Por Análisis Litoral
Hay algo que la política argentina insiste en repetir como si la sociedad no tuviera memoria: cada vez que un gobierno no pertenece al peronismo, una parte de la oposición vuelve a recurrir a la confrontación, la victimización y la denuncia permanente de una supuesta amenaza contra la democracia.
Un editorial de radio , volvió a poner esta discusión sobre la mesa después de los incidentes frente al Congreso. Más allá de la dureza de sus expresiones, plantea una pregunta que merece ser respondida: ¿hasta cuándo una parte de la dirigencia argentina confundirá oposición democrática con desestabilización permanente?
Protestar, criticar al Gobierno y expresarse libremente son derechos indiscutibles. Lo que no puede aceptarse es la violencia, el ataque a las instituciones o la utilización deliberada del caos como herramienta para intentar recuperar el poder. Javier Milei puede gustar o disgustar, acertar o equivocarse, pero fue elegido por el voto popular y debe terminar su mandato dentro de las reglas democráticas.
En este escenario aparece inevitablemente Cristina Fernández de Kirchner, hoy condenada y cumpliendo prisión domiciliaria, quien continúa denunciando una supuesta persecución política y mantiene una activa estrategia para conservar su liderazgo dentro del kirchnerismo. Es legítimo que utilice los mecanismos legales disponibles para defenderse, pero también es legítimo preguntarse si detrás de esa confrontación permanente existe el intento de mantener viva una identidad política que necesita del conflicto y de un enemigo para sobrevivir.
La consigna “vamos a volver” resume buena parte del problema. ¿Volver a dónde? ¿A la inflación crónica, a los déficits, a la emisión, a los privilegios de una dirigencia que durante años administró un Estado cada vez más grande mientras millones de argentinos seguían en la pobreza? Volver no puede ser un programa de gobierno. Si el peronismo quiere recuperar el poder, debería explicar primero qué aprendió de los errores que llevaron al país a la situación que hoy pretende superar.
El mayor error de quienes buscan desgastar a Milei mediante la crisis y la confrontación es creer que el caos necesariamente los beneficia. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Una sociedad cansada de la inflación, la pobreza, la inseguridad y los privilegios políticos puede interpretar la violencia y la desestabilización como la repetición de una Argentina que decidió dejar atrás.
Por eso Milei puede ser cuestionado por sus resultados y, al mismo tiempo, conservar apoyo. Una parte de la sociedad parece haber tomado una decisión mucho más profunda: no quiere volver atrás.
La Argentina necesita una oposición fuerte, seria y democrática. Necesita dirigentes capaces de discutir producción, empleo, educación, seguridad, salud e infraestructura y ofrecer una alternativa superadora. Pero una alternativa no se construye esperando que el país fracase para que fracase el adversario. Se construye convenciendo a los argentinos de que existe algo mejor.
La democracia necesita oposición, crítica y protesta. Pero también necesita aceptar una regla elemental: quien pierde una elección pierde el Gobierno, no sus derechos; y quien gana tampoco recibe un cheque en blanco.
Quizás la resistencia de Milei no se explique solamente por Milei. Quizás también tenga mucho que ver con sus adversarios. Cuando una sociedad percibe que quienes perdieron el poder pretenden recuperarlo mediante el caos, la confrontación y la nostalgia, puede terminar aferrándose todavía más al cambio que eligió.
Y esa es, probablemente, la realidad que una parte del peronismo todavía se niega a mirar.
