
La reciente publicación de Eduardo “Wado” de Pedro en la red X, donde afirma que “éramos el país con el mejor salario mínimo de Latinoamérica” y que “lo que se buscaba era volver a la mano de obra barata”, no solo reedita un discurso conocido del kirchnerismo, sino que confirma su incapacidad estructural para hacer una autocrítica honesta sobre el daño económico y productivo que dejaron tras casi dos décadas de poder.
La frase no es nueva. Cristina Fernández de Kirchner ya la había pronunciado en 2012, en pleno auge del relato, cuando el cepo, la manipulación del INDEC y el aislamiento internacional comenzaban a mostrar sus primeras consecuencias. Aquella advertencia, presentada como defensa de los trabajadores, terminó siendo el certificado de defunción de la competitividad argentina.
Salarios altos en dólares… en una economía cerrada y ficticia
El kirchnerismo construyó la ilusión de salarios altos desconectados de la productividad, la inversión y el desarrollo real. No fue el resultado de una economía sana, sino de:
- Controles artificiales de precios y del tipo de cambio
- Subsidios masivos financiados con emisión
- Atraso cambiario crónico
- Destrucción del sector privado formal
El resultado fue previsible: empresas que dejaron de invertir, industrias que perdieron mercados, exportaciones estancadas y un país cada vez más caro para producir. Argentina quedó fuera de toda competencia internacional mientras países vecinos —con salarios inicialmente más bajos pero reglas claras— se integraban al mundo y crecían.
El Estado benefactor sobredimensionado como herramienta de control
Lejos de promover el espíritu emprendedor que alguna vez caracterizó al país —impulsado por inmigrantes, pymes y trabajo privado— el kirchnerismo expandió un Estado elefantiásico, no para desarrollar, sino para administrar dependencia.
Durante años se fomentó la idea de que:
- El empleo estatal era sinónimo de estabilidad
- La asistencia permanente reemplazaba al trabajo productivo
- El Estado debía ser el gran empleador y distribuidor
Esa lógica no generó dignidad ni movilidad social: generó clientelismo político, sometiendo a millones de argentinos a la dádiva como forma de control electoral. El “equilibrio” del que hablan terminó siendo un empobrecimiento generalizado, con más del 40% de la población bajo la línea de pobreza.
Corrupción, impunidad y relato
Mientras se sostenía el discurso de la justicia social, la cúpula del poder acumulaba denuncias, causas judiciales y condenas. Cristina Fernández de Kirchner fue condenada en la causa Vialidad en primera instancia, y aún restan resoluciones definitivas en expedientes centrales como la causa Cuadernos, cuyos alcances económicos todavía no han sido completamente determinados.
Hablar de “defensa del salario” sin mencionar:
- La fuga de capitales
- El saqueo sistemático de la obra pública
- El uso del Estado como caja política
no es un error: es una omisión deliberada.
Un país caro, improductivo y aislado
El verdadero legado del kirchnerismo no fue un país con trabajadores fuertes, sino:
- Una economía cerrada
- Inflación estructural
- Pérdida de confianza internacional
- Jóvenes emigrando
- Empresas huyendo o quebrando
Argentina no se volvió “cara” por pagar buenos salarios, sino por no generar riqueza genuina para sostenerlos.
La pregunta que no responden
Si el modelo era tan virtuoso como afirman:
- ¿Por qué aumentó la pobreza?
- ¿Por qué se destruyó el empleo privado?
- ¿Por qué el país perdió peso en el comercio mundial?
- ¿Por qué la inflación se volvió crónica?
La respuesta no está en la “mano de obra barata”, sino en un pensamiento económico anacrónico, más cercano al estatismo ideológico que al desarrollo moderno.
El problema no fue el salario.
El problema fue —y sigue siendo— el modelo.
Lo que no se dice
El kirchnerismo confundió justicia social con control estatal, salario con relato, y soberanía con aislamiento. El resultado está a la vista.
Repetir consignas de 2012 en 2026 no es defensa de los trabajadores: es negación del fracaso.
Análisis Litoral
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