La nueva batalla política ya no se libra solamente en las calles, los medios o los actos partidarios. También ocurre, silenciosamente, dentro de los teléfonos. Los algoritmos seleccionan buena parte de la realidad que cada usuario recibe y pueden contribuir a profundizar las grietas, alimentar la indignación y convertir diferencias políticas normales en enfrentamientos casi irreconciliables.
Durante mucho tiempo, la política se discutió en las calles, en los medios de comunicación, en los cafés, en las familias y en los espacios públicos.
Hoy buena parte de esa discusión ocurre frente a una pantalla.
Pero hay algo que muchas veces no vemos: lo que aparece en nuestra pantalla no es necesariamente la realidad completa. Es una realidad seleccionada.
Detrás de las redes sociales funcionan algoritmos que observan nuestro comportamiento: qué hacemos clic, qué compartimos, qué comentamos, cuánto tiempo miramos un video o qué publicaciones volvemos a observar.
Con esa información intentan determinar qué contenidos tienen más posibilidades de captar nuestra atención.
Y allí comienza el problema.
El algoritmo aprende de nosotros
Si una persona interactúa constantemente con determinados contenidos políticos, el sistema aprende que ese tipo de información le interesa y comienza a ofrecerle más contenido similar.
No necesariamente porque quiera convencerla de algo.
Simplemente porque eso genera interacción.
El problema es que aquello que más nos atrae no siempre es aquello que más nos ayuda a comprender.
Una explicación equilibrada puede generar poco interés.
Una provocación puede generar miles de comentarios.
Una noticia compleja puede pasar inadvertida.
Una acusación, una burla o una confrontación pueden convertirse rápidamente en contenido viral.
Así se genera un círculo:
vemos algo → reaccionamos → el algoritmo aprende → nos muestra más de lo mismo → volvemos a reaccionar.
Y, poco a poco, nuestra pantalla comienza a parecerse cada vez más a nuestras propias ideas.

La burbuja
Entonces puede suceder algo curioso.
Dos personas que viven en la misma ciudad, atraviesan los mismos problemas y comparten la misma realidad cotidiana pueden terminar viendo dos mundos completamente diferentes en sus teléfonos.
Una persona puede recibir permanentemente contenidos que muestran un país avanzando.
Otra puede recibir contenidos que muestran un país al borde del desastre.
Una puede estar convencida de que determinado dirigente es la solución.
La otra puede estar convencida de que ese mismo dirigente representa una amenaza.
Ambas pueden tener argumentos.
Pero ninguna necesariamente está viendo la totalidad de la realidad.
Están viendo una parte.
Una parte seleccionada por sus intereses, sus comportamientos anteriores y las recomendaciones que recibe.
Cuando la política se transforma en una guerra
Aquí aparece un fenómeno todavía más preocupante.
La discusión política comienza a dejar de ser una confrontación de ideas para transformarse en una confrontación entre personas.
Ya no alcanza con decir:
“No estoy de acuerdo con esa propuesta”.
Se empieza a decir:
“Los que piensan así son ignorantes, corruptos, autoritarios, fanáticos o enemigos”.
La diferencia política se convierte en una cuestión moral.
El adversario deja de ser alguien que piensa diferente y comienza a ser alguien que debe ser derrotado.
Y cuanto más fuerte es la reacción, más posibilidades existen de que ese contenido consiga atención.
La grieta, entonces, deja de ser solamente política.
Se convierte en un modelo de consumo de información.
El algoritmo no inventó la grieta
Esto es importante.
Los algoritmos no inventaron las diferencias políticas, los fanatismos ni las discusiones.
Tampoco convierten automáticamente a una persona en militante de una determinada posición.
Las personas tenemos historia, experiencias, valores, educación, familia y convicciones propias.
Pero los algoritmos pueden hacer algo mucho más sutil:
reforzar aquello que ya pensamos.
Y cuando alguien recibe permanentemente contenidos que confirman sus propias creencias, comienza a ser cada vez más difícil escuchar al que piensa diferente.
No porque el otro necesariamente esté equivocado.
Sino porque dejamos de verlo.
La política después del algoritmo
Este fenómeno adquiere una importancia todavía mayor durante los procesos electorales.
La discusión ya no se produce solamente entre candidatos y partidos.
También existe una disputa permanente por nuestra atención.
Cada publicación compite contra miles de otras.
Cada candidato intenta instalar un mensaje.
Cada militante comparte información favorable a su espacio.
Cada usuario puede convertirse, voluntaria o involuntariamente, en amplificador de una determinada narrativa.
Y en medio de esa enorme cantidad de información aparece una pregunta que deberíamos hacernos cada vez con mayor frecuencia:
¿Estoy pensando esto porque lo analicé o porque lo vi cien veces?
La viralidad no es la verdad
Una publicación que tiene millones de reproducciones no necesariamente es verdadera.
Una opinión que recibe miles de “me gusta” no necesariamente es correcta.
Y una información que confirma exactamente lo que nosotros pensamos tampoco debería quedar automáticamente exenta de ser comprobada.
Ese quizás sea uno de los mayores desafíos de la política contemporánea.
Aprender a desconfiar incluso de aquello que nos gusta escuchar.
Porque resulta muy fácil cuestionar una información que contradice nuestras ideas.
Lo verdaderamente difícil es cuestionar aquella que las confirma.

Recuperar el sentido común
No se trata de demonizar las redes sociales ni de pretender que los algoritmos desaparezcan.
Tampoco de afirmar que las personas somos simples marionetas de la tecnología.
Se trata de comprender cómo funciona el entorno en el que hoy nos informamos.
Leer antes de compartir.
Contrastar.
Buscar otras fuentes.
Escuchar argumentos diferentes.
Distinguir información de opinión.
No confundir indignación con verdad.
Y, fundamentalmente, pensar antes de reaccionar.
Porque una democracia necesita ciudadanos que puedan discutir profundamente y, al mismo tiempo, reconocer que el que piensa diferente no necesariamente es un enemigo.
Quizás la gran batalla política de nuestro tiempo no sea solamente entre izquierda y derecha, oficialismo y oposición, progresistas y conservadores.
También existe otra batalla:
entre el pensamiento crítico y la reacción automática.
Entre la conversación y la grieta.
Entre la duda y la certeza instantánea.
Entre comprender al que piensa diferente y convertirlo en enemigo.
El algoritmo puede mostrarnos una realidad.
Pero todavía tenemos algo que ninguna plataforma debería poder reemplazar:
la capacidad de pensar por nosotros mismos.

Por Alejandro Monzón
