“Mientras el líder de La Cámpora reclamó debates internos y autocrítica, su visita a Paraná volvió a exponer las contradicciones de un sector político que todavía evita responder por los resultados de dos décadas de poder, corrupción, pobreza creciente y pérdida de confianza social.”
La visita de Máximo Kirchner a Paraná dejó mucho más que un acto partidario. Dejó expuesta una de las mayores contradicciones del peronismo argentino contemporáneo: la facilidad para reclamar autocrítica ajena mientras continúa evitando una revisión profunda de sus propios errores, responsabilidades y excesos de poder.
Desde el escenario de ATE, el diputado nacional sostuvo que “el peronismo no está en condiciones de excluir a nadie” y llamó a dar debates internos. La frase, en apariencia razonable, abre inevitablemente una pregunta incómoda: ¿por qué esos debates llegan recién ahora, después de décadas de ejercer el poder y luego de una sucesión de derrotas electorales que reflejan un evidente desgaste social?
Resulta llamativo escuchar hablar de autocrítica a quienes formaron parte del núcleo político que gobernó la Argentina durante gran parte de los últimos veinte años. Más aún cuando buena parte de la sociedad sigue esperando explicaciones sobre el deterioro económico, la inflación crónica, el aumento de la pobreza y los numerosos escándalos de corrupción que marcaron distintas etapas del kirchnerismo.
La paradoja es aún mayor en Entre Ríos. Mientras algunos dirigentes locales se mostraron junto al líder de La Cámpora, otros optaron por una prudente distancia. Las ausencias de figuras relevantes del peronismo provincial no parecen casuales. Tal vez hayan comprendido que la figura de Máximo Kirchner representa hoy más un problema electoral que una solución política.
Porque detrás del discurso sobre la reconstrucción partidaria aparece una realidad imposible de ignorar: gran parte de la ciudadanía asocia al kirchnerismo con una etapa caracterizada por la concentración del poder, el crecimiento del aparato estatal, el deterioro de las instituciones y una extensa lista de investigaciones judiciales que involucraron a funcionarios de máxima jerarquía.
La pregunta entonces no es qué puede aportar Máximo Kirchner al debate interno del PJ. La verdadera pregunta es qué puede aportar a la reconstrucción de la confianza social una dirigencia que durante años administró recursos públicos, ocupó cargos de privilegio y observó cómo numerosos dirigentes se enriquecían mientras millones de argentinos caían nuevamente en la pobreza.
Tampoco deja de sorprender la naturalidad con que ciertos sectores políticos reciben con honores a dirigentes cuya imagen pública aparece inevitablemente ligada al ciclo kirchnerista que la propia sociedad comenzó a cuestionar en las urnas. Como si la memoria colectiva pudiera borrarse con un acto partidario, algunas consignas militantes y una apelación nostálgica a los años de Néstor Kirchner.
Pero la Argentina de 2026 no es la de 2003.
Los ciudadanos ya no discuten únicamente relatos. Discuten resultados. Discuten salarios que no alcanzan, jóvenes que emigran, empresas que cierran y una política que parece más preocupada por sus internas que por resolver los problemas reales de la gente.
Quizás por eso las ausencias en Paraná resultaron tan elocuentes como las presencias. Algunos dirigentes peronistas parecen haber entendido que la sociedad exige renovación. Otros continúan aferrados a liderazgos que representan precisamente aquello que buena parte del electorado decidió dejar atrás.
La visita de Máximo Kirchner terminó dejando una enseñanza involuntaria. El problema del peronismo no es a quién excluir. El problema es que todavía no logra explicar convincentemente por qué, después de tantos años de poder, millones de argentinos dejaron de creerle.
Y mientras ese debate siga siendo reemplazado por consignas, nostalgias y responsabilidades repartidas hacia terceros, la reconstrucción del movimiento seguirá siendo una promesa mucho más cercana al pasado que al futuro.
Analisis Litoral
