícil de explicar: dolor prolongado y alerta constante.

Misiles. Rehenes. Funerales. Reservistas dejando sus trabajos. Niños aprendiendo a distinguir entre rutina y emergencia.

Y aun así, la vida no se detiene.

Los cafés siguen abiertos. Los bebés siguen naciendo. Las historias de amor siguen empezando. Y en cada casa, siempre hay alguien —una abuela, una madre, un vecino— que insiste en servir un plato más, como si alimentar fuera también una forma de resistir.

Hay algo que los israelíes entienden profundamente: esperar a que llegue la calma para vivir es, en este lugar, una ilusión.

Entonces viven.

Viven fuerte. Discuten sin filtros. Se ríen incluso en días difíciles. Critican a su gobierno con pasión. Se organizan, se ayudan, se presentan unos para otros.

Desde afuera, puede parecer caos. Desde adentro, es otra cosa. Es resiliencia.

Pero no la resiliencia épica que muestran las películas. No la de los héroes. Sino la resiliencia silenciosa, cotidiana, casi invisible: la de quien se levanta, prepara café, lleva a sus hijos a la escuela cuando puede, corre al refugio cuando debe y, más tarde, vuelve a la cocina para preparar la cena.

Una y otra vez.

En muchas ciudades del país, especialmente en el sur, las viviendas están construidas con una habitación reforzada llamada “mamad”, diseñada para proteger a las familias en caso de ataques.

Lo llamativo no es solo su función, sino su uso cotidiano: durante el día puede ser el cuarto de juegos de los niños, una oficina o incluso un espacio para ver televisión. Ese mismo lugar que, en segundos, se convierte en refugio.

Quizás no haya mejor símbolo de la vida en Israel que ese cuarto: un espacio donde conviven, sin contradicción, la normalidad y la emergencia.

Porque aquí, incluso cuando el suelo tiembla, la vida —de alguna manera— siempre continúa.

Y eso también es una forma de esperanza.

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