El peronismo entrerriano se parte en cuatro mientras su dirigencia todavía no entiende por qué perdió la confianza de la gente

La interna del PJ tiene cuatro sectores, varios candidatos y demasiados dirigentes disputándose la conducción. Pero existe un problema que ninguno parece querer mirar de frente: el peronismo perdió algo mucho más importante que una elección. Perdió credibilidad. Y en Concordia, su histórico bastión electoral, todavía parecen no haberse dado cuenta.

El peronismo entrerriano volvió a entrar en modo electoral. El desembarco de Axel Kicillof en la provincia aceleró una interna que ya estaba instalada y puso nuevamente en movimiento a una dirigencia que, con la mirada puesta en 2027, comenzó a disputar espacios, candidaturas y liderazgo. Los ministros bonaerenses Carlos Bianco y Walter Correa recorrieron territorio entrerriano, mantuvieron encuentros con intendentes y dirigentes y dejaron detrás de cada fotografía una lectura política inevitable: el peronismo provincial intenta reorganizarse, pero todavía no consiguió encontrar una conducción capaz de contener a todos los sectores.

La visita de Bianco a San José fue una demostración concreta. Allí, en el marco del foro “Entre Ríos tiene futuro. Axel es la esperanza”, el intendente Gustavo Bastián aprovechó la presencia del funcionario bonaerense para hacer explícita su intención de competir por la Gobernación en 2027. A su alrededor se reunieron Damián Arévalo, Laura Rupp, Enrique Cresto, Marcelo Berthet, Jorge “Kinoto” Vázquez, Claudia Monjo, Gerardo Chapino, Ángel Giano y Álvaro Gabás. También estuvo Marcelo Casaretto, uno de los principales armadores del kicillofismo en Entre Ríos. La foto buscó transmitir fortaleza y unidad, pero debajo de ella aparece una disputa mucho más profunda: quién tendrá el control territorial y político del peronismo cuando llegue el momento de definir candidaturas.

El escenario es cada vez más evidente. El PJ entrerriano está dividido, al menos, en cuatro espacios. Por un lado, el armado que mira hacia Axel Kicillof y que encuentra en Enrique Cresto, Ángel Giano y un grupo de intendentes sus principales referencias. Por otro, el sector que conserva la estructura tradicional y que reúne a dirigentes como Guillermo Michel, Adán Bahl, Gustavo Bordet, Rosario Romero, Juan José Bahillo, José Eduardo Lauritto y Laura Stratta. A esto se suma el espacio identificado con Cristina Fernández de Kirchner, donde aparecen Stefanía Cora, Blanca Osuna y Carolina Gaillard. Y, por fuera de estas estructuras, Daniel Rossi decidió jugar su propia partida después de su expulsión del PJ y anunció que competirá por la Gobernación en 2027.

Cuatro sectores, múltiples dirigentes y una misma pelea: quién será capaz de conducir. Sin embargo, mientras el peronismo entrerriano vuelve a discutir candidaturas, hay una pregunta bastante más incómoda que todavía parece no encontrar lugar en sus reuniones: ¿dónde está la gente?

Porque el problema del peronismo ya no es solamente su fragmentación interna. Tampoco se reduce a decidir si el futuro será de Kicillof, Michel, Bahl, Bordet, Cresto, Rossi o cualquier otro dirigente. El verdadero problema es que una parte de sus propios militantes y seguidores dejó de creer en el discurso que durante años sostuvo al partido. Y cuando una estructura política comienza a perder la confianza de quienes históricamente la acompañaron, la crisis deja de ser exclusivamente electoral para transformarse en una crisis de credibilidad.

Concordia es probablemente uno de los ejemplos más claros de esta situación. Durante décadas, la ciudad fue presentada como uno de los grandes bastiones del peronismo entrerriano. Allí la estructura partidaria parecía tener una capacidad casi automática para ordenar a la militancia, movilizar sectores y garantizar votos. Pero esa realidad cambió y una parte de la dirigencia todavía parece no haberlo comprendido. El peronismo de Concordia continúa hablando, en muchos casos, como si conservara aquella capacidad de representación intacta, mientras una parte de sus propios militantes y seguidores comenzó a mirar a sus dirigentes con desconfianza.

El problema no es necesariamente que hayan dejado de ser peronistas. El problema es que dejaron de creerles.

Dejaron de creer en las promesas repetidas durante años, en las explicaciones que siempre encuentran un responsable externo y en la idea de que alcanza con recuperar una vieja identidad partidaria para volver a conquistar el voto popular. El vecino de Concordia compara discursos con resultados y observa una ciudad que continúa enfrentando problemas estructurales de pobreza, empleo, infraestructura, desarrollo productivo y falta de oportunidades. Y frente a esa realidad aparece una pregunta que el peronismo debería hacerse antes de volver a hablar de candidaturas: ¿por qué una ciudad que durante tantos años estuvo gobernada por dirigentes de ese signo político continúa arrastrando problemas que parecen no tener solución?

No alcanza con responsabilizar al Gobierno nacional, a Javier Milei, a Rogelio Frigerio o a cualquier adversario de turno. Tampoco alcanza con volver a organizar reuniones, actos y fotografías de unidad. La política puede utilizar las estructuras para construir candidaturas, pero ninguna estructura puede fabricar indefinidamente la confianza que perdió en la sociedad. Y mucho menos puede pretender que los votos son propiedad de un partido.

Ese es quizás el punto que el vector peronista de Concordia todavía no termina de comprender: sus militantes y seguidores ya no les creen como antes. La señal debería ser tomada con enorme seriedad porque una cosa es perder una elección y otra completamente diferente es comenzar a perder la confianza de quienes históricamente fueron la base política y electoral de una organización. Cuando el militante deja de defender al dirigente, cuando el simpatizante deja de participar y cuando el vecino que durante años acompañó comienza a preguntarse si vale la pena volver a hacerlo, no estamos frente a una simple derrota electoral. Estamos frente a una transformación mucho más profunda.

El peronismo entrerriano debería mirar especialmente hacia Concordia porque allí tiene un espejo incómodo. Una ciudad que durante décadas fue presentada como territorio propio demuestra que ningún voto pertenece para siempre a ningún partido. La sociedad cambió, las prioridades cambiaron y también cambió la manera en que los ciudadanos evalúan a sus dirigentes. Hoy el vecino quiere saber quién puede generar empleo, mejorar la seguridad, recuperar infraestructura, atraer inversiones, generar oportunidades para los jóvenes y sacar a la ciudad del círculo de pobreza y estancamiento. Las viejas consignas ya no alcanzan.

Mientras tanto, el contraste con Rogelio Frigerio debería funcionar como otra señal de alarma. Mientras el peronismo continúa discutiendo su conducción y multiplicando sus sectores internos, el oficialismo provincial mantiene una posición electoral favorable y cuenta con el tiempo político necesario para observar cómo su principal adversario intenta reorganizarse. La oposición, en cambio, todavía no parece haber asumido completamente que el problema no está solamente en encontrar un candidato competitivo, sino en recuperar una relación de confianza con una sociedad que ya no responde automáticamente a sus discursos.

El peronismo entrerriano todavía tiene tiempo para reconstruirse de cara a 2027. Pero para hacerlo deberá abandonar por un momento la obsesión por la lapicera, las candidaturas y las fotografías de unidad y empezar por algo bastante más difícil: escuchar. Escuchar a sus propios militantes, a sus simpatizantes, a quienes alguna vez los votaron y hoy no están convencidos, a los jóvenes que no encuentran oportunidades y, especialmente, a una Concordia que durante años fue considerada un bastión inexpugnable y que hoy demuestra que la política no funciona con votos cautivos.

La elección de 2027 todavía está lejos. Pero la discusión ya comenzó y el peronismo entrerriano corre el riesgo de cometer el mismo error que lo llevó a perder terreno: seguir mirando hacia adentro mientras la sociedad mira hacia adelante.

Porque las elecciones no se ganan solamente acumulando dirigentes, armando listas o consiguiendo fotografías multitudinarias. Se ganan cuando una parte importante de la sociedad vuelve a confiar en que existe una propuesta capaz de mejorar su vida.

Y ese es el desafío que hoy tiene por delante el peronismo entrerriano.

Antes de preguntarse quién será el candidato, debería preguntarse por qué dejó de ser creíble.

Porque perder una elección puede ser circunstancial.

Que tu propia gente deje de creerte es otra cosa.

Por Alejandro Monzon