El encuentro de mujeres peronistas de Concordia pretendía mostrar unidad, participación y voluntad de reconstrucción. Pero terminó exponiendo algo bastante más incómodo: el malestar que existe dentro del propio peronismo por la forma en que se distribuyen la palabra, los espacios y el poder.
Lo que comenzó a expresarse con fuerza en la Rama Femenina no parece quedar encerrado allí. El mismo malestar también atraviesa a sectores de la militancia masculina. La discusión, entonces, empieza a superar una cuestión de género para transformarse en una pregunta mucho más profunda: ¿el PJ de Concordia realmente está dispuesto a renovarse o solamente pretende reorganizarse para que los mismos sectores continúen manejando las decisiones?

En el encuentro, algunas militantes plantearon su desilusión frente a una dinámica en la que, según sus propios testimonios, unas pocas personas concentraron la palabra y las decisiones mientras otras quedaron relegadas. El reclamo no fue contra las trayectorias políticas ni contra la experiencia acumulada, sino contra la falta de espacios reales para quienes pretenden incorporarse a la conducción y aportar nuevas miradas.
Desde la Rama Femenina de la Unidad Básica de La Bianca el planteo fue todavía más explícito: reclamaron participación en el reordenamiento del PJ de Concordia y sostuvieron que las bases y las Unidades Básicas deben tener voz, representación y protagonismo en las decisiones. No quieren mirar desde afuera el proceso de reconstrucción partidaria. Quieren estar en la mesa donde se discute el futuro del peronismo concordiense.

Y aquí aparece la pregunta que probablemente nadie quiera responder en voz alta: ¿para qué se habla de renovación si cuando las nuevas voces intentan participar comienzan los problemas?
Porque el problema no parece ser solamente quién será el próximo presidente del PJ, quién ocupará determinados cargos o qué sectores lograrán mayor representación. El verdadero conflicto es quién tiene derecho a discutir el rumbo del partido.
Durante años, una parte importante de la militancia puso tiempo, esfuerzo y trabajo sin cobrar por ello, mientras otros dirigentes cosechaban los reconocimientos y los espacios de poder. El cuestionamiento que surge ahora es particularmente incómodo: ¿por qué cuando un militante deja de aplaudir y empieza a preguntar pasa a ser considerado un “operador”? ¿En qué momento pensar distinto dejó de ser una forma de participación política?
La discusión tampoco puede resolverse simplemente cambiando algunas caras. Porque si las nuevas estructuras reproducen las mismas prácticas de concentración, verticalismo y exclusión, la renovación termina siendo solamente estética. El propio planteo de la militancia advierte sobre esa contradicción: cambiar quiénes aparecen en los lugares visibles no necesariamente significa cambiar las reglas con las que se ejerce el poder.
Y en este escenario aparece además la denuncia presentada por Yan Barbona, vicepresidenta del PJ de Concordia, cuyo contenido —según la documentación que obra en poder de este medio— incorpora hechos y situaciones que exceden largamente una simple diferencia política interna. El episodio agrega otra capa de gravedad a una crisis que ya no puede ser presentada únicamente como una discusión entre dirigentes.
Si efectivamente el peronismo pretende reconstruirse después de sus derrotas y recuperar representación social, la pregunta es inevitable: ¿puede hacerlo manteniendo las mismas lógicas internas que buena parte de su propia militancia cuestiona?
Porque mientras puertas adentro se discute quién tiene la palabra, quién ocupa los espacios, quién controla las estructuras y quién puede cuestionar, afuera existe una sociedad que espera respuestas sobre pobreza, trabajo, producción, seguridad, educación y desarrollo.
El PJ de Concordia puede seguir hablando de unidad. Puede convocar encuentros. Puede multiplicar fotografías. Puede anunciar renovación. Pero hay algo que ya no parece tan sencillo de ocultar: la discusión por el poder está abierta y atraviesa tanto a la Rama Femenina como a la militancia masculina.
Y quizás ese sea el verdadero problema.
No que existan internas.
Las internas son parte de la política.
El problema aparece cuando un partido que necesita reconstruirse convierte sus propias estructuras en un territorio donde algunos pretenden decidir quién puede hablar, quién puede participar y quién tiene derecho a cuestionar.
Entonces la pregunta deja de ser quién tiene razón en cada una de las disputas.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿El PJ de Concordia quiere una verdadera renovación o solamente necesita nuevas caras para conservar viejas formas de poder?
Porque una cosa es reorganizar un partido.
Y otra muy distinta es animarse a cambiarlo.

Por Alejandro Monzón







