La grieta ya no es 50 contra 40. Es el odio programado que nos impide ver la realidad.
Desde hace más de una década nos acostumbramos a hablar de “la grieta”. Una línea que dividía a la Argentina entre dos modelos de país, entre dos formas de entenderlo todo. Esa grieta se profundizó, se hizo trinchera, se hizo identidad.
Hoy, esa grieta es aproximadamente un 50 y pico por ciento que quiere cambiar, poner un punto final y sentar los cimientos de un país nuevo, contra un 40 y pico por ciento que resiste, aferrado a las viejas prédicas del populismo que nos trajo hasta el 2023.
Hasta ahí, una descripción de la realidad. Legítima. Democrática.
Pero hace unos años se metió un tercer actor que no votamos y que no tiene bandera: el algoritmo.
El algoritmo no opina. No es peronista ni libertario. El algoritmo solo quiere una cosa: que te quedes. Y descubrió que la forma más eficaz de retenerte es enojarte.
Ya no discutimos ideas. El algoritmo nos muestra minuto a minuto, en el feed de TikTok, Instagram, Facebook o X, al peor exponente del otro lado. Nos muestra el recorte más brutal, el insulto más hiriente, la mentira más verosímil. No para informarnos, sino para indignarnos. Y nosotros, sin darnos cuenta, compramos.
Somos ciudadanos que ya no interpretamos la realidad. Interpretamos el algoritmo.
¿Cómo puede ser que una parte de la población no logre ver los cambios profundos que intenta establecer el gobierno para mejorar las condiciones de vida, con datos tangibles y reales? ¿Cómo puede ser que la otra parte esté ciega, defendiendo a capa y espada las mismas prácticas que fundieron al país?
La respuesta es que no estamos viendo el país. Estamos viendo lo que el algoritmo quiere que veamos del otro.
Por eso, en plena campaña, mi propuesta es casi subversiva: Apaguemos el algoritmo.
No digo que cerremos las redes. Digo que las interpretemos. Que entendamos que ese odio que nos contagia a las 8 de la mañana con un video no es espontáneo. Está diseñado. Está programado para que odies.
Si no hacemos ese ejercicio, vamos a perder la capacidad más valiosa que tiene una sociedad para salir adelante: el sentido común. La capacidad de analizar en profundidad el estado real de las cosas, más allá del zócalo furioso.
La Argentina no necesita que el 50% aplaste al 40%. Necesita que el 100% recupere el criterio. Que el que apoya el cambio entienda sus costos sin fanatismo, y que el que defiende el populismo pueda ver su fracaso sin que un video lo haga sentir atacado.
La verdadera batalla cultural no es contra el otro ciudadano. Es contra el sistema que nos hace odiar al otro ciudadano.
Apaguemos el algoritmo un rato. Y volvamos a hablar entre argentinos.








