Por Lic. Belén Juliana Monzón
Hay eventos que pueden medirse por la cantidad de personas que participan, por la duración de sus exposiciones o por la cantidad de especialistas que suben a un escenario. Pero también hay encuentros que se pueden observar de otra manera: por aquello que dejan pensando cuando las luces se apagan y cada participante vuelve a su realidad cotidiana.
El III Congreso Pedagógico de Concordia fue, desde esa perspectiva, algo más que una jornada de exposiciones. Organizado por la Municipalidad de Concordia, a través de la Subsecretaría de Educación y Cultura, bajo el eje “Nuevas escenas para educar: vínculos, emociones y tecnologías para aprender y convivir”, reunió a docentes, equipos directivos y equipos de orientación para poner sobre la mesa algunos de los desafíos que atraviesan hoy a las escuelas.
Y hubo un primer dato que llamó particularmente la atención: la convocatoria.
El cupo inicial previsto era de 1.500 personas, pero las inscripciones superaron las expectativas y obligaron a trasladar el encuentro a un espacio de mayor capacidad. Finalmente, la asistencia se ubicó cerca de las 1.900 participantes.
La cifra, por sí sola, dice algo. Habla de interés, pero también de una necesidad. La necesidad de encontrar respuestas, herramientas y espacios donde quienes trabajan diariamente en educación puedan detenerse, escuchar y pensar colectivamente sobre una realidad que se vuelve cada vez más compleja.
La apertura estuvo a cargo del director Departamental de Escuelas de Concordia, Alejandro Ramírez; el secretario de Desarrollo Humano, Carlos Gatto; el intendente Francisco Azcué; y la viceintendenta Magdalena Reta de Urquiza, quienes destacaron el compromiso de la gestión municipal y educativa con la comunidad.
La jornada se extendió desde las 9 hasta las 17:30 y tuvo como protagonistas a Carlos Sigvardt, Lorena Guglielmone, Roberto Canay, Luciana Turinetto, Pablo Mainer e Ivana Pérez. También participaron Clarisa Salazar y Carla Duré, integrantes de la Coordinación de Políticas Transversales del Consejo General de Educación de Entre Ríos.
Pero más allá de los nombres y de la programación, hubo algo que atravesó prácticamente todo el Congreso: la sensación de que la escuela está enfrentando transformaciones para las cuales muchas veces las respuestas conocidas ya no alcanzan.
Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes. La inteligencia artificial llegó a las aulas y plantea oportunidades, pero también interrogantes. Los juegos online pueden convertirse en espacios de entretenimiento y socialización, pero también aparecen situaciones vinculadas con la ludopatía. El bullying continúa interpelando a las instituciones. Y, detrás de todo eso, aparece una dimensión que durante mucho tiempo permaneció en segundo plano: el bienestar emocional.
Hablar de emociones en la escuela ya no parece ser un tema accesorio.
Durante las distintas exposiciones apareció una idea recurrente: para acompañar emocionalmente a los estudiantes también es necesario mirar a quienes tienen la responsabilidad de educarlos.
El docente no es solamente quien transmite conocimientos. También escucha, contiene, interviene frente a conflictos, acompaña situaciones familiares, detecta señales de alarma y muchas veces termina ocupando lugares que exceden ampliamente su función pedagógica.
Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿quién acompaña al que acompaña?
La regulación emocional de quienes educan fue uno de los ejes que atravesó buena parte de las exposiciones. Se habló de autoconciencia, de inteligencia emocional y de la necesidad de reconocer aquello que ocurre en el propio cuerpo para poder responder de manera adecuada frente a determinadas situaciones.
También se planteó la necesidad de prevenir el bullying mediante estrategias concretas y de fortalecer las herramientas que permitan a niñas, niños y adolescentes reconocer y expresar aquello que les sucede.
En paralelo, la inteligencia artificial ocupó un lugar importante. El desafío no parece estar simplemente en incorporarla o rechazarla, sino en aprender a utilizarla sin perder de vista algo fundamental: las decisiones pedagógicas continúan siendo responsabilidad de quienes enseñan.
Con los juegos online y la ludopatía apareció otra cuestión que excede a la escuela: la presencia adulta.
En un mundo donde muchas veces las pantallas funcionan como espacios de encuentro, entretenimiento y aprendizaje, acompañar a las niñeces y adolescencias requiere también conocer esos nuevos escenarios y no mirar hacia otro lado.
La participación de la Coordinación de Políticas Transversales del Consejo General de Educación de Entre Ríos permitió recuperar, además, herramientas que ya están disponibles para las comunidades educativas, entre ellas la campaña #HablemosDe, orientada a promover una participación activa desde la corresponsabilidad.
Y justamente la palabra corresponsabilidad merece detenerse.
La Ley Nacional 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes establece que la protección y el cuidado de las infancias y adolescencias no constituyen una responsabilidad exclusiva de la escuela ni de las familias. Es una responsabilidad que involucra a la sociedad y al Estado.
El Congreso terminó dejando herramientas. Nuevas ideas. Estrategias para llevar al aula. Pero también dejó preguntas.
Al finalizar la jornada, mientras docentes y equipos educativos comenzaban a retirarse, quedó dando vueltas una cuestión que quizás sea menos sencilla de resolver que cualquiera de las problemáticas abordadas durante las exposiciones.
¿Cuánto más se les puede pedir a los docentes?
No es una pregunta retórica. Es una pregunta que merece ser discutida.
¿Cuentan quienes educan con herramientas suficientes para gestionar sus propias emociones y, al mismo tiempo, acompañar las emociones de sus estudiantes?
¿Qué lugar ocupa realmente la inteligencia emocional en la formación de los profesorados y de los institutos?
¿Qué políticas concretas pueden implementarse para mejorar el bienestar de quienes trabajan en educación?
Y hay una pregunta todavía más incómoda.
¿Cómo puede un profesional que no llega a fin de mes, que necesita recurrir al pluriempleo y que ha visto deteriorarse significativamente su poder adquisitivo sostener, además, las crecientes demandas emocionales propias y ajenas que recaen sobre su tarea?
Es difícil hablar de bienestar emocional en las escuelas sin hablar también de las condiciones materiales y laborales en las que se desarrolla la educación.
Porque una cosa es pedirle a alguien que aprenda a gestionar el estrés, la ansiedad, los conflictos y las emociones. Otra muy distinta es preguntarse qué condiciones existen para que esa persona pueda hacerlo.
No alcanza con entregar herramientas para gestionar las emociones si, al mismo tiempo, las condiciones que sostienen el trabajo cotidiano producen agotamiento, incertidumbre y sobrecarga.
Esto no invalida ninguna de las herramientas planteadas durante el Congreso. Por el contrario, las vuelve todavía más necesarias. Pero obliga a ampliar la mirada.
El bienestar de los estudiantes no puede pensarse separado del bienestar de quienes los acompañan. Y el bienestar de los docentes tampoco puede pensarse únicamente desde la dimensión emocional.
También es una cuestión laboral, económica, institucional y social.
El III Congreso Pedagógico de Concordia permitió visibilizar buena parte de estas problemáticas y acercó herramientas concretas para comenzar a abordarlas. El desafío, quizás, sea ahora lograr que esas herramientas no queden solamente en las jornadas de capacitación, sino que puedan transformarse en políticas, recursos y condiciones reales que acompañen a quienes todos los días sostienen la educación.
Tal vez no sea necesario esperar al IV Congreso Pedagógico para comenzar a construir algunas de esas respuestas.
Quizás el verdadero desafío sea empezar ahora a generar nuevos nexos entre las necesidades educativas y emocionales de niñas, niños y adolescentes y las necesidades —también educativas, emocionales, laborales y materiales— de quienes tienen la responsabilidad de acompañarlos.
Porque cuidar a quienes educan también forma parte de cuidar la educación.

Análisis Litoral









