La renuncia de Luciano Dell’Olio, la denuncia judicial por la contratación de VITSA, la creciente influencia del área de Hacienda y los movimientos internos dentro del gabinete no parecen ser hechos aislados. Todo indica que responden a una dificultad más profunda: la conducción política de un gobierno que, con el paso del tiempo, muestra síntomas de agotamiento mucho antes de haber cumplido su ciclo.
La renuncia de Dell’Olio y el desgaste prematuro de la gestión Azcué
Hay gobiernos que se desgastan por falta de recursos. Otros por la oposición. Algunos por factores económicos imposibles de controlar. Pero existen administraciones cuyo principal problema nace dentro de ellas mismas. Cuando eso ocurre, los cambios de nombres dejan de resolver los conflictos porque la verdadera crisis ya no está en los funcionarios sino en quien conduce.
La salida de Luciano Dell’Olio puede explicarse oficialmente por “motivos personales”. También pueden existir diferencias políticas, tensiones internas o el impacto de una denuncia judicial que hoy alcanza a buena parte de la primera línea del gobierno municipal. Todo eso puede ser cierto al mismo tiempo. Sin embargo, ninguno de esos elementos explica por sí solo por qué una gestión que prometía romper con las viejas prácticas comienza a exhibir síntomas de desgaste tan temprano.
Desde este medio señalamos en varias oportunidades que gobernar un municipio como Concordia exige mucho más que honestidad personal o voluntad de hacer las cosas bien. Requiere experiencia, planificación, capacidad para administrar conflictos y, sobre todo, una virtud que en política suele marcar la diferencia entre quienes trascienden y quienes fracasan: saber escuchar.
Cuando los hechos empiezan a hablar más fuerte que los discursos
Con el paso de los meses esa falta de escucha comenzó a hacerse evidente.
No porque lo diga la oposición ni porque lo sostengan los sindicatos. Los propios hechos empiezan a hablar por sí solos. Renuncias, desplazamientos, funcionarios históricos que abandonan el proyecto político, una concentración cada vez mayor de las decisiones en un grupo reducido, conflictos internos que terminan trascendiendo y una administración que parece reaccionar permanentemente a las crisis en lugar de anticiparse a ellas. Cuando esa sucesión de episodios comienza a repetirse, deja de tratarse de simples casualidades para transformarse en un patrón. Y ese patrón conduce inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿el problema son los funcionarios que se van o la forma en que se conduce el gobierno?
El desafío de gobernar una ciudad compleja como Concordia
“Concordia no necesita solamente un buen administrador de recursos; necesita un conductor político.“
Quizá el mayor error político de Francisco Azcué no haya sido una decisión administrativa puntual, sino haber creído que ganar una elección era suficiente preparación para gobernar una de las ciudades más complejas de la Argentina. Concordia no necesita solamente un buen administrador de recursos; necesita un conductor político capaz de integrar equipos, escuchar opiniones distintas, aceptar críticas y corregir el rumbo cuando la realidad demuestra que una decisión fue equivocada. Nada de eso debilita la autoridad. Por el contrario, la fortalece. La experiencia política demuestra que los dirigentes que dejan de escuchar terminan rodeándose únicamente de quienes les dicen aquello que desean oír, y cuando eso sucede el poder comienza lentamente a construir una realidad paralela que poco tiene que ver con los problemas cotidianos de la sociedad.
Existe además otro detalle que, aunque pueda parecer menor, resulta revelador. Durante toda esta gestión, Análisis Litoral jamás recibió una sola comunicación institucional del Municipio. No constituye un agravio para este medio, porque seguiremos informando con independencia como lo hemos hecho siempre. Sin embargo, sí representa un síntoma de una forma de ejercer el poder. Una administración que selecciona con quién dialoga termina perdiendo contacto con una parte importante de la realidad que pretende gobernar. La comunicación pública no consiste en repartir publicidad oficial ni en elegir interlocutores afines; consiste en rendir cuentas, explicar decisiones, responder preguntas incómodas y comprender que el periodismo no está para aplaudir gobiernos, sino para observarlos, analizarlos y controlarlos.
La oportunidad histórica que puede estar perdiéndose
Mientras tanto, Concordia continúa figurando entre las ciudades con los indicadores sociales más preocupantes del país. Es cierto que décadas de malas administraciones dejaron una herencia pesada, marcada por la pobreza, el desempleo y la falta de oportunidades. Pero también es cierto que esa herencia, con el paso del tiempo, deja de alcanzar como explicación para justificar los errores propios. Cada renuncia, cada funcionario desplazado, cada conflicto interno y cada denuncia judicial alimentan una sensación que comienza a instalarse entre muchos vecinos: la oportunidad histórica de producir un cambio profundo corre el riesgo de diluirse antes de haber dado los resultados que la sociedad esperaba.
Y probablemente allí resida la mayor frustración. Francisco Azcué llegó a la Intendencia representando algo distinto. Encarnaba la posibilidad de romper una lógica política que durante décadas pareció inalterable en Concordia. Sin embargo, gobernar exige mucho más que representar una esperanza. Exige conducir, y conducir también significa escuchar. Si ese aprendizaje no llega a tiempo, podrán cambiar los nombres del gabinete, reorganizar secretarías o anunciar nuevas etapas de gestión, pero el resultado difícilmente sea diferente. Porque los funcionarios pueden reemplazarse; lo que cuesta mucho más recuperar es la confianza de una sociedad que empieza a preguntarse si, una vez más, en Concordia sólo cambiaron los nombres mientras los problemas de fondo siguen exactamente en el mismo lugar.
Por : Alejandro Monzon
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