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Con la capacidad intelectual del Presidente, resolver el drama de las tarjetas debería ser sencillo

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Por Análisis Litoral

La capacidad intelectual del presidente Javier Milei vuelve a estar bajo la lupa. Resolver la crisis económica y política actual exige más que retórica, y las últimas decisiones del Ejecutivo ponen en duda si existe un plan consistente para salir del estancamiento.

Hay problemas que no se resuelven con discursos, consignas políticas ni mirando solamente las grandes variables de la economía. Hay problemas que se sienten en el bolsillo, en la mesa familiar y, cada vez con mayor frecuencia, en el resumen de la tarjeta de crédito. Y este es uno de ellos. La morosidad de las familias argentinas volvió a encender una luz de alarma: el incumplimiento en las tarjetas de crédito llegó al 11,7%, mientras que en los préstamos personales alcanzó el 14,2%. La irregularidad del conjunto de los préstamos a hogares también se mantiene en niveles preocupantes. No estamos hablando simplemente de estadísticas bancarias: estamos hablando de argentinos que empiezan a pagar una tarjeta con otra, que refinancian el resumen, que dejan de pagar el total para abonar el mínimo, que compran alimentos en cuotas o que recurren a un préstamo personal para cubrir gastos que antes podían afrontar con su salario. Y ahí aparece una pregunta que el Gobierno debería hacerse: ¿hasta cuándo puede una familia sostener el ajuste utilizando crédito caro para compensar un ingreso que todavía no alcanza?

El dato debería preocupar especialmente porque la morosidad familiar alcanzó niveles que no se veían desde hace muchos años. Según los informes difundidos durante este año, el deterioro está relacionado con tasas elevadas, ingresos familiares que todavía no recuperaron plenamente su capacidad de compra y una utilización creciente del crédito como mecanismo para compensar las dificultades cotidianas. Es decir, hay una parte de la sociedad que no está endeudándose para darse lujos: se está endeudando para vivir. Y esa diferencia es fundamental. Una familia que utiliza la tarjeta para comprar alimentos, medicamentos, pagar servicios o completar los gastos del mes no está necesariamente viviendo por encima de sus posibilidades; muchas veces está intentando sostener un nivel de vida que su salario dejó de poder financiar.

El Gobierno tiene una oportunidad

Javier Milei llegó a la Presidencia con una enorme capacidad para interpretar los problemas estructurales de la Argentina y con la decisión de enfrentar cuestiones que durante décadas fueron postergadas. Precisamente por eso, ahora tiene una oportunidad política y humana que no debería desaprovechar: demostrar que también puede tener empatía con la clase media y media baja. No se trata de pedir que el Estado vuelva a subsidiar artificialmente el consumo, ni de obligar a los bancos a regalar dinero. Tampoco de regresar a las recetas que durante años terminaron generando inflación, déficit y pérdida de poder adquisitivo. Se trata de encontrar un mecanismo inteligente para evitar que una familia que se atrasó con la tarjeta quede atrapada durante años en una espiral de intereses, refinanciaciones y punitorios.

Con la capacidad intelectual que el Presidente ha demostrado para enfrentar problemas complejos, resolver este problema debería ser relativamente sencillo. Podría impulsarse, junto con el Banco Central y el sistema financiero, un esquema extraordinario y transparente de reordenamiento de deudas de consumo, con plazos razonables, tasas previsibles y condiciones que permitan a quienes todavía tienen ingresos demostrar capacidad de pago y volver a la normalidad. El objetivo no debería ser premiar al moroso, sino impedir que el moroso ocasional se convierta en un insolvente permanente. Hay una diferencia enorme entre condonar una deuda y ofrecerle a una persona que quiere pagar una oportunidad razonable para hacerlo.

Los bancos también tienen una responsabilidad

Los bancos no son enemigos. Necesitamos un sistema financiero sólido, rentable y capaz de prestar dinero. Una economía moderna necesita crédito y necesita entidades financieras fuertes. Pero una cosa es prestar dinero y otra muy diferente es convertir una dificultad transitoria de una familia en una deuda prácticamente imposible de cancelar. Cuando una persona entra en mora, el sistema debería buscar recuperar el capital y mantener al cliente dentro del circuito financiero, no empujarlo hacia una sucesión de refinanciaciones cada vez más costosas que terminan haciendo crecer la deuda mucho más rápido que la capacidad de pago.

Por eso, sería razonable que bancos, Gobierno y Banco Central estudien alternativas para premiar al que quiere pagar, ofreciendo condiciones especiales de regularización a quienes tengan ingresos comprobables y voluntad de ponerse al día. No sería populismo. Sería inteligencia económica. El banco recuperaría un crédito que de otra manera puede transformarse en incobrable, la familia recuperaría previsibilidad y el sistema financiero conservaría a un cliente que, una vez normalizada su situación, volvería a utilizar el crédito de manera saludable.

El ministro Luis Caputo dijo que la gente se sobreendeudó a la espera de una licuación por inflación que finalmente no ocurrió. (Foto: Ministerio de Economía).

Una oportunidad para reactivar el consumo

Aquí aparece una segunda cuestión que quizás sea todavía más interesante para el Gobierno: ayudar a ordenar las deudas familiares no solamente tendría un efecto social, también podría transformarse en una herramienta de reactivación económica. Una familia asfixiada por el resumen de la tarjeta deja de consumir. Postergará la compra de un electrodoméstico, una reparación de la casa, ropa, muebles, una salida, un viaje o cualquier otro gasto que pueda esperar. Una familia que logra ordenar su deuda, en cambio, recupera previsibilidad y, cuando recupera previsibilidad, vuelve progresivamente a consumir. Eso mueve al comercio, el comercio compra a proveedores, los proveedores producen, la producción genera empleo y el empleo genera más consumo. Es el círculo virtuoso que la Argentina necesita construir después de tantos años de crisis.

Incluso existe un punto que merece ser discutido seriamente: durante mucho tiempo se habló de restringir el uso de las tarjetas de crédito como mecanismo para contener determinados comportamientos de consumo. Pero cuando una parte de la población comienza a utilizar la tarjeta para comprar alimentos y cubrir necesidades básicas, la situación cambia completamente. El crédito deja de ser solamente una herramienta de consumo y comienza a funcionar como un mecanismo de supervivencia financiera. Y cuando una familia llega a ese punto, el problema ya no es cuánto consume: el problema es que su ingreso no alcanza para cubrir todos sus gastos corrientes.

No alcanza con bajar la inflación

El Gobierno tiene razón cuando sostiene que la inflación es uno de los grandes males que Argentina debía combatir. Pero la estabilidad macroeconómica tiene que terminar llegando al mostrador, al salario y al resumen de la tarjeta. Porque una familia puede vivir con una inflación mucho más baja y, sin embargo, seguir sintiendo que no llega a fin de mes si buena parte de su ingreso está comprometida en cuotas, intereses y refinanciaciones. La estabilización de la economía es indispensable, pero también lo es conseguir que los argentinos recuperen gradualmente la capacidad de consumir sin necesidad de endeudarse permanentemente.

Por eso, la próxima batalla económica no debería ser solamente contra la inflación: también debería ser contra la asfixia financiera de las familias. No hay recuperación del consumo posible si millones de personas tienen comprometida una parte creciente de sus ingresos futuros. Y tampoco hay verdadera recuperación de la clase media si cada aumento salarial termina absorbido por deudas acumuladas durante los años de inflación y pérdida de poder adquisitivo.

Una oportunidad para Milei

Javier Milei ha demostrado que está dispuesto a hacer reformas que muchos consideraban imposibles. Ahora tiene delante un problema diferente. No necesita inventar una revolución ni abandonar sus principios económicos. Necesita demostrar que la libertad económica también puede tener sensibilidad social; que defender el mercado no significa mirar indiferentemente cómo una familia queda atrapada en una deuda; que ordenar las cuentas públicas no significa ignorar a quien necesita una oportunidad para volver a ponerse de pie; y que bajar la inflación debe ser solamente el comienzo de una recuperación que finalmente llegue a quienes trabajan, pagan impuestos y sostienen todos los días la economía real.

Presidente: quizás esta sea una de esas oportunidades en las que una decisión inteligente puede producir dos resultados al mismo tiempo: aliviar a millones de familias y reactivar el consumo. Con la capacidad intelectual que usted ha demostrado para enfrentar problemas mucho más complejos, resolver el drama de las tarjetas debería ser sencillo. Pero esta vez hay algo más: no alcanza con tener razón. También hay que demostrar que se entiende a quienes todavía están haciendo enormes esfuerzos para llegar a fin de mes.

Quizás ahí esté una de las mejores oportunidades para que el Gobierno demuestre que el cambio económico que propone no solamente puede ordenar las cuentas de la Nación, sino también devolverle tranquilidad a la familia que todos los meses mira el resumen de la tarjeta con preocupación. Porque una Argentina que vuelve a consumir no necesita consumidores endeudados hasta el cuello. Necesita familias que puedan volver a comprar sin miedo.