La pregunta que nadie quiere contestar: ¿qué vamos a producir, qué vamos a exportar y qué vamos a embarcar?
Por Análisis Litoral
Hay ciudades que pierden oportunidades por falta de recursos y hay otras que las pierden aun teniendo casi todo para aprovecharlas. Concordia parece pertenecer, desde hace décadas, al segundo grupo. La reciente presentación del estudio de viabilidad para desarrollar una Zona de Actividades Logísticas, ampliar el Parque Industrial y avanzar posteriormente hacia un puerto fluvial de barcazas en Benito Legerén vuelve a poner sobre la mesa una discusión que esta ciudad viene postergando desde hace demasiado tiempo: qué modelo de desarrollo quiere construir para las próximas décadas.

El estudio elaborado por Serman & Asociados concluyó que el proyecto es viable y propuso una ejecución progresiva, comenzando por la Zona de Actividades Logísticas, continuando con la ampliación del Parque Industrial y dejando para una etapa posterior el puerto, condicionado al crecimiento de las cargas, las inversiones necesarias y las condiciones de navegabilidad del río Uruguay. La iniciativa, desde luego, merece ser analizada con seriedad y, si efectivamente puede convertirse en una herramienta para mejorar la competitividad regional, bienvenida sea. Pero también obliga a formular una pregunta que debería estar en el centro de cualquier discusión responsable sobre el futuro económico de Concordia: ¿qué vamos a embarcar?

La pregunta no pretende descalificar el proyecto portuario. Por el contrario, intenta poner el debate en el lugar correcto. Un puerto no genera producción por sí mismo, de la misma manera que una zona logística no crea empresas ni un parque industrial produce riqueza simplemente por ampliar su superficie. La infraestructura es necesaria, pero solamente adquiere verdadero sentido cuando está vinculada a una economía capaz de generar producción, industrialización, valor agregado y exportaciones. Por eso, antes de preguntarnos solamente cómo transportar nuestras mercaderías, deberíamos preguntarnos qué queremos producir, qué industrias necesitamos, qué empresas podemos atraer y qué productos estamos en condiciones de vender al mundo.
Es precisamente allí donde vuelve a aparecer una discusión que desde estas páginas venimos planteando desde hace tiempo: el verdadero sentido que debió tener el Aeropuerto Comodoro Pierrestegui.
Lo advertimos con el aeropuerto
Durante años señalamos que el debate sobre el aeropuerto de Concordia no podía reducirse exclusivamente a la posibilidad de recuperar vuelos comerciales o utilizar la terminal como herramienta de promoción turística. El proyecto original de un Aeropuerto Internacional de Cargas tenía una dimensión estratégica mucho mayor, porque podía convertirse en una plataforma para facilitar exportaciones, mejorar la logística regional, favorecer la radicación de industrias y vincular la producción del Litoral con los mercados nacionales e internacionales.

En aquella oportunidad advertimos que transformar esa infraestructura en una terminal orientada fundamentalmente al turismo y a los vuelos de pasajeros significaba perder de vista una parte esencial de la oportunidad. No se trata de negar la importancia de la conectividad aérea ni de cuestionar que Concordia pueda recibir turistas. Se trata de entender que una ciudad con las características de nuestra región necesita algo mucho más profundo que algunos vuelos regulares: necesita instrumentos para producir y generar riqueza.

La región cuenta con una importante producción agroindustrial y con productos que podrían formar parte de una estrategia exportadora mucho más desarrollada. Cítricos, miel, arroz, madera, arándanos, vinos y otros productos regionales pueden adquirir mayor valor si existe una política destinada a industrializarlos, generar cadenas de proveedores, atraer inversiones y facilitar su llegada a los mercados. En ese esquema, el aeropuerto podía haber sido una pieza estratégica de una estructura logística mucho más amplia.
Hoy la situación vuelve a resultar paradójica. Mientras se analiza la creación de una Zona de Actividades Logísticas, se proyecta ampliar el Parque Industrial y se estudia la posibilidad de desarrollar un puerto de barcazas, el aeropuerto queda como una infraestructura que podría haber formado parte de un sistema multimodal mucho más ambicioso.
Y entonces vuelve la pregunta: ¿por qué no pensar todo como parte de una misma estrategia?
El problema no es construir un puerto
Sería injusto afirmar que el proyecto del puerto es un error. No hay ninguna razón para rechazar de antemano una infraestructura que podría mejorar los costos logísticos y ampliar las posibilidades de comercio exterior de la región. El problema sería repetir el mismo esquema de las últimas décadas: construir obras importantes sin desarrollar, simultáneamente, las condiciones económicas necesarias para que esas obras alcancen todo su potencial.
El propio estudio presentado recientemente establece una secuencia que reconoce esa realidad. Primero debe desarrollarse la Zona de Actividades Logísticas; luego avanzar la ampliación del Parque Industrial y, en una etapa posterior, analizar la construcción del puerto fluvial, dependiendo de la evolución del volumen de cargas, las inversiones y las condiciones de navegabilidad. Es decir, el puerto necesita una economía que lo justifique.
Por eso la discusión verdadera no debería comenzar por el muelle. Debería comenzar por la producción.
¿Cuántas nuevas industrias se pretende radicar? ¿Cuántas empresas exportadoras existen actualmente? ¿Qué productos regionales podrían salir por vía fluvial? ¿Cuáles podrían utilizar el aeropuerto? ¿Qué inversiones se necesitan para generar valor agregado? ¿Qué papel podría desempeñar Uruguay? ¿Existe una estrategia binacional que permita aprovechar la cercanía con Salto, Paysandú y Bella Unión? ¿Estamos pensando realmente en un corredor logístico y productivo del MERCOSUR o simplemente en obras independientes que funcionan cada una por su lado?
Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Concordia tiene condiciones excepcionales
La paradoja es que Concordia no parte de cero. La ciudad y su región cuentan con una combinación de ventajas que pocas localidades poseen. Tenemos una ubicación estratégica, frontera internacional, el río Uruguay, conexión con Uruguay, producción agroindustrial, Parque Industrial, aeropuerto, rutas nacionales y una infraestructura energética de enorme importancia como Salto Grande.
La central hidroeléctrica constituye uno de los grandes activos estratégicos de la región y durante décadas fue presentada como una herramienta capaz de favorecer la integración y el desarrollo económico de ambos países. Sin embargo, el paso del tiempo muestra que Concordia nunca logró convertir plenamente esa ventaja en una política sostenida de industrialización.
Aquí aparece otra de las grandes oportunidades perdidas.
Salto Grande fue construida gracias a la visión de quienes entendieron que el río Uruguay podía ser aprovechado no solamente para generar energía, sino también como instrumento de integración regional. Se habló de desarrollo, de industrialización y de energía como motor de crecimiento. Sin embargo, distintas administraciones políticas y sectores empresariales no consiguieron transformar ese potencial en una política económica de largo plazo capaz de modificar sustancialmente la estructura productiva de Concordia.
Durante años se reclamó, además, que la región productora de energía pudiera beneficiarse con condiciones tarifarias que favorecieran la radicación industrial. La discusión nunca terminó de traducirse en una estrategia integral y sostenida.
Tal vez la realidad económica de Concordia sería diferente si hace décadas se hubiese conseguido utilizar ese enorme potencial energético como una verdadera ventaja competitiva para atraer industrias y generar valor agregado.
Una ciudad que no logró pensar a largo plazo
Por eso sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a una administración municipal o provincial por la situación actual. El problema es mucho más profundo y atraviesa varias generaciones políticas.
Concordia fue perdiendo capacidad para pensar estratégicamente su futuro.
Se hicieron obras, se anunciaron proyectos, se inauguraron instalaciones y se pronunciaron discursos, pero faltó una planificación capaz de conectar todas esas inversiones dentro de un mismo proyecto de ciudad.
Tenemos aeropuerto, río, energía, parque industrial, producción, frontera y posibilidades logísticas. Lo que nunca terminamos de construir es la estrategia que permita que todos esos elementos funcionen juntos.
Ese es, probablemente, el verdadero fracaso.
No haber sabido convertir ventajas aisladas en un sistema económico integrado.
La oportunidad que vuelve a aparecer
Hoy existe una nueva oportunidad. El proyecto de Zona de Actividades Logísticas, la ampliación del Parque Industrial y la posibilidad futura de un puerto fluvial pueden convertirse en instrumentos importantes para la región. Pero esta vez el proceso debería ser diferente.
No alcanza con construir infraestructura y esperar que el desarrollo aparezca después. Hay que definir primero qué modelo productivo queremos y utilizar la infraestructura para hacerlo posible.
Concordia necesita una política que articule producción, industria, energía, logística, aeropuerto, puerto, comercio exterior, turismo y relaciones con Uruguay. Necesita atraer inversiones, generar empresas, aumentar el valor agregado de la producción regional y crear las condiciones para que las cargas existan antes de que las barcazas estén esperando en el puerto.
Porque si no, corremos el riesgo de repetir una historia conocida: tener infraestructura sin la actividad económica suficiente para aprovecharla plenamente.
Un aeropuerto sin cargas.
Un puerto esperando mercaderías.
Una zona logística esperando empresas.
Un parque industrial esperando inversiones.
Y una ciudad esperando que alguna vez llegue el desarrollo.
Todavía estamos a tiempo
La diferencia esta vez debería estar en la capacidad de aprender de los errores anteriores.
El aeropuerto no tiene por qué ser una obra perdida. El puerto tampoco. La Zona de Actividades Logísticas puede ser una oportunidad extraordinaria y el Parque Industrial puede convertirse en uno de los motores de la economía regional.
Pero para que eso suceda es indispensable abandonar la lógica de las obras aisladas y construir una verdadera política de Estado.
Una política que no dependa de quién ocupe la intendencia, de quién gobierne la provincia o de quién esté en la Casa Rosada. Una estrategia que pueda mantenerse durante veinte o treinta años y que tenga un objetivo concreto: convertir a Concordia en una ciudad productiva, industrial, exportadora y conectada con la región y con el mundo.
Después de tantas oportunidades perdidas, sería imperdonable volver a equivocarnos.
Porque Concordia tuvo Salto Grande, tuvo el río, tuvo producción, tuvo frontera, tuvo posibilidades de industrialización y ahora vuelve a tener sobre la mesa aeropuerto, parque industrial, logística y puerto.
Lo que todavía necesitamos es una visión capaz de unir todas esas piezas.
Por eso, frente al nuevo proyecto logístico, desde Análisis Litoral preferimos mirar más allá de la fotografía de una presentación oficial y formular la pregunta que debería acompañar cada decisión futura:
¿Qué vamos a producir, qué vamos a exportar y qué vamos a embarcar?
Si la respuesta está en nuevas industrias, producción regional con valor agregado, empresas exportadoras y trabajo genuino, estaremos frente a una verdadera transformación.
Si primero construimos la infraestructura y después salimos a buscar qué poner dentro de ella, habremos vuelto a cometer el mismo error.
Concordia todavía está a tiempo.
Pero necesita dejar de preguntarse qué oportunidad perdió ayer y empezar, finalmente, a decidir qué ciudad quiere ser mañana.
Porque el verdadero desarrollo no consiste en tener un aeropuerto, un puerto o una zona logística. Consiste en tener una economía capaz de hacerlos funcionar.
Esta nota de opinión es de autoría de Análisis Litoral. Si la reproduce, cite la fuente.
