Milei y la casta vuelven a ocupar el centro de la discusión pública argentina. La polémica generada en torno a Manuel Adorni reabre un debate mucho más profundo sobre la corrupción, los privilegios del poder, el doble estándar político y la responsabilidad de una sociedad que exige transparencia mientras muchas veces tolera conductas que contribuyen a sostener el mismo sistema que critica.
No son buenas las generalizaciones. Tampoco los fanatismos. Pero quizás sea momento de formular una pregunta incómoda: ¿no será que la misma sociedad que exige rectitud absoluta a políticos, periodistas, jueces, fiscales y funcionarios convive diariamente con prácticas que alimentan el mismo sistema que dice repudiar?
“La discusión no es Adorni. Antes fue Cristina. Antes fue Macri. Mañana será otro dirigente. La verdadera discusión es si la Argentina está dispuesta a combatir la corrupción sin importar el nombre, el partido o la conveniencia política del momento.”
Esta reflexión está muy lejos de representar una defensa de Manuel Adorni o de cualquier funcionario del gobierno nacional. De hecho, en una república seria toda denuncia debe investigarse y todo funcionario debe rendir cuentas. Sin excepciones.
Sin embargo, el debate actual parece mucho más profundo que un nombre propio.
La advertencia de Milei antes de llegar al poder
Desde antes de llegar a la Casa Rosada, Javier Milei repetía una idea que muchos consideraban exagerada: advertía que el camino para modificar estructuras de poder enquistadas sería extremadamente difícil porque implicaría afectar intereses económicos, políticos, mediáticos, sindicales, corporativos y judiciales acumulados durante décadas.
A dos años de gestión, independientemente de la valoración que cada uno tenga sobre su gobierno, resulta evidente que el Presidente acertó en al menos una cuestión: cualquier intento de alterar el statu quo genera resistencias.
La denominada “casta” no es únicamente una fuerza política. Tampoco puede reducirse a un partido determinado. La integran sectores diversos que durante años encontraron formas de convivir con el poder de turno. Empresarios, operadores, dirigentes, funcionarios, consultores, referentes mediáticos y actores judiciales que, según quién gobierne, se acomodan para conservar posiciones, influencia o beneficios.
Los argentinos hemos visto desfilar durante décadas mecanismos de poder que parecían inamovibles. También nos ha tocado observar situaciones que en cualquier país normal hubieran provocado escándalos institucionales de enorme magnitud. Operaciones políticas, filtraciones interesadas, funcionarios que trabajaban para intereses ajenos a los del propio Estado y estructuras burocráticas que muchas veces parecían responder más a sus propias lógicas que al interés general.
El caso Adorni y la doble vara política
Por eso resulta llamativo observar cómo sectores que guardaron silencio frente a algunos de los mayores escándalos de corrupción de la historia argentina hoy descubren repentinamente una vocación moralista que no exhibieron en otros momentos.
El kirchnerismo difícilmente pueda erigirse en árbitro de la transparencia después de las innumerables causas judiciales que involucraron a sus principales dirigentes. El radicalismo tampoco puede presentarse como ajeno a las lógicas del sistema que ayudó a construir. Del peronismo tradicional, de la izquierda y de gran parte del establishment político podría decirse algo similar.
La realidad es que ningún espacio político argentino puede exhibir hoy un plantel completamente impoluto. Y quizás allí aparezca el verdadero problema.
Porque mientras discutimos sobre la corrupción de los dirigentes, rara vez nos detenemos a observar nuestras propias conductas.
¿Quién no intentó alguna vez evitar una multa? ¿Quién no buscó un contacto para agilizar un trámite? ¿Quién no naturalizó pequeñas ventajas obtenidas por fuera de las reglas?
Por supuesto, no es comparable una infracción menor con el saqueo sistemático de recursos públicos. Las escalas son completamente distintas. Pero ambas situaciones nacen de una misma matriz cultural: la idea de que la ley debe cumplirse para los demás.
También existe una evidente desproporción en la indignación pública.
Si se comprobara alguna irregularidad por parte de Manuel Adorni o de cualquier otro funcionario, deberá investigarse hasta las últimas consecuencias. Nada justifica un ilícito. Nada justifica un enriquecimiento que no pueda explicarse razonablemente.
Pero resulta imposible no advertir el contraste con otros períodos de la historia reciente argentina.
La corrupción y el espejo de la sociedad argentina
Durante años desfilaron causas multimillonarias, escándalos de corrupción estructural y mecanismos de saqueo de recursos públicos que, según numerosas investigaciones judiciales, representaron miles de millones de dólares que jamás volvieron a los argentinos. En muchos de esos casos, gran parte de la dirigencia política, mediática e institucional reaccionó con una tibieza llamativa o directamente eligió mirar para otro lado.
Si la vara moral pretende ser la misma para todos, entonces la pregunta es inevitable: ¿cuántos diputados, senadores, funcionarios provinciales, municipales, jueces, fiscales y dirigentes partidarios han sido sometidos con igual intensidad al escrutinio sobre el origen y evolución de sus patrimonios?
¿Cuántos pueden afirmar con absoluta tranquilidad que cada bien, cada propiedad y cada incremento patrimonial resiste una auditoría exhaustiva ante la mirada de toda la sociedad?
Porque resulta curioso observar cómo algunos de los protagonistas de la política argentina, que todavía cargan con responsabilidades sobre décadas de decadencia nacional, hoy se presentan como fiscales morales de ocasión.
Muchos de ellos continúan ocupando bancas, cargos y espacios de poder desde los cuales interpelan a otros sin antes haber respondido plenamente por sus propias actuaciones.
Quizás allí radique uno de los principales problemas de la Argentina: la facilidad para señalar la paja en el ojo ajeno mientras se ignora la viga propia.
Por otra parte, tampoco puede descartarse que el propio gobierno haya cometido errores. La velocidad con la que intenta avanzar sobre reformas profundas tal vez no siempre estuvo acompañada por los controles políticos y administrativos necesarios para evitar situaciones que terminan convirtiéndose en munición para sus adversarios.
Cuando se pretende transformar estructuras enquistadas durante décadas, cada error propio se multiplica y cada descuido se convierte en una piedra en el camino.
Y aquí aparece una cuestión central que muchas veces se pierde en medio de la discusión cotidiana.
Quizás una parte importante de la sociedad no vea a Javier Milei como un presidente corrupto. Puede cuestionar formas, estilos o decisiones de gestión. Puede estar en desacuerdo con determinadas políticas. Pero también percibe que se trata de un dirigente disruptivo que advirtió, incluso antes de ingresar a la política, que sería objeto de ataques permanentes por parte de quienes no estaban dispuestos a resignar privilegios ni espacios de poder.
Eso no convierte automáticamente al gobierno en infalible ni transforma toda crítica en una conspiración. Pero sí obliga a analizar los acontecimientos con una mirada más amplia y menos condicionada por los intereses de cada sector.
La discusión de fondo, entonces, no debería centrarse únicamente en una persona o en un episodio puntual. Lo verdaderamente importante es determinar si la Argentina está construyendo instituciones más transparentes y una cultura política más honesta, o si simplemente asistimos a una nueva versión de los viejos enfrentamientos de siempre.
Porque la Argentina no necesita simplemente reemplazar una casta por otra. Necesita recuperar una cultura de responsabilidad, mérito y honestidad que atraviese a toda la sociedad. La verdadera transformación no ocurrirá cuando caiga un dirigente o cuando asuma otro, sino cuando dejemos de justificar aquello que condenamos en nuestros adversarios. Hasta entonces, seguiremos discutiendo nombres propios mientras el problema de fondo continúa mirándonos desde el mismo lugar de siempre: el espejo.

