
En los últimos días volvieron a emerger, con una claridad casi didáctica, los viejos reflejos de una intelectualidad anclada en paradigmas que el mundo ya dejó atrás. Opinólogos de diversas tribunas, con un lenguaje pretendidamente crítico, vuelven a desempolvar esquemas marxistoides para interpretar la realidad actual, como si el fracaso histórico de esas doctrinas no hubiese quedado demostrado una y otra vez, en todos los continentes y bajo múltiples formatos.
La izquierda populista —esa que dice hablar en nombre de los desposeídos— no solo fracasó en términos económicos y sociales, sino que dejó como saldo estructuras de poder cerradas, elites enriquecidas y sociedades empobrecidas. Argentina no es la excepción. Basta recordar que una de sus máximas exponentes, Cristina Fernández de Kirchner —doblemente condenada por corrupción— abrazó ese discurso “redistributivo” mientras construía un sistema de beneficios personales y políticos que se proyectan, aún hoy, como herencia pesada para las generaciones futuras.
Estos resabios ideológicos persisten. No como proyecto de transformación real, sino como relato defensivo de un pasado que se resiste a morir.
Detractores y defensores de la antigua retorica
En ese marco se inscribe la nota que intenta vincular hechos distintos —detenciones, denuncias y supuestos espionajes— bajo una lógica claramente conspirativa, forzando relaciones que no se sostienen en hechos comprobables. El texto sugiere una maniobra de distracción orquestada desde el poder provincial y municipal, pero lo hace sin pruebas concretas, apelando a insinuaciones y sospechas permanentes que responden más a una mirada ideologizada que a un análisis riguroso de la realidad.
El problema no es la sospecha en sí. El problema es el sesgo de origen: cuando toda interpretación parte de la premisa de que el poder siempre miente, siempre manipula y siempre victimiza, el análisis deja de ser análisis para convertirse en militancia encubierta.
Comparar situaciones judiciales concretas con máximas de propaganda nazi no solo es una exageración peligrosa, sino una forma de banalizar tanto la historia como la inteligencia del lector. No hay datos concluyentes que prueben una operación coordinada de encubrimiento. Hay, sí, un intento de forzar una narrativa donde todo encaje en una lógica de persecución política, aun cuando los hechos no lo sostienen.
Gestión versus relato
Mientras algunos siguen atrapados en interpretaciones ideológicas, la realidad avanza. El gobernador Rogelio Frigerio viene demostrando, con hechos verificables y gestión concreta, que es posible sostener estabilidad institucional, ordenar el Estado y transparentar prácticas heredadas de décadas de desmanejo. No desde el discurso épico, sino desde la administración responsable.
Muy distinta es la situación del intendente de Concordia, Francisco Azcué, cuya gestión sigue sin ofrecer respuestas claras frente al drama estructural que atraviesa la ciudad: pobreza crónica, exclusión social y estancamiento económico. Concordia continúa liderando rankings estadísticos que nadie debería naturalizar. Allí no hay bosque que esconda el árbol: la urgencia social es visible, cotidiana y lacerante.
La discusión no pasa por denunciar fantasmas ni construir teorías de victimización permanente. Pasa por asumir responsabilidades, entender los cambios que se están produciendo y aceptar que el mundo —y la Argentina— están transitando hacia modelos donde el Estado deja de ser un botín y la libertad de emprender, decidir y producir vuelve a ocupar un lugar central.
Un pasado que no debería volver
El capitalismo moderno, con sus defectos y correcciones necesarias, sigue siendo el único sistema que ha demostrado capacidad real de generar riqueza, movilidad social y desarrollo. Defender viejas recetas populistas, fracasadas y moralmente erosionadas, no es progresismo: es nostalgia ideológica.
Ojalá quienes aún escriben desde esa trinchera comprendan que no todo cambio es amenaza, ni toda gestión es conspiración. A veces, simplemente, el bosque ideológico no deja ver la realidad. Y cuando eso ocurre, el problema no es el árbol: es la mirada.
