Hay algo casi enternecedor —si no fuera trágico— en escuchar a Enrique Cresto hablar del “vaciamiento del Estado” y advertir sobre una supuesta “implosión social” en Entre Ríos. Enternecedor, porque parece el relato de alguien que recién aterriza en la realidad. Trágico, porque quien lo dice no es un recién llegado, sino un protagonista central de los últimos años.
La Enrique Cresto crítica al presente político y económico genera, como mínimo, desconcierto. Porque conviene refrescar la memoria —esa que a veces en política funciona con modo selectivo activado—: Cresto fue funcionario del gobierno de Alberto Fernández, una gestión que dejó indicadores económicos y sociales profundamente deteriorados.
Resulta, entonces, llamativo que hoy se denuncie un desastre estructural como si se lo hubiera observado desde afuera. La realidad es que fue parte del poder. Y no en un rol menor.
Pero la ironía no termina ahí.
Durante dos períodos como intendente de Concordia, Enrique Cresto tuvo en sus manos algo más que discursos: tuvo gestión concreta. Sin embargo, esa misma ciudad sigue siendo señalada como una de las más pobres del país. Es decir, la “implosión social” que hoy advierte no apareció de un día para otro. Ya estaba presente mientras él gobernaba.
La Enrique Cresto crítica pierde fuerza cuando se la contrasta con estos datos. Porque no se trata solo de señalar problemas, sino de evaluar qué se hizo —o qué no se hizo— cuando se tuvo la responsabilidad directa de resolverlos.
De hecho, el propio Cresto llegó a admitir su responsabilidad en la derrota electoral del peronismo en Concordia. Un reconocimiento poco frecuente, pero que abre una pregunta inevitable: ¿hubo una autocrítica real o simplemente una admisión circunstancial?
Entonces, la escena se vuelve inevitablemente irónica.
Quien no logró revertir la pobreza estructural en su propia ciudad ahora da cátedra sobre las consecuencias del retiro del Estado. Quien fue parte del gobierno nacional denuncia hoy las políticas como si hubieran sido diseñadas por otros, en otro tiempo y en otro lugar.
Mientras tanto, Concordia sigue esperando.
Porque más allá de discursos encendidos, la realidad tiene una terquedad incómoda: muchos de los problemas que hoy se denuncian son los mismos que no se resolvieron cuando hubo oportunidad de hacerlo. Y ahí es donde la crítica pierde autoridad moral.
La Enrique Cresto crítica, en este contexto, no solo resulta tardía: también expone una contradicción difícil de ignorar.
Tal vez, antes de hablar de “implosiones”, sería más honesto revisar las propias explosiones: las de expectativas incumplidas, las de gestiones que prometieron más de lo que pudieron —o quisieron— cumplir.
En política, a veces el silencio no es cobardía. Es memoria.