
Durante décadas, una parte importante del esfuerzo productivo de los argentinos fue absorbido por el Estado a través de un mecanismo que se volvió estructural en la economía nacional: las retenciones a las exportaciones. Bajo distintos gobiernos, de distintos signos políticos, ese instrumento terminó funcionando muchas veces como una forma de financiar al aparato estatal a costa del sector que generaba riqueza.
El resultado fue un fenómeno silencioso pero profundo: se fue debilitando el espíritu emprendedor de varias generaciones que crecieron en un país que alguna vez se caracterizó por exactamente lo contrario.
Argentina supo ser, a fines del siglo XIX y principios del XX, un territorio de oportunidades. Un verdadero crisol de razas donde inmigrantes europeos, sirios, libaneses e italianos llegaron con poco más que una valija y la voluntad de trabajar. En ese contexto nacieron miles de emprendimientos: almacenes, talleres, chacras, pequeñas industrias familiares. La movilidad social ascendente era una realidad tangible.
El país premiaba al que producía.
Con el paso de las décadas, ese incentivo se fue erosionando. Las retenciones, los impuestos distorsivos, la burocracia y la cultura del Estado omnipresente comenzaron a cambiar la mentalidad colectiva. En lugar de fomentar la creación de riqueza, muchos sistemas políticos terminaron premiando la dependencia.
La consecuencia fue más cultural que económica.
Se instaló lentamente la idea de que emprender era demasiado riesgoso y que el camino más seguro era depender del empleo público o de estructuras estatales cada vez más grandes. Mientras tanto, los recursos que salían del campo, de la industria y de la producción terminaban diluyéndose en estructuras políticas que pocas veces devolvían ese esfuerzo en infraestructura o desarrollo.
Pero algo empieza a cambiar.
En los últimos años, especialmente con la apertura del comercio digital y las nuevas herramientas tecnológicas, muchos argentinos comenzaron a redescubrir algo que estaba dormido: la capacidad de crear negocios propios.
Importar productos desde Asia, por ejemplo, dejó de ser una actividad reservada a grandes empresas. Hoy cualquier emprendedor puede investigar mercados, detectar oportunidades y desarrollar una idea de negocio desde una computadora.
Y ahí aparece el verdadero cambio de mentalidad.
Muchos creen que importar desde China es simplemente traer productos baratos. Pero en realidad es mucho más profundo: es aprender a identificar oportunidades, entender cómo se construye un negocio y animarse a dar el primer paso hacia algo propio.
El día que alguien comprende eso, ocurre una transformación silenciosa.
Deja de pensar como consumidor y empieza a pensar como empresario.
Cuando esa lógica cambia, las oportunidades comienzan a aparecer en todas partes: en un producto que falta en el mercado local, en un servicio que puede mejorarse, en una idea que nadie había explorado.
Ese es el verdadero motor del emprendedor.
Algo muy parecido a aquella vieja “viveza criolla” que durante décadas caracterizó al argentino que sabía rebuscársela, encontrar soluciones y construir algo desde cero.
Hoy, en un contexto global competitivo, ese fuego interno vuelve a ser imprescindible.
Porque en un mundo donde las economías se integran, donde el comercio es global y donde las barreras tecnológicas son cada vez menores, el país ya no puede darse el lujo de apagar su energía creativa.
Por el contrario, necesita volver a encenderla.
Argentina tiene talento, creatividad y capacidad de trabajo. Lo demostró durante más de un siglo.
La pregunta es si esta nueva etapa logrará devolverle a millones de argentinos la confianza necesaria para volver a emprender, producir y competir.
Porque cuando un país logra que su gente vuelva a pensar como creadora de oportunidades y no solo como consumidora de ellas, algo empieza a cambiar.
Y ese cambio —como suele ocurrir en la historia— comienza siempre por una decisión individual.
Abrir los ojos.
Y animarse primero.

