Mientras Uruguay activa sus mecanismos de prevención ante la posibilidad de una creciente extraordinaria, en Concordia la pregunta es inevitable: ¿qué se está haciendo para anticiparse a un escenario que la historia ya demostró que puede ser devastador?
Hay momentos en los que gobernar significa, simplemente, anticiparse.
No esperar a que el agua llegue. No esperar a que aparezcan los evacuados. No esperar a que los barrios queden aislados. No esperar a que las familias comiencen a abandonar sus casas con lo puesto.
Gobernar también es mirar los pronósticos, estudiar los antecedentes, analizar los escenarios posibles y preparar a la población para aquello que, eventualmente, podría ocurrir.
Y eso es precisamente lo que está haciendo Uruguay frente al escenario climático que se presenta para los próximos meses.
Las autoridades uruguayas comenzaron a prepararse ante la posibilidad de una temporada de lluvias extraordinarias asociada al fenómeno El Niño, que podría generar una importante creciente del río Uruguay durante la primavera y el verano.
La advertencia no surge de una única fuente.
El Instituto Nacional de Meteorología de Uruguay informó en junio que El Niño se encontraba en desarrollo y que existía un 60% de probabilidad de que durante octubre-diciembre alcanzara una intensidad “muy fuerte”. El organismo también señaló que durante los años Niño suele registrarse una mayor señal de precipitaciones por encima de lo normal, especialmente al norte del río Negro.
En Argentina, el INTA también confirmó el escenario de El Niño para la campaña 2026/27 y advirtió sobre la posibilidad de precipitaciones superiores a lo normal y situaciones de riesgo hídrico en grandes cuencas, entre ellas la del río Uruguay.
Y Salto decidió no esperar.
Uruguay decidió prepararse antes de que llegue el agua
El intendente de Salto, Carlos Albisu, junto al coordinador del CECOED, Aquiles Mainardi, comenzó a trabajar sobre el escenario más complejo.
Según las autoridades salteñas, los informes técnicos manejados a nivel nacional e internacional indican una elevada probabilidad de que la primavera presente condiciones climáticas particularmente adversas.
La preocupación tiene una razón concreta: la posibilidad de que el río Uruguay supere los niveles alcanzados durante la gran creciente de 2015.
Aquella inundación llevó al río a unos 16,33 metros frente al puerto de Salto y obligó a desplazar a miles de personas.
Ahora, las autoridades uruguayas decidieron adoptar una premisa sencilla pero fundamental:
prepararse para el peor escenario aunque finalmente no ocurra.
No se trata de generar miedo. Se trata de evitar improvisaciones.
Salto ya trabaja en la preparación de refugios, alimentación, medicamentos, asistencia sanitaria y logística. Incluso se analiza la utilización de drones para transportar medicamentos a zonas aisladas y la disponibilidad de un helicóptero para eventuales emergencias médicas.
El intendente fue contundente:
“Acá no se puede fallar”.
Y allí aparece la primera gran diferencia entre prevenir y reaccionar.
Porque si finalmente la creciente no alcanza las dimensiones previstas, nadie podrá reprocharle a un gobierno haber preparado refugios que no fueron utilizados.
Pero si la creciente ocurre y no se hizo nada, la pregunta será otra:
¿por qué no se hizo?
Concordia conoce demasiado bien esta historia
Del otro lado del río está Concordia.
Y si existe una ciudad que no puede darse el lujo de ignorar una advertencia hidrológica, es precisamente esta.
Concordia lleva décadas conviviendo con las crecientes del Uruguay.
La historia tiene capítulos que deberían estar permanentemente presentes en cualquier planificación municipal.
En 1959, una de las mayores inundaciones de la historia regional convirtió a Concordia en escenario de una catástrofe de enormes dimensiones. Estudios históricos describen aquella creciente como un desastre de escala nacional, con más de 20.000 kilómetros cuadrados afectados por las aguas en distintos sectores de la región.





La memoria local registra además crecientes importantes en 1943, 1959, 1992, 2009, 2015, 2019 y años posteriores.
La propia documentación del proyecto de Defensa Central contra Inundaciones de Concordia identifica a 1959 como la mayor creciente histórica, con una altura cercana a los 18 metros, y registra para 2015 un máximo de 15,88 metros.
Y esto debería hacer reflexionar a cualquiera que tenga responsabilidades de gobierno.
Porque 2015 no es una historia lejana.
Fue apenas once años atrás.
Fue una demostración concreta de hasta dónde puede avanzar el agua.

Fue una fotografía de lo que puede ocurrir cuando el río crece de manera extraordinaria.
Y también dejó en evidencia que una parte importante de Concordia continúa siendo extremadamente vulnerable.

La Defensa Sur: una obra nacida de la lucha de los vecinos
En este punto hay que recordar una historia que muchas veces queda perdida detrás de los discursos políticos.
La Defensa Sur no apareció mágicamente.
Fue producto de años de reclamos de vecinos y dirigentes sociales de los barrios afectados.
Y entre quienes más insistieron estuvo el padre Andrés Servín, párroco de la Gruta de Lourdes.
La historia de aquella lucha está documentada: vecinos de los barrios del sur, junto al padre Servín y otros referentes, llegaron a construir defensas precarias con bolsas de arena para intentar contener el avance del agua.
El reclamo terminó transformándose en un proyecto de infraestructura.
La Defensa Sur comenzó a tomar forma durante la década de 1990 y posteriormente fue ampliada y reparada.
La obra permitió proteger a miles de habitantes de la zona sur.
En 2015 volvió a quedar demostrado su valor.
La propia documentación oficial de Entre Ríos reconoce que aquella creciente alcanzó los 15,86 metros y produjo filtraciones en sectores de la Defensa Sur, obligando posteriormente a ejecutar trabajos de reparación y refuerzo.
Es decir:
la Defensa Sur funcionó, pero también mostró sus límites y la necesidad permanente de mantenimiento, control y ampliación de las obras de protección.
¿Y qué ocurriría con una creciente todavía mayor?
Esta es la pregunta que Concordia debería estar haciéndose ahora.
No porque alguien pueda asegurar que el río llegará a 18 o 19 metros.
Nadie puede afirmarlo hoy.
Pero sí porque los escenarios climáticos que se están analizando justifican la preparación anticipada.
Y porque la historia de Concordia demuestra que los extremos no son una fantasía.
Si 2015 significó un nivel cercano a los 15,9 metros en Concordia, resulta inevitable preguntarse qué sectores quedarían comprometidos ante una creciente sustancialmente superior.
La diferencia de cotas entre ambas márgenes, las características urbanas de cada ciudad, la operación de Salto Grande, las lluvias aguas arriba y otros factores hidrológicos hacen que no pueda trasladarse automáticamente una altura registrada en Salto a Concordia.
Pero justamente por eso se necesita información técnica.
No especulación. No silencio. Información.
Con mapas de inundación.
Con escenarios de 15, 16, 17, 18 metros.
Con identificación de barrios.
Con rutas de evacuación.
Con refugios.
Con lugares para almacenar alimentos y medicamentos.
Con un sistema de comunicación que llegue a cada familia que pueda quedar afectada.
Una ciudad pobre no puede improvisar frente a una catástrofe
Hay otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación de Concordia.
La vulnerabilidad social.
No todas las ciudades enfrentan una inundación en las mismas condiciones.
Una ciudad con altos niveles de pobreza, precariedad habitacional y familias que viven en sectores bajos tiene una capacidad mucho menor para absorber un desastre.
Una familia con recursos puede trasladar sus muebles, alquilar temporalmente una vivienda, trasladarse en vehículo propio y reconstruir parte de lo perdido.
Una familia vulnerable puede perderlo prácticamente todo.
Por eso la prevención en Concordia no debería ser solamente hidráulica.
Debería ser social, sanitaria, logística, habitacional y económica.
La pregunta no debería ser solamente cuánto crecerá el río.
La pregunta debería ser:
¿cuántas personas podrían quedar afectadas si el río alcanza distintos niveles?
Salto ya está haciendo esa cuenta
Ese es quizá el aspecto que más debería llamar la atención.
Salto no está esperando tener certeza absoluta sobre la magnitud de la próxima creciente.
Está trabajando con escenarios.
Su razonamiento es sencillo: si finalmente el fenómeno es menor, se habrá preparado de más.
Pero si el escenario severo se cumple, la preparación puede significar la diferencia entre una emergencia controlada y una tragedia.
Uruguay ya demostró en otras crecientes que dispone de mecanismos de evacuación y respuesta coordinada.
En diciembre de 2023, por ejemplo, la Intendencia de Salto llegó a informar más de 1.200 personas desplazadas entre evacuados y autoevacuados durante una creciente del río Uruguay.
La experiencia existe.
La memoria existe.
Los protocolos existen.
Y ahora las autoridades están intentando adelantarse.
¿Dónde está Concordia?
Esta es la pregunta incómoda.
Mientras en Uruguay el presidente Yamandú Orsi recibió información de los organismos técnicos y los intendentes comenzaron a evaluar escenarios, refugios y logística, Concordia debería estar haciendo exactamente lo mismo.
No alcanza con mirar el nivel del río todos los días.
No alcanza con esperar los informes de Salto Grande.
No alcanza con preparar operativos cuando el agua ya comenzó a ingresar a los barrios.
La prevención comienza mucho antes.
Y si los organismos especializados están anticipando que El Niño puede producir condiciones de lluvias superiores a las normales, la ciudad debería explicar públicamente:
- qué zonas podrían quedar afectadas ante diferentes cotas del río;
- cuántas personas podrían necesitar evacuación;
- qué refugios están disponibles;
- cuál es el estado actual de las defensas;
- qué capacidad tienen las estaciones de bombeo;
- qué barrios presentan mayor vulnerabilidad;
- qué vías de evacuación estarán disponibles;
- qué recursos sanitarios y alimentarios existen;
- y cuál es el protocolo previsto para una creciente extraordinaria.
Eso no genera miedo.
Eso genera tranquilidad.
Porque la población se siente más segura cuando sabe que quienes gobiernan están pensando antes que ella en lo que puede ocurrir.
La historia ya dio suficientes advertencias
Concordia no necesita que alguien le explique qué significa una inundación.
La ciudad tiene memoria.
Tiene las imágenes de 1959.
Tiene los recuerdos de las crecientes posteriores.
Tiene las imágenes de 2015.
Tiene barrios que todavía recuerdan cómo el agua comenzó a avanzar.
Tiene una Defensa Sur que nació de una lucha vecinal encabezada, entre otros, por un sacerdote que entendió que no alcanzaba con asistir a los inundados: había que evitar que volvieran a inundarse.
Y tiene una nueva generación que quizá nunca vio una creciente extraordinaria de 18 metros.
Pero que podría tener que enfrentarla.
Por eso la advertencia no debería convertirse en una discusión partidaria.
Ni de Milei, ni de Frigerio, ni del intendente de turno.
Es una cuestión de Estado.
Porque el río Uruguay no vota.
No distingue partidos.
No pregunta quién gobierna.
Y cuando llega una creciente extraordinaria, el agua no respeta discursos.
La pregunta que Concordia debería responder ahora
Si Uruguay está diciendo públicamente que se prepara para el peor escenario…
Si sus organismos meteorológicos advierten sobre un posible El Niño de fuerte intensidad…
Si Salto Grande ya anticipó que los efectos sobre el río Uruguay podrían comenzar a sentirse desde septiembre/octubre…
Si Concordia tiene antecedentes históricos de crecientes extraordinarias…
Si en 2015 la ciudad volvió a experimentar una situación crítica…
¿por qué Concordia no está haciendo lo mismo?
Todavía hay tiempo.
Y justamente de eso se trata la prevención.
No de anunciar que habrá una catástrofe.
No de generar pánico.
No de convertir un pronóstico en una certeza.
Se trata de algo mucho más elemental:
prepararse por si ocurre.
Porque si finalmente el río no alcanza los niveles extremos que algunos escenarios plantean, nadie perderá nada por haber estado preparado.
Pero si ocurre una creciente extraordinaria y la ciudad no tomó medidas con anticipación, entonces ya será demasiado tarde.
Concordia no necesita alarmismo. Necesita información, planificación y prevención.
El río ya habló muchas veces.
La historia también.
Ahora falta saber si quienes tienen la responsabilidad de gobernar están escuchando.

Por : Alejandro Monzón para Análisis Litoral
