Cada tanto, el nombre de Fabio Quetglas reaparece en medios nacionales vinculado a informes sobre desarrollo urbano, infraestructura o planificación estratégica. Su perfil es conocido: radical, exdiputado nacional, consultor especializado en desarrollo local y hombre de consulta en distintas administraciones del país.
Desde hace años, en Análisis Litoral seguimos algunos de sus planteos conceptuales vinculados a las ciudades intermedias y al rol del Estado como articulador de procesos de crecimiento sustentable. Incluso, en tiempos anteriores, desde ámbitos institucionales de Concordia se intentó acercarle una invitación para disertar en la ciudad y abrir un debate público sobre el futuro local. La propuesta, impulsada desde el Consejo de Patrimonio municipal, buscaba precisamente generar una discusión seria sobre planificación, identidad urbana y desarrollo económico.
Aquella posibilidad nunca prosperó. Cordialmente, Quetglas evitó participar. En los hechos, muchos interpretaron que su negativa respondía también a las diferencias políticas con la gestión que gobernaba entonces la ciudad.
Por eso hoy no deja de llamar la atención —e incluso debería generar cierta expectativa positiva— conocer que el consultor asesora al actual municipio encabezado por Francisco Azcué. Porque si algo necesita Concordia es justamente una visión estratégica que la saque de décadas de improvisación, dependencia política y atraso estructural.
Sin embargo, la pregunta inevitable es otra: ¿dónde están reflejadas esas ideas en la gestión concreta?
Porque los conceptos que Quetglas desarrolla públicamente son, en gran parte, razonables y hasta de sentido común para cualquier ciudad que aspire al desarrollo. Habla de liderazgo, planificación, confianza público-privada, infraestructura inteligente, agregado de valor, polos logísticos, articulación regional y aprovechamiento de los “proto recursos” mediante conocimiento e innovación.
En Concordia, a esta altura de la gestión, cuesta encontrar obras, proyectos o políticas que expresen esa visión.
El ejemplo del aeropuerto Comodoro Pierrestegui resulta paradigmático. La ciudad continúa sin convertirlo en una verdadera herramienta de conectividad y desarrollo regional. Tampoco existe un Observatorio Económico Regional serio y permanente que permita producir estadísticas, tendencias y proyecciones para inversores, universidades y sectores productivos.
Mientras otras ciudades intermedias construyen ecosistemas de innovación y servicios, Concordia continúa atrapada en debates coyunturales y administración de urgencias.
La ex Estación Concordia Norte podría haber sido pensada hace años como un verdadero polo multipropósito para eventos nacionales e internacionales, articulando hotelería, centros comerciales, gastronomía, ferias, terminal de transporte y espacios culturales modernos. Pero la sensación dominante sigue siendo la de una ciudad que administra su decadencia en lugar de proyectar crecimiento.
Lo mismo ocurre con el desarrollo costero. Sectores estratégicos como Salto Chico o Parque Rivadavia continúan subexplotados en términos turísticos, recreativos y urbanísticos, pese a tratarse de activos naturales que muchas ciudades desearían tener.
Algunas exposiciones de Fabio Quetglas
Y allí aparece la verdadera discusión de fondo.
Porque Concordia ya no puede seguir explicándose únicamente a través de las “herencias recibidas”. Es cierto: hubo décadas de malas administraciones, clientelismo político, dependencia estatal y ausencia total de planificación sustentable. Pero también es cierto que el tiempo político transcurre rápidamente y las oportunidades perdidas comienzan a pesar.
Las ideas de Quetglas, en teoría, parecen apuntar en la dirección correcta. El problema es que entre el diagnóstico y la ejecución existe un vacío enorme.
Tal vez el problema sea de desconocimiento territorial. Tal vez de falta de decisión política. Tal vez de ausencia de equipos técnicos capaces de transformar conceptos en proyectos concretos. O quizá simplemente exista una enorme distancia entre el relato del desarrollo y la realidad cotidiana de una ciudad golpeada por la pobreza, la falta de empleo genuino y la resignación social.
Lo preocupante es que el mandato de la actual gestión empieza lentamente a ingresar en su tramo de descuento, y Concordia continúa sin encontrar ese “sueño colectivo” del que habla el propio Quetglas.
Una ciudad no cambia solamente por tener diagnósticos acertados. Cambia cuando esos diagnósticos se convierten en decisiones, obras, inversiones y oportunidades reales para su gente.
Y eso, lamentablemente, todavía no se ve.
