Columnas de opinión, editoriales y análisis político sobre la actualidad de Argentina y la región del Litoral. Miradas críticas y reflexivas publicadas por el diario Análisis Litoral.
Federación, Entre Ríos – En un país donde la política tradicional lucha por conectar con los jóvenes, un grupo de militantes de La Libertad Avanza en Federación decidió innovar: crearon un canal de streaming propio, pensado y ejecutado para hablar el lenguaje de su generación.
Lo que hace única esta iniciativa no es solo la tecnología, sino la planificación estratégica y el guion previo detrás de cada transmisión. Cada emisión está diseñada para generar impacto, transmitir ideas y mantener la atención de un público joven, acostumbrado a consumir contenido rápido y dinámico.
“Queríamos acercar la política de manera directa, sin intermediarios, usando herramientas que conocemos y entendemos”, explicó uno de los jóvenes creadores del canal durante una entrevista con Análisis Litoral.
Según sus propios registros, el canal alcanza un promedio de 1.200 visualizaciones por emisión, con una audiencia mayoritariamente joven, lo que evidencia la conexión con un segmento que históricamente sigue la política de manera limitada.
Más allá de los números, lo destacable es el ejemplo que predican con su acción: planificación, creatividad e innovación. Este canal demuestra que la militancia puede ser moderna, organizada y efectiva, adaptándose a los códigos comunicativos de cada generación.
En un contexto donde las generaciones más jóvenes se informan y se movilizan a través de plataformas digitales, iniciativas como esta representan una oportunidad para repensar la comunicación política y conectar con ciudadanos que, de otro modo, permanecerían al margen de los debates tradicionales.
“No solo transmitimos nuestras ideas, sino que mostramos cómo se puede hacer política de manera responsable y organizada, utilizando los medios digitales a nuestro favor”, agregó otro miembro del equipo.
Con esta apuesta, los jóvenes de Federación no solo innovan, sino que marcan un ejemplo digno de ser replicado en otras provincias y espacios políticos. Su iniciativa es un llamado a la acción: demuestra que la política puede ser inclusiva, ágil y cercana cuando se combina ingenio con planificación.
Hay un dato que atraviesa la política argentina y que ni las encuestas más ortodoxas ni los viejos aparatos partidarios quieren reconocer: la mayoría de los jóvenes entre 18 y 30 años eligió a Javier Milei. No como un voto de enojo, sino como una decisión consciente frente a un sistema que consideran agotado.
En redes sociales lo resumen con una frase que incomoda a más de uno: “los jóvenes la ven, los viejos están meados”. Una síntesis brutal, pero efectiva: para ellos, la generación política anterior se conformó con migajas, se resignó a la pobreza estructural y justificó lo injustificable.
El factor redes: un terreno inmedible para la política tradicional
Este fenómeno se potencia en redes sociales, un espacio donde las encuestadoras aún no logran decodificar en profundidad. Allí no hay intermediarios, ni punteros, ni relatos filtrados por la prensa oficialista. Hay streamings, memes, debates en Twitch y TikTok, cuentas anónimas que viralizan ideas y un ecosistema digital que corre más rápido que cualquier encuesta de papel. La política tradicional sigue midiendo con termómetros viejos una realidad que se mueve en tiempo real, en pantallas y algoritmos. Y ahí es donde Milei se vuelve imbatible: porque entiende el lenguaje de la irreverencia y del quiebre, donde los jóvenes sienten que por fin alguien los escucha.
El vacío del kirchnerismo
Los defensores más acérrimos del kirchnerismo han quedado sin argumentos ni liderazgos. La épica de los 2000 se desmoronó frente a un presente marcado por inflación, precarización laboral y un Estado ineficiente. Hoy, hablar de “proyecto nacional y popular” resulta un cascarón vacío para una generación que solo vio decadencia.
Milei, a pesar de todo
Lo interesante es que los jóvenes lo siguen incluso a pesar de las dificultades de gestión, las críticas de la oposición y las contradicciones del propio gobierno. Ven en Milei algo que ningún otro dirigente logra transmitir: coherencia discursiva, autenticidad y ruptura con la casta. No se trata de un apoyo ingenuo, sino de una apuesta cultural. Prefieren a alguien que dice lo que piensa, aunque incomode, antes que la sobreactuación calculada de políticos tradicionales.
La oposición de los gobernadores
Mientras tanto, una decena de gobernadores intenta reagruparse. Pero la sociedad percibe esa juntadera como lo que realmente es: un pacto de autopreservación, no un proyecto alternativo. Se oponen por oponerse, hablan para sí mismos y carecen de narrativa que interpele a la gente. El contraste es evidente: mientras los gobernadores buscan “voltear al loco”, los jóvenes ven que ese mismo “loco” expresa lo que ellos piensan en las sobremesas, en los grupos de WhatsApp y en los foros de Twitch.
Un fenómeno cultural más que electoral
El fenómeno Milei no es solo un voto coyuntural. Es un cambio cultural. Los jóvenes no quieren más tutelajes, ni bajadas de línea universitarias, ni relatos épicos desconectados de la realidad. Quieren hablar de libertad, de meritocracia, de esfuerzo propio, de terminar con privilegios. Y encontraron en Milei un traductor de esa rebeldía generacional.
La política tradicional puede seguir subestimando este proceso, o intentar caricaturizarlo como “moda pasajera”. Pero cuanto más lo hacen, más se profundiza la fractura generacional: una juventud que ya no pide permiso para creer en otro camino, y una dirigencia que sigue discutiendo entre sí cómo administrar las ruinas del pasado.
La deserción electoral que atraviesa la Argentina no es casual. No es un capricho de los jóvenes desencantados ni de una ciudadanía “antipolítica” como todavía repiten algunos. Es la consecuencia directa de 20 años de un modelo kirchnerista-peronista que destruyó la confianza en la política, vació las instituciones y condenó a varias generaciones a un presente sin futuro.
La generación que “la ve”
En ese escenario, emergió un fenómeno difícil de ignorar: el de los jóvenes de entre 18 y 30 años, un segmento que ya no compra los relatos de siempre. Son ellos quienes marcan la diferencia con ironía al señalar que, a diferencia de los “viejos meados” —como llaman sin filtros a quienes siguen defendiendo lo indefendible—, ellos sí “la ven”. Y lo que ven es un país arrasado, donde la épica de banderas y marchas terminó en un callejón de pobreza, corrupción y discursos gastados.
Para los más acérrimos defensores del kirchnerismo, los argumentos se agotaron. Ya no quedan epopeyas posibles ni consignas que enamoren. La militancia juvenil que alguna vez vibró con la promesa de transformación hoy observa con desdén a una dirigencia atrapada en su propio laberinto de poder, desconectada de la realidad cotidiana.
Una oposición que tampoco convence
Mientras tanto, lo que debería ser alternativa también se degrada. Una juntadera de gobernadores, más preocupados por sus apetencias personales que por ofrecer un proyecto, se presenta como “oposición”. Pero la sociedad percibe que se trata de un armado vacío, un frente de ocasión cuyo único objetivo es bloquear al “loco” antes de que se les escape del todo el control del tablero político. La opinión pública lo decodifica mejor que ellos mismos: no hay ideas, solo supervivencia.
De la épica a la ruina
En 2003, el kirchnerismo llegó con la promesa de reconstrucción. Dos décadas después, el saldo es inapelable:
Pobreza estructural superior al 40%, con picos del 60% en provincias del norte y ciudades como Concordia.
Un Estado hipertrofiado y quebrado, con más ministerios que soluciones y millones de argentinos dependiendo de planes como única salida.
Inflación crónica que pulverizó salarios, jubilaciones y ahorros.
Educación degradada, con paros eternos, contenidos vaciados y generaciones enteras sin horizonte laboral.
Corrupción como norma: funcionarios presos o procesados que aún son celebrados por su propio espacio político.
El kirchnerismo prometió justicia social y terminó dejando un país más desigual que nunca. Una economía estancada. Una cultura política basada en la obediencia ciega, el verticalismo y la lapicera hereditaria.
La militancia usada y descartada
Durante años, miles de jóvenes creyeron que militar era cambiar el mundo. Lo que encontraron fue otra cosa: dirigentes enriquecidos, estructuras cerradas, listas definidas a dedo y una maquinaria que exigía lealtad a cambio de nada. La deserción militante no nace del “individualismo neoliberal”, sino de la estafa emocional y política que significó entregarle tiempo y vida a un proyecto que se redujo a nepotismo, sectarismo y negocios personales.
La casta como sistema de autopreservación
El problema no se agota en el kirchnerismo. El resto de la política se acomodó a la misma lógica: rosca, reparto, acomodos y simulacros electorales cada dos años. La política dejó de ser herramienta de transformación para convertirse en empresa privada de supervivencia personal. Por eso, la sociedad se repliega en la familia, en la intimidad, en la supervivencia cotidiana. La política ya no enamora porque dejó de representar.
Una democracia en riesgo
El desencanto actual no es un fenómeno pasajero: es el síntoma de una democracia que perdió legitimidad. Ya no alcanza con votar cada dos años cuando lo que se elige son las mismas caras recicladas en distintos sellos. El kirchnerismo se aferra a una épica vencida; el resto de la política intenta administrar los restos. Mientras tanto, la Argentina se vacía de futuro.
¿Y después de la deserción?
El país no puede seguir sosteniendo un sistema político que devoró generaciones enteras. El problema no es solo un dirigente ni un partido: es la casta, que hizo de la política un modo de vida y de la militancia un decorado. La verdadera rebelión democrática no será en un atril ni en un pacto de gobernadores, sino en la construcción de una política nueva, menos facciosa, más austera, más humana. Una política que piense en qué país dejamos a nuestros hijos y no en qué cargo hereda el hijo del dirigente de turno.
Porque lo que se juega hoy no es un resultado electoral más: es la posibilidad de que la Argentina no se convierta en un páramo de cinismo, apatía y resentimiento perpetuo.
Buenos Aires y el síndrome de Estocolmo político: la dependencia del peronismo y la corrupción
La provincia de Buenos Aires concentra casi el 40% de la población argentina, un crisol de migrantes internos que llegaron desde todos los rincones del país en busca de oportunidades. Sin embargo, esos millones de ciudadanos parecen atrapados en un círculo vicioso: rehenes de un partido político que se presenta como garante de justicia social, pero que en los hechos ha ejercido un poder casi totalitario durante décadas. El peronismo —con sus múltiples versiones— sigue siendo, a pesar de su historial de corrupción, la opción elegida por un 46-47% de los bonaerenses.
El peso de la historia y la psicología de la dependencia
Desde mediados del siglo XX, el peronismo supo construir una narrativa paternalista: el Estado como benefactor absoluto, proveedor de recursos y mediador de derechos. En términos psicológicos, se configuró una relación de dependencia emocional y material entre dirigencia y votantes. El ciudadano ya no se concibe como autónomo, sino como sujeto receptor de dádivas.
La frase “roban pero hacen” se instaló como justificación cultural. En ella se sintetiza un fenómeno preocupante: la aceptación social de la corrupción bajo el supuesto de que, al menos, algo retorna al pueblo. Una racionalización cognitiva que, lejos de elevar el nivel de conciencia ciudadana, perpetúa la resignación y la incapacidad de exigir un país mejor.
La corrupción como sistema
Los últimos veinte años ofrecen ejemplos incontestables. El kirchnerismo manejó el poder con la lógica de un feudo económico: enriquecimiento personal, concentración de recursos y una administración basada en la obra pública direccionada y el clientelismo. El caso paradigmático es el de Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta doblemente condenada por corrupción, cuyo narcisismo político la llevó a construir vínculos con regímenes autoritarios como el de Nicolás Maduro en Venezuela.
Hoy enfrenta además investigaciones de distintos organismos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que podrían traer sorpresas en los próximos meses e incluso derivar en pedidos de cooperación judicial internacional.
Lejos de la autocrítica, la ex mandataria despliega discursos cargados de cinismo. En un mensaje reciente, con tono procaz y desafiante, se permitió escribir:
“¿Viste Milei?… Banalizar y vandalizar el ‘Nunca Más’, que representa el período más negro y trágico de la historia argentina, no es gratis. Reírte de la muerte y el dolor de tus oponentes, tampoco. (…) Salí de la burbuja, hermano… que se está poniendo heavy. (…) Por eso, el próximo 26 de octubre, Kirchnerismo y Peronismo… ¡Más que nunca!”
Estas palabras, provenientes de quien fue beneficiaria y arquitecta del sistema de corrupción más grande de la democracia argentina, no hacen más que exponer la contradicción de un liderazgo que aún busca erigirse como referente moral mientras arrastra condenas judiciales, vínculos internacionales cuestionados y un prontuario ético difícil de ocultar.
Entre el “outsider loco” y la persistencia del sistema
El triunfo peronista en Buenos Aires contrasta con la llegada a la presidencia de Javier Milei, a quien los mismos sectores que justifican la corrupción tildan de “loco” o “mesiánico”. La psicología política muestra que, ante el cambio, las mayorías suelen refugiarse en lo conocido, incluso si lo conocido ha sido dañino. Es la paradoja de la víctima que se aferra a su victimario, porque teme más al salto hacia lo desconocido que al dolor que ya soporta.
Milei creyó poner “el clavo al cajón del kirchnerismo”. Pero los resultados muestran que, mientras una parte del país se resiste a la cultura del saqueo institucional, otra —alimentada por años de dependencia— sigue dándole oxígeno. Y lo hace a costa de los argentinos que, desde el esfuerzo privado y la carga impositiva, sostienen un sistema que convirtió a dirigentes en millonarios de la política.
¿Un país condenado al fracaso?
La disyuntiva es clara: o se rompe el círculo de dependencia y corrupción, o se repite la historia de fracaso. Argentina lleva décadas sin conductas cívicas firmes, sin un pacto ético mínimo, oscilando entre esperanzas fugaces y regresos de un sistema que devora todo intento de cambio.
La pregunta final no es si el peronismo seguirá ganando elecciones, sino si los argentinos están dispuestos a romper con el síndrome de Estocolmo político que los mantiene sometidos. Porque de lo contrario, la provincia de Buenos Aires seguirá marcando un rumbo donde la resignación y la dádiva pesan más que la libertad y el desarrollo.
La política argentina tiene momentos difíciles de explicar, pero pocos tan vergonzosos como la escena en la que Cristina Fernández de Kirchner entregó la condecoración del Libertador General San Martín a Nicolás Maduro. Una medalla destinada a héroes de la independencia convertida en souvenir para un narcodictador que transformó a Venezuela en un infierno para su pueblo y en un enclave estratégico del crimen organizado en América Latina.
Las imágenes que circulan estos días refuerzan esa trama oscura: Cristina compartiendo mesa con Hugo Chávez y Hassan Nasrallah, el jefe de Hezbollah abatido el año pasado en Beirut. No estaban Putin ni Xi Jinping en esas fotos. No hacía falta. Con Chávez y Nasrallah alcanzaba para marcar el mapa de amistades peligrosas que el kirchnerismo eligió como brújula política.
El periodista peruano Jaime Bayly lo resumió sin anestesia: Maduro no solo fue aliado y discípulo de Chávez, sino también padrino y financista de Hezbollah. Llegó a ofrecerle a Nasrallah refugio en Venezuela y apoyo incondicional en América del Sur. La evidencia incomoda aún más cuando Estados Unidos, en medio de la guerra abierta contra el terrorismo en Medio Oriente, comienza a mirar de reojo hacia nuestra región.
No es casualidad que esta semana el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio presione en México y en otros países de la región por la extradición de criminales latinoamericanos que afectaron intereses estadounidenses. Y entre los nombres prohibidos para ingresar a suelo norteamericano aparece uno solo con pasaporte argentino: Cristina Fernández de Kirchner.
La trama se mezcla con la política local. Milei, que alineó a la Argentina con Washington y declaró organizaciones terroristas a carteles vinculados al chavismo, enfrenta amenazas inéditas. El atentado frustrado con un adoquín en plena campaña encendió las alarmas de inteligencia. Los paralelos con el intento de asesinato a Donald Trump en Estados Unidos resultan inevitables.
El riesgo es real. Y lo saben en Casa Rosada y en los servicios de seguridad. Una Argentina atravesada por los resabios del chavismo, con estructuras narco que operan en territorio bonaerense y un presidente que camina en la cornisa de la amenaza permanente.
La herencia kirchnerista no se mide solo en causas judiciales y condenas. Está también en las amistades internacionales que hoy se revelan como el talón de Aquiles de la región. Cristina, la misma que fue juzgada por encubrir el atentado iraní y la muerte del fiscal Nisman, aparece en el espejo de los tiempos como un símbolo de la complicidad política con el terrorismo.
Lo que está en juego no es un episodio aislado, sino la seguridad de un país que todavía no termina de asumir que esos gestos diplomáticos de ayer se transformaron en riesgos concretos de hoy.
En el folclore político argentino hay escenas que se repiten como un loop eterno: dirigentes que trepan a un cargo gracias a una boleta y, apenas se sientan en la banca, descubren que el partido que los llevó es un espanto, que los votantes fueron ingenuos y que en realidad ellos siempre tuvieron “la razón”. El caso de Liliana Salinas, diputada provincial por Concordia, es casi de manual.
Porque si hay algo que la señora no tuvo jamás fue experiencia política. Pero eso no impidió que se subiera a la ola de La Libertad Avanza, jurara lealtad al espacio, cosechara votos libertarios y, apenas asumió, pateara el tablero. Hoy, con una liviandad que sorprende, acusa a los candidatos del propio Milei de ser “arrogantes y sin experiencia”. ¿Perdón? ¿No era justamente esa la descripción que mejor calzaba en su propio espejo?
Más jugoso aún: mientras señala con dedo acusador a quienes —según ella— no representan al “verdadero” liberalismo, la diputada carga con un pequeño detalle doméstico que se volvió público en Concordia: lleva un año sin pagar el alquiler de la vivienda que ocupaba. Sí, la misma que usaba para presentarse como “vecina común” que llegaba a la política para cambiar las cosas. La política como sacrificio, pero el alquiler, que lo pague otro.
Salinas se da ahora el lujo de aleccionar a Javier Milei, a Karina y a los armadores de listas sobre qué significa ser libertario. Todo un chiste para quienes recuerdan que, hasta hace poco, la flamante diputada era una ignota sin estructura, sin votos propios y sin historia previa en la rosca. Fue la ola mileísta la que la catapultó. Y ahora, con el traje puesto, juega a ser fiscal de la pureza ideológica.
En sus declaraciones, la diputada reparte sermones: critica audios, denuncia arrogancias, habla de errores de comunicación y hasta se permite advertir que en política “los errores se pagan caro”. Quizás el inconsciente le jugó una mala pasada: porque si hay alguien que está acumulando un pasivo político importante, es ella misma.
Lo tragicómico es que Salinas se presenta como víctima de un espacio que “no escucha, que solo quiere obsecuentes”. Pero olvida un dato: fue justamente esa ola de supuestos “inexpertos” la que le permitió entrar a la Legislatura. ¿O acaso los concordienses votaron su nombre porque la consideraban una figura probada y con trayectoria? Difícil creerlo.
La diputada que no paga el alquiler ni respeta a sus votantes hoy intenta construir capital político a base de traición, ingratitud y oportunismo. Una mezcla peligrosa, aunque no novedosa en nuestra provincia. Si algo sobra en la política entrerriana son dirigentes que mordieron la mano que les dio de comer.
La diferencia, quizá, es que pocos lo hicieron con tanto descaro.
El periodismo militante nunca descansa: ahora Jorge Rial descubrió que un Falcon estacionado en la puerta de su casa es símbolo directo de la dictadura, la represión y, de paso, una excusa para pegarle al gobierno actual. Un libreto perfecto para los gurkas de la “opinión envenenada”.
Rial relató en su programa que el vehículo le generó temor porque le recordó los años más oscuros de la Argentina. Hasta ahí, un episodio personal. El problema es cuando ese recuerdo íntimo se convierte en relato político: de inmediato el Falcon pasó a ser “emblema de Milei y Villarruel”, como si el auto hubiese salido de un garage libertario dispuesto a intimidarlo.
Lo curioso es que en un país donde los bolsos de José López reventaban monasterios de madrugada, donde la “rosadita” mostraba fajos de dólares bailando en vivo y en directo, donde Boudou se probaba una imprenta para quedarse con Ciccone, o donde las causas de corrupción se archivaban con la firma de jueces amigos, la gran noticia sea… un Falcon. Un auto viejo con un tipo tomando mate.
Esa es la esencia del periodismo militante: inflar un episodio menor hasta convertirlo en epopeya, mientras calla o relativiza los escándalos de miles de millones que empobrecieron al país. Porque es más fácil conmover con un recuerdo de los ’70 que explicar por qué, en democracia, se robaron con total impunidad durante cuarenta años.
Lo más triste no es el Falcon, sino el pobre espectador que consume estas puestas en escena sin discernir, creyendo que el enemigo de su bolsillo no es la corrupción de décadas, sino un auto estacionado en la vereda. Mientras tanto, los verdaderos ladrones siguen circulando en 4×4 último modelo, con chofer oficial y blindados pagados por todos.
En el mundo empresarial se suele hablar de dos tipos de conocimientos: el técnico —el que se aprende en manuales, carreras universitarias o seminarios— y el conocimiento en acción, ese que surge cuando una persona enfrenta lo inesperado y aprende mientras actúa.
Si llevamos esta reflexión al terreno de la política argentina, la comparación resulta inevitable. La dirigencia muchas veces exhibe diplomas, títulos y cargos pasados como si eso alcanzara para justificar la toma de decisiones. Pero en la práctica, el votante percibe otra cosa: que cuando el contexto cambia, cuando la crisis golpea, cuando la incertidumbre domina, los políticos se paralizan en lugar de reflexionar en acción.
Los buenos gerentes —igual que los buenos dirigentes— no separan pensar de actuar. La acción amplía el pensamiento y el pensamiento mejora la acción. En la arena política, esto significa algo simple pero olvidado: no alcanza con recitar fórmulas o estadísticas, se necesita capacidad de respuesta frente a lo inesperado.
En Argentina, sin embargo, el fenómeno es otro. Los líderes suelen actuar atrapados en “recetas importadas”: el manual del último asesor de campaña, el discurso aprendido en un seminario o la frase efectista que funciona en redes sociales. En ese esquema, la incertidumbre se vive como una amenaza y no como una oportunidad de reflexión. El resultado, desde la mirada del votante, es la “parálisis por análisis”: diagnósticos eternos, promesas incumplibles y decisiones que llegan tarde.
El verdadero dirigente —como el verdadero gerente— no es aquel que solo exhibe su experiencia previa, sino el que aprende en la práctica, que reconoce errores y transforma la incertidumbre en oportunidad de cambio. Es el que entiende que enseñar, explicar y rendir cuentas al ciudadano también es un ejercicio de aprendizaje.
La política, vista desde el votante, necesita menos títulos colgados y más cerebros en acción. Porque el poder no se legitima con la teoría, sino con la capacidad de pensar mientras se actúa en medio de la urgencia y la presión.
Gravísimo. No por inesperado, sino por previsible. El manual peronista cuando no está en el poder es tan efectivo como perverso: desgaste constante, operetas mediáticas, tensión en la calle y fuego cruzado desde las instituciones. Mini golpes de Estado por goteo, hasta que la silla presidencial empiece a crujir. Lo peor no es la estrategia —que ya conocemos de memoria— sino la facilidad con la que buena parte de la sociedad se vuelve cómplice involuntaria. Ignorantes útiles que, con su voto, terminan alimentando el caos que dicen detestar.
Las escuchas ilegales en Casa Rosada son un escándalo mayúsculo, y sin embargo, pasan como una nota de color en la grieta. ¿Dónde están los defensores de la República ahora? ¿Dónde están los mismos que exigían “institucionalidad” cuando les tocaba a ellos? Las operaciones políticas ya se parecen demasiado a los días previos a la caída de De la Rúa. Por eso sorprende —y decepciona— ver cómo algunos sectores del radicalismo, en vez de aprender de la historia, vuelven a poner la otra mejilla.
Este domingo puede marcar un antes y un después. Si Axel Kicillof gana la provincia de Buenos Aires, se inicia la ofensiva final. No por mérito propio —su gestión habla por sí sola—, sino porque su victoria será leída como luz verde para el regreso del viejo régimen. El club del helicóptero está listo, y la película ya la conocemos: piquetes, saqueos, miedo, y una ciudadanía harta mirando otra vez a Ezeiza con resignación.
La Argentina tiene un don: tropezar con la misma piedra, pero con entusiasmo renovado. Y parece disfrutarlo. Nos acostumbramos a que nos den todo —mal, tarde y a cambio de nada— y creemos que eso es justicia social. Nos hemos vuelto tan fáciles de manipular que terminamos votando a los que nos empobrecen. Otra vez sopa, otra vez promesas vacías, otra vez el circo de siempre.
Aprovechen, quienes puedan, estos últimos días de normalidad: cambiar el auto, viajar, disfrutar de una economía aún sin cepo ni corralito. Porque si vuelven los que siempre vuelven, se termina todo eso. Volverán los controles absurdos, las prohibiciones sin sentido, la caza en el zoológico con la excusa de “proteger lo nacional”. ¿Se acuerdan cuando ni siquiera podíamos comprar un libro en Amazon sin pedir permiso a la AFIP?
Mientras tanto, cruzando el charco, Uruguay —gobernado incluso por la izquierda— jamás cayó en semejante autoritarismo económico. Allá no hubo cepo, ni dólar tarjeta, ni prohibiciones ridículas. Allá entendieron que ser de izquierda no significa castigar al ciudadano. Acá confundimos populismo con justicia, y estatismo con progreso.
El mercado ya da señales de alarma similares a las PASO de 2019 y al colapso de 2001. La economía pende de un hilo, y mientras tanto, muchos en vez de calmar las aguas, se encargan de echarle nafta al fuego. Pero bueno, si no aprendimos nada, si seguimos repitiendo los mismos errores, tal vez es lo que nos merecemos.
Lamentablemente, quienes van a pagar el precio más alto no serán los operadores de siempre, ni los burócratas enquistados, ni los militantes rentados. Serán los jóvenes. Otra vez.
Ya somos grandes. Y algunos ya entendimos que la distancia —física, emocional o financiera— es a veces la única defensa frente a un país que se empeña en castigarnos por no rendirnos al fracaso.
La historia argentina nos enseñó que cuando el peronismo no tiene el poder, se dedica a hacer tronar el escarmiento. El helicóptero ya está calentando motores. Ojalá no se repita. Pero todo indica que… otra vez sopa.
La 21ª Sesión Ordinaria del Concejo Deliberante de Concordia, presidida por el vicepresidente Dr. Felipe Sastre, prometía ser de trámite: la prórroga de licencias profesionales y otros expedientes técnicos. Sin embargo, terminó transformándose en un escenario de choque político donde la oposición intentó capitalizar las denuncias de corrupción que hoy golpean al Gobierno Nacional.
La embestida opositora
La concejal Carolina Amiano (PJ) encendió la mecha al asegurar que el país atraviesa una situación de “gravedad inédita”. En un discurso de tono acusatorio, sostuvo que la administración de Javier Milei, autoproclamada “paladín de la libertad”, ahora estaría “rodeada de escándalos”.
Amiano citó cuatro casos:
una presunta estafa con criptomonedas,
el tráfico irregular de valijas en Aduana,
un contrato cuestionado del Banco Nación con allegados de Martín Menem,
y un audio filtrado desde la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), que revela un supuesto esquema de sobornos millonarios.
Para la edil justicialista, el oficialismo local mantenía un “silencio cómplice”.
La respuesta que incomodó al PJ
La réplica llegó de la mano de la concejal oficialista Yaiza Pessolani, quien no solo defendió las acciones del gobierno libertario, sino que expuso la hipocresía del kirchnerismo en materia de corrupción.
Con firmeza, Pessolani recordó que el Ejecutivo actuó con rapidez al remover al titular de la ANDIS, intervenir el organismo y judicializar las denuncias. Algo que, señaló, contrasta con la cultura de la impunidad instalada durante los 20 años de hegemonía kirchnerista, donde la corrupción se naturalizó y los responsables jamás dieron explicaciones.
En un pasaje contundente, la edil retrucó el doble discurso opositor:
“Hablan de transparencia quienes deberían llamarse a silencio. El peronismo/kirchnerismo cargó sobre la Argentina causas como Vialidad, Hotesur y Los Sauces, donde la Justicia ordenó devolver millones de dólares que pertenecen al pueblo. Eso sí es corrupción estructural.”
Además, cuestionó la viabilidad del proyecto opositor de “emergencia en discapacidad”, al señalar que no prevé financiamiento real y que, paradójicamente, esos recursos podrían obtenerse de los 500 millones de dólares malhabidos en la causa Vialidad.
Una defensa política con visión local
Pessolani también aprovechó para respaldar la reciente visita de la ministra Sandra Pettovello a Concordia, aclarando que no fue un acto cerrado, sino la presentación de dos programas sociales concretos: vouchers para actividades culturales y deportivas, y capacitaciones destinadas a familias vulnerables.
Un cruce que marca agenda
Lo que comenzó como una sesión administrativa derivó en un duro contrapunto que dejó expuesta la estrategia del kirchnerismo: señalar con dedo acusador, olvidando su propio historial de saqueo y silencios vergonzosos. La respuesta de Pessolani no solo defendió al gobierno libertario, sino que puso en evidencia que, en materia de corrupción, los últimos que pueden erigirse en jueces son quienes gobernaron dos décadas sumergiendo al país en la descomposición institucional.