Enriquecimiento Urribarri: van a Casación

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El juez de juicio Gervasio Labriola rechazó los recursos de apelación planteadas por las defensas del exgobernador Sergio Urribarri y del empresario Diego Armando Cardona Herreros, ambos imputados en una causa por enriquecimiento ilícito. Labriola confirmó lo resuelto por el juez de Garantías Mariano Budasoff, aunque de momento las audiencias de remisión a juicio seguirán suspendidas hasta tanto se resuelva ese incidente.

Los defensores de Urribarri y de Cardona Herreros acudirán ahora a la Cámara de Casación para insistir con sus planteos.

El último viernes 27 de marzo, Budasoff rechazó el planteo de sobreseimiento para el extitular del Ejecutivo entrerriano formalizado por su defensor Miguel Cullen, y también por los representantes legales del coimputado Diego Armando Cardona Herreros, titular de Relevamientos Catastrales SA, que es defendido por José Raúl Velázquez e Ignacio Díaz.

El magistrado declaró “improcedente el recurso de apelación” contra la resolución dictada oralmente durante los días 25 y 26 de marzo de 2026 “en cuanto rechazo los pedidos de sobreseimiento por prescripción de la acción penal, inconstitucionalidad del segundo párrafo del art. 67 del Cód. Penal, afectación de la garantía de plazo razonable y afectación de la garantía de ´ne bis in idem´ -el principio ne bis in idem prohíbe juzgar o sancionar a una persona dos veces por el mismo hecho, NdelR)”.

En cambio, el magistrado concedió “con efecto suspensivo el recurso de apelación” interpuesto por los defensores “contra la resolución dictada oralmente durante los días 25 y 26 de marzo de 2026 en cuanto rechaza los planteos de exclusión probatoria de los informes I0376 e I0280 del Gabinete de Informática Forense y los elementos secuestrados en el allanamiento realizado en el inmueble ubicado en Av. Sesquicenteneario N° 4540, Ruta Nacional 197 Country Club San Jorge Village, manz. 21, parcela 8 de la localidad de Los Polvorines, partido Malvinas Argentinas de la Provincia de Buenos Aires”.

El efecto suspensivo implica la paralización de las audiencias de remisión a juicio hasta que el recurso sea resuelto por el Tribunal de Juicios y Apelaciones. Efectiamente, eso fue lo que ocurrió: hasta que Labriola resuelva la apelación, la remisión a juicio quedó paralizada.

Las audiencias se habían conccretado los días 25 y 26, pero este vierrnes quedaron en compás de espera.

Originalmente, la tramitación de las audiencias de remisión de la causa a juicio -pedida en 2023 por Fiscalía- se programó para los días 10, 11, 12, 17, 18, 19, 25, 26, 31 de marzo de 2026, y los días 1, 7, 8, 9, 14, 15, 16, 21, 22, 23, 28, 29 y 30 de abril, a partir de las 9, en el Salón de Audiencias Nº 1 de los Tribunales de Paraná. Ese esquema quedará modificado en virtu de la reprogramación que ordenó el magistrado.

En noviembre de 2023, el Ministerio Público Fiscal pidió la remisión a juicio oral de la causa por enriquecimeinto que involucra al exgobernador Sergio Urribarri. El dos veces titular del Poder Ejecutivo ya fue condenado a 8 años de cárcel en el marco del megajuicio; y tiene pedido de remisión a juicio en una causa por coimas, con una solicitud de pena de 10 años de cárcel.

Los fiscales Patricia Yedro y Gonzalo Badano remitieron la causa por enriquecimiento con un pedido de condena para Urribarri de 5 años y 6 meses de cárcel. En tanto, para el empresario Diego Armando Cardona Herreros, implicado en esa investigación, los fiscales solicitaron 5 años de prisión de cumplimiento efectivo. En tanto, para Rubén Ángel Martínez, 3 años de prisión de cumplimiento condicional.

Uno de los tres imputados en esa causa, Rubén Martínez, un jubilado de más de 70 años, quedó afuera del juicio oral en mayo de 2024.

El juez de Garantías Julián Vergara refrendó  un acuerdo de suspensión de juicio a prueba -probation-, por un plazo de 3 años, que benefició a Rubén Ángel Martínez, imputado en calidad de partícipe en la investigación penal que pesa sobre el exgobernador Urribarri por enriquecimiento ilícito. Al Urribarri le reprochan que no pudo justificar el aumento patrimonial de 7 millones de dólares, maniobras de las que habría participado el empresario Diego Armando Cardona Herreros, titular de Relevamiento Catastrales SA, que fue contratista del Estado entrerriano durante el urribarrismo, y también Martínez, aunque en un rol menor.

Martínez, un jubilado de 72 años a quien el Ministerio Público Fiscal le reprocha que en 2011 adquirió un vehículo a su nombre y que luego tramitó una tarjeta azul para que pueda disponer de él uno de los hijos del exgobernador, Mauro Urribarri, y la esposa del extitular del Ejecutivo, Ana Lía Aguilera. Además, le reprochan que “colaboró” con el enriquecimiento al posibilitar el ingreso al país de obras de arte traídas de Europa con destino a los Urribarri.

El acuerdo de juicio abreviado fue presentado ante el juez Vergara por el defensor de Martínez, Tomás Vírgala, con anuencia de los fiscales Patricia Yedro y Gonzalo Badano.

“Soy muy buen vendedor. Empecé a trabajar para empresas americanas que vendían cable coaxil. Hasta 2001, que vinieron los radicales y pasó lo que pasó”, dijo Martínez. “Nunca me pasó algo así -aseguró, en relación a estar involucrado en una causa judicial-. A esta edad”.

A Martínez la Fiscalía le había pedido 3 años de prisión de ejecución condicional. Y le habían solicitado que se lo condene además al pago de una multa de $117 mil y 7.000 dólares.

Pero la defensa de Martínez propuso pagar la mitad de ese monto en epsos, $58.500, la mitad de la multa en dólares, 3.500 dólares. Los $58.500 los abonará en una sola cuota, por transferencia bancaria; y la cifra en dólares, 20 cuotas, en pesos, al valor oficial. Aunque con actualización según el Índice de Precios al Consumidor.

En cuanto a la reparación del daño producido al Estado, Martínez asumió el pago de 36 cuotas de $10 mil que propuso donar al Hospital San Roque, monto también que se actualizará según el Índice de Precios al Consumidor.

En reemplazo de las 96 horas de trabajo en beneficio de una institución de bien público, que no podrá hacer por razones de salud -es hipertenso, tiene 72 años- pagará una reparación económica: 12 cuotas de $30 mil a una institución que designará la Oficina de Medios Alternativos (OMA) del Poder Judicial.

El defensor de Martínez pidió además que se levanten los embargos sobre sus cuentas bancarias, medida que dispuso en el marco de la causa por enriquecimiento de Urribarri el juez de Garantías Elvio Garzón. En ese punto, la petición se tramitará por separado.

La conmovedora historia del ex combatiente de Malvinas al que se dio por muerto durante casi tres décadas: cómo un involuntario cambio de letra lo había dejado preso del olvido

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Se llamaba Francisco Fehrenbacher y tenía 57 años cuando Revista GENTE lo entrevistó en Concordia, Entre Ríos. Había participado en la guerra como cabo primero maquinista del destructor Comodoro Py. Fallecido hace cuatro meses, escribió, sin saberlo, una historia que sería recordada -y honrada- para siempre, y precisamente hoy, a 44 años del conflicto en el Atlántico Sur, replicamos.

“¡Acá estaba!”, extendía orgulloso la chaquetilla azulada, clavando sus ojos en los del fotógrafo y los del periodista, como esperando una aprobación que no nos correspondía dar y, sin embargo, dábamos. “¿Se la habían entregado en la Guerra de Malvinas?”, inquirimos. “Claro… Más vale”, explicaba (recurriendo a dos palabras que repetiría bastante) aquello que nos había adelantado cuando le pedimos algún elemento, alguna prueba, si se quiere, de 1982… Y sí, decíamos “azul marino” pese a que la capa gris de tierra que cubría su tela y la falta de luz artificial de la cocina hacía que lo dudáramos. También generaba un fuerte interrogante cierta fragilidad de dicha prenda. Parecía que si uno la doblaba, terminaría quebrándola como un papel húmedo. El olor a leña, que impregnaba el ambiente y todo cuanto moraba en él, alimentaba la idea. “¿Vieron que la tenía?”, desafiaba un tanto infantil el dueño del lugar, tomándola en sus manos, consciente de que la chaquetilla, anónima, una de las varias colgadas en la oscuridad de su placard durante las últimas tres décadas, era una parábola de sí mismo, a la sombra del mundo durante tal lapso. “A la sombra como yo, lógico”, revalidaba Francisco Fehrenbacher (57 años, por entonces), el soldado desconocido que -casi treinta años luego del conflicto armado que enfrentó a Argentina y Gran Bretaña en el Atlántico Sur- había dejado de serlo.

“QUERÍA ENFRENTARME CARA A CARA CON LOS GURKAS”

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Fehrenbacher sosteniendo la foto del crucero General Belgrano, “que nosotros custodiábamos firmes desde el destructor ARA Comodoro Py”.

Erica Schmidt y Andrés Fehrenbacher, sus padres, le habían descubierto la cara el 22 de mayo de 1954 en la casa del campo Windeck, distrito de Colonia San Bonifacio, La Criolla (capital del arándano), departamento de Concordia, exactamente donde su abuelo se afincó en 1925 recién llegado desde Alemania, exactamente donde Francisco había vivido, vivía y “viviría siempre”, y exactamente donde nos recibía con unos mates dulces. “Me sorprende su visita. ¿Saben que guardo una revista GENTE de cuando murió Perón?”, contaba a su estilo, de breves frases, por lo general construidas como preguntas.

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Francisco a los 28 años, a bordo del destructor en el que era cabo primero y maquinista.

“Yo no había pisado Malvinas, pero había estado en la lucha. Formé parte del destructor Comodoro Py, que custodiaba el andar del crucero General Belgrano, la joya de la Armada nacional, a cargo del notable capitán Héctor Bonzo. Mi cargo, cabo primero maquinista. En un momento iba a subir al Belgrano y me cambiaron por un compañero que terminó muriendo cuando los ingleses lo hundieron. La guerra me había dejado un dolor grande en el corazón y una enorme bronca en el alma. Apenas hablaba del tema con mis cercanos, y punto. Nunca me interesó revolver el sufrimiento. Yo quería pisar las islas, enfrentarme cara a cara con los gurkas y pisarlos…”, explicaba su ostracismo y su bronca, mientras observaba imágenes de archivo que le acercábamos. “¿No me regalarían esa foto del crucero Belgrano?”, consultaba bajando su voz, celebrando el “sí” y adelantando: “¡La voy a poner en un marquito y colgarla en la pared!”.

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Con su hijo Andrés, residente en Mar del Plata y quien conservaba la foto que vemos más arriba: de su padre en plena acción marítima durante los tiempos de guerra en el Atlántico Sur.

-Parece que le gusta guardar recuerdos, Francisco…
-Mucho. Bueno, ahora que se movió el avispero, además saqué a la luz la medalla que me habían dado en lo de las Malvinas.
-Relátenos cómo había llegado “a lo de las Malvinas”.
-Sabía que me iba a tocar el servicio militar y decidí adelantarme, anotarme y adiestrarme para seguir una carrera. Desde el conflicto, permanecí dos años en el Py, dos en la Base Aeronaval Comandante Espora, Bahía Blanca, y dos en la de Puerto Belgrano, Punta Alta. Después me degradaron porque me rajé.

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“Todo había comenzado el lunes 23 de mayo -contaba Guillermo Pérez (titular del Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas, delegación Concordia)-. Junto al ex soldado Martín Albornoz (ambos arriba), brindábamos una charla en la escuela Nº 5 Salto Grande, de La Criolla, a 20 kilómetros de Concordia. Pronto nos consultaron si sabíamos de algún ex combatiente, para bautizar la sala de Informática. Respondimos que no. Sin embargo, un alumno mencionó que conocía uno, ‘pero padece problemas mentales’. Rosana Laner, empleada de la escuela y vecina del citado caballero, lo confirmó. Intentamos averiguar desde la página de la Armada Argentina, y nada. Hasta que Rosana consiguió en la Policía el número de documento. Volvimos a cotejar y apareció: en lugar de tener su apellido escrito como Fehrenbacher, estaba como Fherenbacher. Chequeamos, la Marina confirmó y el Ministerio de Defensa refrendó. El jueves 26 le aparecimos con Jorge Piedrabuena (el tercero en la foto). ‘¡Somos veteranos de Malvinas!’. ‘¡Yo también!’, contestó el Gringo. Le pedimos su identificación y comparamos. ‘Tiene la misma pinta. Su bigote no confunde’, confirmó Piedrabuena. Lo abrazamos, lloramos… Y, sí, hallarlo equivalía a izar la bandera en un territorio recuperado”, simbolizaba Pérez, quien, chequeados los datos, se encargó de ayudar a acelerar los trámites que acreditaran los derechos de Francisco como ex combatiente.


-¿Desertó?
-Je, me había ido con una chica, en 1986.
-¿A partir de ahí se le había perdido el rastro?
-Sí… Más vale.

“EN EL HOSPITAL LO LLAMABAN ‘EL LOCO BUENO’”

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El comienzo del proceso de registro y confirmación del ex combatiente Fehrenbacher como tal.

Cerca del Gringo o Francis, Andrés (34, uno de los tres hijos de Fehrenbacher) confirmaba que existían capítulos que su padre, por omisión o elección, prefería obviar. “Había leído y escuchado montones de versiones hirientes sobre su situación -explicaba el hermano mayor de Leandro, 32, y José, 30-. A él no lo habían encontrado en el monte, desequilibrado, desprotegido, abandonado, como circuló. Yo me la banco, pero me dolía por mi tío Luis, que era dueño junto a mi viejo de las cincuenta hectáreas que habitaba, por sus primos-hermanos Berta y Carlitos Garlin y el hijo, Lalo, y por sus vecinos, Rosana y Andrés Laner”, nos contaba uno de sus herederos de sangre. Y continuaba:

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El documento que presentó.

“Las seis personas que te nombré residían cerca, lo cuidaban y me ayudaban a mí, que una vez al mes manejaba de noche completa desde la costa para acompañarlo y solucionarle las necesidades que le surgían”, explicaba el suboficial segundo y buzo táctico de la Base Naval de Mar del Plata, quien le había comprado a Francisco el generador de electricidad que lo abastecía, logró poner en marcha su tractor modelo 1968 arrumbado en el galpón, le arreglaba la bomba de agua, trasladó un centenar de colmenas para generar un ingreso económico extra en venta de miel al campo de mandarina, naranja y limón e, incluso, le había regalado el celular Samsung que los mantenía a padre e hijo comunicados.

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Francisco luego de que se le tomaran sus diez huellas dactilares.

Siempre me había sentido orgulloso de mi viejo, de ahí que me enrolé en la ARA (Armada Argentina) a los 15. Me sacó la boina por él -añadía Andrés-. El tema era que por el 1993 recibió un golpe duro: se había suicidado, acá, de un tiro, su hermano Andrés, y empezó cuesta abajo. Al punto que, intentando prevenir otros dramas, alejamos de su alcance el revólver y la escopeta de la casa. Para colmo, en 1997 lo sorprendió el fallecimiento de su madre (mi abuela), quien nos crió. Ahí comenzó a derrumbarse mal”.

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Tras consumarse el registro central, Fehrenbacher prosiguió sus trámites en la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSeS), encargada de extenderle la pensión al veterano de guerra. Y terminó en el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI), que ya podía atenderlo sin cargo. En medio de semejante derrotero, el Canal 26 local transmitía en vivo aquel extraordinario hallazgo.

Continuaba el hijo de Francisco: “A principios de 2007 lo internamos por esquizofrenia en el Hospital Felipe Heras, Sala 8 de Salud Mental. En esos tiempos traté de demostrar su condición de ex combatiente. Contraté a una abogada, pedimos informes en el edificio Libertad y me vine a tramitar los papeles en Concordia. No recibí demasiado apoyo. Entre los requisitos, me hablaban de testigos. Se dilató y se dilató. Volvimos a internar a papá el año pasado, a lo largo de tres meses. Las enfermeras lo llamaban ‘el loco bueno’. Nada violento el tipo. Hoy consume seis clases de pastillas distintas y anda bastante compensado… Aunque ayer, tras la movida que generó su noticia, me abrazó fuerte y se me puso a llorar”, contenía las lágrimas Andrés Fehrenbacher.

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Cuando finalmente Francisco Fehrenbacher -a partir del registro de la Armada Argentina- dejó de ser el “soldado Ryan” para convertirse en el “soldado H”.

“AHORA EL INTENDENTE ME DEBE LA ELECTRICIDAD, CHE”

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En julio de 2011, cuando se reencontró en Concordia con sus compañeros de guerra y desfiló junto a ellos. Con la bandera al hombro, confesó: “Es la primera vez que alguien me aplaude”. “ Lucía la chaquetilla recibida en 1982, igual que la medalla distintiva, aparte del gorro que le obsequiaron los veteranos de guerra de la ciudad.

Por aquellos días de descubrimiento y ratificación de identidad, Francisco Fehrenbacher disfrutaba señalando: “Cuando le comentaba al intendente local sobre mi condición de ex soldado de Malvinas, me respondía: ‘Vos estás loco’. Y yo le replicaba: ‘Estoy loco pero no como vidrio: combatí en el frente’… Ahora va a tener que acercar el cableado, que pasa a doscientos metros de distancia, hasta mi domicilio”, pretendía entre risas el hombre de documento casi ilegible, entradas prominentes, bigote en herradura “que luzco desde que dejé la Armada”, ojos verdes, 1,76 metros y 92 kilos (“aumenté 17 respecto a los que pesaba en mi juventud”); el abuelo al que le costaba acordarse de sus cuatro nietos; el hincha de Boca que no sabía del descenso de River al Nacional B; el cocinero de “potentes guisos y riquísimos asados”; el amante de los libros de Jorge Luis Borges y las gaseosas de manzana y naranja; el oyente de Radio Mitre y admirador del chamamé, la cumbia y el cuarteto; el soldado religioso que rezaba cada noche y le agradecía a Dios “haberse acordado de mí”.

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La medalla que le habían dado “en lo de las Malvinas” y sacó a la luz para Revista GENTE.

-¿Qué va a hacer con el dinero que puedan entregarle tras corroborarse su condición de ex combatiente? -le preguntábamos, entretanto.
-Comprarme mi primer televisor, y pintar la casa de rosa por fuera y de celeste por dentro.

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Tras su manto de neblinas y junto a sus pares del Centro de Veteranos de Guerra, a orillas del río Uruguay. “Queremos devolverle la alegría que le conocimos, pese a los males que debió soportar”, coincidieron antes de asarle un surubí recién pescado.
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Frente al. homenaje local hacia las Islas Malvnas.


-¿También va a animarse a salir, a visitar el Centro de Veteranos de Concordia, a…?
-Seguro. Aparte, me habían comunicado que desfilaría con uniforme en el acto patrio del 9 de Julio y que le dedicarían una plaqueta en la escuela que lo encontró. Quizá los chicos me empezarán a mirar con admiración. Ojalá. Capaz que me reciba la presidenta Cristina Fernández… Ayer me habían dado por muerto, y hoy siento que nací de nuevo. Soy sensible, por cualquier cosa lloro. No voy a dejar de manejar el tractor, dormir mi siestita, picar leña, lavarme la ropa, cocinarme, y pienso abandonar cosas densas de la mente, aunque algunas marcas siempre iban a quedar.

-¿Y esa cicatriz que le vemos? ¿También es de la guerra?
-No, de mi perro, mitad dóberman, mitad policía. Un día tiró toda su bronca en mi brazo derecho, a centímetros de la muñeca. Se notaba que andaba enojado. Tal vez porque lo mantenía atado.
-¿Una metáfora del dueño?
-¿Metáfora?

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De regreso a su casa, en el paraje de 1.852 habitantes al nordeste de Entre Ríos, dentro del campo abundante en citrus que le había pertenecido a su abuelo.

-¿Es ese perro blanco y negro que a tres metros de distancia viene chumbando endiablado y encadenado, con ganas de atacarnos?
-Ése mismo.
-¿Cómo se llama?
-Se llama Capitán… Más vale.

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Tras conocerse el viernes 21 de noviembre de 2025 la muerte de Francisco Fehrenbacher, cabo primero maquinista de la Armada Argentina y veterano de la guerra de Malvinas, el gobierno municipal de La Criolla decretó tres días de duelo, expresó “gran tristeza” y destacó que el ex combatiente “sirvió a la Patria como tripulante del destructor ARA Comodoro Py”. La intendencia transmitió “las más sinceras condolencias a su familia y seres queridos”, y subrayó que “su legado vivirá por siempre en nuestros corazones”.

Fotos: Gentileza de la familia Fehrenbacher
y Archivo Grupo Atlántida (archivo@atlantida.com.ar)
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)

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