52,5% de pobreza, una economía sin brújula y una ciudad que parece haber quedado sola frente al abismo
La pobreza en Concordia vuelve a quedar expuesta ante una realidad que ya no admite discursos tranquilizadores ni estadísticas acomodadas. Más de la mitad de su población estaría bajo la línea de pobreza según el último informe atribuido al Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA. Pero detrás del número hay algo todavía más grave: una ciudad que parece no saber exactamente dónde está parada, un Estado municipal que no logra producir indicadores propios confiables y una dirigencia política que, en demasiados casos, parece más preocupada por sacar rédito de la desgracia ajena que por encontrar una salida.
Concordia vuelve a aparecer en el lugar que ninguna ciudad quiere ocupar.
El primero.
El primero entre los aglomerados urbanos con mayor pobreza del país, con un 52,5%, según los datos difundidos a partir del análisis de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC. El dato es brutal porque detrás de ese porcentaje no hay una abstracción estadística: hay familias que no llegan a fin de mes, trabajadores cuyos ingresos no alcanzan, jóvenes que no encuentran oportunidades, comercios que sobreviven con dificultad, empresarios que postergan inversiones y una sociedad que empieza a acostumbrarse peligrosamente a vivir en emergencia permanente.
Y cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a la emergencia, aparece otro peligro: la resignación.
¿Dónde está parada realmente Concordia?
Hay una pregunta que debería ser ineludible para cualquier gobierno municipal: ¿qué está pasando hoy, exactamente, con la economía y la sociedad de Concordia?
Y aquí aparece una de las grandes falencias de la ciudad.
Concordia necesita con urgencia un Observatorio Económico y Social Regional propio, profesional, independiente y permanente, capaz de producir información periódica sobre empleo, desempleo, informalidad, salarios, pobreza, indigencia, actividad comercial, industria, construcción, turismo, inversión, consumo, alquileres, actividad productiva y situación de los hogares.
No alcanza con esperar cada seis meses los números de la EPH.
La EPH es indispensable porque permite comparar a Concordia con otros aglomerados urbanos del país. Pero una ciudad de más de 200.000 habitantes, ubicada estratégicamente en la frontera, con una economía particular y una estructura productiva propia, necesita además su propia radiografía económica y social.
Hoy esa herramienta no parece estar consolidada con la fuerza y la continuidad que Concordia necesita.
Y entonces ocurre algo peligroso: la ciudad discute sobre percepciones, mientras otros discuten sobre datos.
Si los números que surgen de los relevamientos municipales no coinciden con lo que perciben comerciantes, trabajadores, empresarios, productores, profesionales, vecinos y organizaciones sociales, la obligación de cualquier administración no debería ser desacreditar el dato que incomoda, sino preguntarse por qué existe semejante diferencia.
Porque si no sabemos con precisión cuántos empleos se destruyeron, cuántos comercios cerraron, cuánto cayó el consumo, qué cantidad de trabajadores están en la informalidad, qué sectores están creciendo y cuáles se están hundiendo, ¿cómo se puede diseñar una política seria para sacar a Concordia de la pobreza?
Una ciudad sin brújula no puede elegir el camino
El problema no es solamente que Concordia sea pobre. El problema es que lleva demasiado tiempo siendo pobre sin conseguir construir un camino sostenido para dejar de serlo.
Y esto interpela a todos.
Al Municipio, por supuesto.
Concordia necesita respuestas, no dirigentes esperando el fracaso ajeno
La crisis de Concordia no puede ser colocada exclusivamente sobre los hombros de una administración municipal. Interpela también al Gobierno provincial, al Gobierno nacional, a los legisladores, a las universidades, a las entidades empresarias, a los sindicatos, a las organizaciones sociales y, naturalmente, a la propia ciudadanía. Porque la pobreza de Concordia ya no puede seguir siendo utilizada como una bandera partidaria. No es patrimonio del peronismo, pero tampoco es responsabilidad exclusiva de la actual administración. No nació ayer, ni comenzó con el gobierno de turno. Es el resultado de un deterioro que se fue acumulando durante años y que ninguna gestión consiguió revertir de manera sostenida. Pero precisamente por eso, el fracaso de las administraciones anteriores tampoco puede convertirse en una coartada para justificar la inacción del presente.
Y aquí aparece una de las cuestiones más preocupantes: la sensación de que el Ejecutivo municipal no está reaccionando con la velocidad, la imaginación ni la contundencia que la gravedad de la situación demanda. Una cosa es administrar una ciudad y otra, muy diferente, es gobernarla cuando atraviesa una crisis estructural. Gobernar significa anticiparse, tomar decisiones, generar iniciativas, convocar actores, buscar inversiones, abrir mercados, promover empleo y construir herramientas que permitan modificar una realidad adversa. Concordia necesita recuperar su comercio, generar empleo privado, atraer inversiones, desarrollar infraestructura, fortalecer la industria, capacitar trabajadores, simplificar trámites, recuperar el turismo y construir un verdadero plan de desarrollo. Pero, sobre todo, necesita una conducción capaz de salir de la administración cotidiana y comenzar a gobernar con una visión estratégica.
El fracaso de la temporada turística de invierno que acaba de concluir debería haber encendido todas las alarmas. No alcanza con contabilizar que llegaron menos visitantes o atribuir los resultados a la situación económica general. La pregunta que debería hacerse la ciudad es mucho más incómoda: ¿qué estamos ofreciendo, cómo lo estamos ofreciendo, cuánto cuesta venir a Concordia y por qué otras ciudades consiguen captar turistas mientras nosotros seguimos esperando que el visitante llegue casi por inercia? El turismo no se construye con campañas aisladas, declaraciones oficiales ni una agenda de eventos dispersos. Requiere producto turístico, promoción profesional, conectividad, infraestructura, servicios, precios competitivos y una estrategia sostenida en el tiempo. Si una temporada fracasa, lo razonable no es buscar explicaciones tranquilizadoras: es sentarse a analizar qué se hizo mal y qué debe cambiar.

Y todo esto ocurre mientras Concordia vuelve a mirar con preocupación al río Uruguay. La posibilidad de una nueva creciente agrega incertidumbre a una ciudad que todavía no consiguió resolver problemas estructurales de pobreza, empleo, vivienda e infraestructura. Los sectores más vulnerables son, una vez más, los que quedan expuestos ante cualquier emergencia. Por eso no es momento de esperar que el agua llegue para comenzar a reaccionar. Es momento de anticiparse, planificar y preparar respuestas. Una administración moderna no puede gobernar mirando permanentemente por el espejo retrovisor. Tiene que ser capaz de prever escenarios y actuar antes de que la emergencia se convierta nuevamente en tragedia.
Rafaela demuestra que otra realidad es posible
En este punto aparece una experiencia que Concordia debería observar con atención: Rafaela, en Santa Fe. La ciudad desarrolló durante años una política sostenida de generación de información y planificación local a través del ICEDeL —Instituto de Capacitación y Estudios para el Desarrollo Local—, con relevamientos periódicos que permiten conocer su realidad socioeconómica y tomar decisiones sobre la base de datos concretos.
No es un detalle menor. Una ciudad que conoce con precisión lo que le ocurre tiene más posibilidades de intervenir sobre aquello que quiere modificar. Concordia, en cambio, continúa dependiendo en buena medida de las mediciones generales de la Encuesta Permanente de Hogares para saber dónde está parada frente al resto del país, mientras todavía necesita consolidar un sistema propio, permanente y confiable de información económica y social.
La pregunta es elemental: ¿cuántos comercios están cerrando? ¿Cuántos puestos de trabajo privados se perdieron? ¿Cuánto cayó el consumo? ¿Cuál es el nivel real de informalidad? ¿Qué sucede con la construcción? ¿Qué sectores productivos están creciendo y cuáles están retrocediendo? ¿Qué está pasando con los alquileres, el turismo, la industria y la actividad comercial? Una ciudad de más de 200.000 habitantes no debería descubrir cada seis meses su realidad a través de una estadística externa. Debería producir sus propios datos, analizarlos y utilizarlos para gobernar.
Rafaela no tiene por qué ser un modelo para copiar mecánicamente. Pero sí puede ser una referencia. Porque hay una conclusión que debería resultar evidente: una ciudad que no mide sistemáticamente su realidad difícilmente pueda diseñar políticas eficaces para transformarla.
Cuando la desgracia de una ciudad se convierte en una oportunidad electoral
Y mientras Concordia necesita respuestas, aparece otra escena que resulta difícil de digerir: la política empieza a afilar los cuchillos.
Sectores del peronismo que durante décadas tuvieron responsabilidades de gobierno en la ciudad parecen observar ahora las dificultades de la administración actual como si fueran espectadores ajenos a la historia. No deberían. Si Concordia llegó hasta aquí, existe también una responsabilidad política de quienes tuvieron durante años la posibilidad de modificar su rumbo y no lo hicieron.
Pero hay algo todavía más grave: la desgracia de una ciudad no puede convertirse en una oportunidad electoral.
No es momento de “afilarse” esperando el fracaso del adversario. Tampoco de “olfatear sangre” frente a una sociedad golpeada por la pobreza. Porque si Concordia cae, no cae un intendente, ni un partido, ni una gestión: cae la sociedad entera.
Y quienes hoy puedan creer que el deterioro del otro constituye una ventaja política deberían recordar algo elemental: la pobreza no pregunta a quién se votó cuando golpea una puerta. La falta de empleo no tiene partido. El cierre de un comercio no distingue ideologías. Y una familia que no llega a fin de mes no puede alimentarse con el fracaso electoral de su adversario.
¿Dónde están los que vinieron a pedir el voto?
También hay una pregunta que debería llegar hasta Paraná y Buenos Aires: ¿dónde están los legisladores que durante las campañas electorales recorrieron Concordia, estrecharon manos, tocaron puertas, prometieron defender a los entrerrianos y pidieron el voto?
¿Dónde están ahora?
Concordia no necesita fotografías electorales ni visitas protocolares. Necesita gestión. Necesita que sus representantes provinciales y nacionales golpeen puertas, reclamen obras, gestionen inversiones, defiendan infraestructura, impulsen empleo, vivienda, educación, salud, conectividad y desarrollo productivo.
Necesita que quienes llegaron a Concordia a pedir el voto regresen ahora, cuando la ciudad atraviesa una de las situaciones sociales más delicadas del país.
Y que lo hagan no para sacarse una foto, sino para decir con hechos algo que hoy debería convertirse en una obligación política:
“No vamos a dejar sola a Concordia”.
Porque hay momentos en los que una ciudad puede salir adelante utilizando sus propios recursos. Pero también hay momentos en los que la dimensión de la crisis exige que el Estado provincial y el Estado nacional se involucren. Concordia está reclamando ese momento.
AYUDA PARA Y POR CONCORDIA
Esto no debería ser un pedido de limosna. Debería ser un reclamo de política de Estado.
Concordia no necesita que le regalen el futuro. Necesita condiciones para construirlo. Necesita inversión, empleo privado, infraestructura, capacitación, crédito, producción y turismo. Necesita recuperar el comercio y generar un clima que vuelva a hacer posible que un empresario piense en invertir. Necesita que sus jóvenes encuentren razones para quedarse y que el trabajador vuelva a sentir que el esfuerzo puede transformarse en progreso.
Y necesita, fundamentalmente, un proyecto de ciudad que vaya mucho más allá del calendario electoral.
No alcanza con pensar en los próximos cuatro años. Concordia necesita discutir qué ciudad quiere ser dentro de 20 o 30 años. Qué estructura productiva pretende construir, qué industrias quiere atraer, qué infraestructura necesita, qué lugar ocupará en el corredor del río Uruguay y en la región Litoral, cómo generará empleo y cómo evitará que miles de jóvenes sigan viendo en otras ciudades la única posibilidad de construir su futuro.
Concordia no está condenada, pero necesita reaccionar
La pobreza no es un destino inevitable. La historia demuestra que ciudades que atravesaron crisis profundas consiguieron modificar su realidad cuando lograron construir consensos, profesionalizar sus instituciones, generar información propia y sostener políticas de desarrollo más allá de los gobiernos de turno.
Por eso el mensaje no debería ser de resignación.
Concordia todavía puede salir.
Pero para hacerlo primero debe reconocer dónde está.
Si el 52,5% de pobreza señalado por el informe que motiva esta discusión representa la fotografía actual, no sirve esconderla, relativizarla ni maquillarla. Hay que mirarla de frente. Porque negar la pobreza no la elimina. Discutir eternamente las estadísticas no alimenta a una familia. Y culpar al gobierno anterior tampoco crea un puesto de trabajo.
Lo que hace falta es mucho más concreto: datos, diagnóstico, planificación, inversión, empleo y gestión.
Y, fundamentalmente, una dirigencia capaz de comprender que el adversario no es el partido de enfrente.
El adversario es la pobreza.
La falta de oportunidades. La informalidad. La falta de inversión. La resignación. La ausencia de un proyecto colectivo.
Ese debería ser el único enemigo capaz de sentar en una misma mesa a quienes durante años estuvieron enfrentados.
Concordienses: llegó la hora de dejar de mirar desde afuera
Tal vez Concordia haya esperado demasiado de sus dirigentes. Pero también llegó el momento de preguntarse qué puede hacer la propia sociedad.
Comerciantes, empresarios, productores, profesionales, trabajadores, universidades, clubes, organizaciones sociales, instituciones intermedias y vecinos necesitan sentarse alrededor de una misma mesa. No para discutir quién tiene la culpa, sino para discutir cómo se sale.
Porque si cada sector permanece encerrado en su propia realidad, Concordia seguirá descendiendo lentamente por ese abismo de pobreza, falta de oportunidades y desmoralización que amenaza con convertirse en una normalidad que nadie debería aceptar.
Pero si la sociedad comienza a exigir información, resultados, transparencia y un proyecto de largo plazo, puede comenzar otra historia.
El Municipio debe reaccionar. La Provincia debe involucrarse. La Nación debe mirar hacia Concordia. Los legisladores deben volver. El sector privado debe participar. Y la sociedad debe dejar de aceptar como inevitable aquello que nunca debió naturalizarse.
Concordia no necesita compasión. Necesita oportunidades.
No necesita discursos. Necesita decisiones.
No necesita dirigentes esperando el próximo fracaso para sacar ventaja. Necesita dirigentes capaces de trabajar juntos para evitarlo.
Y, sobre todo, necesita que frente a una realidad que ya resulta demasiado dolorosa alguien tenga el coraje político de asumir que llegó el momento de dejar de mirar para otro lado.
AYUDA PARA Y POR CONCORDIA
Porque una ciudad de más de 200.000 habitantes no puede seguir esperando que alguien venga a rescatarla.
Pero tampoco puede ser abandonada a su suerte.
Concordia necesita de todos. Ahora.

Por Alejandro Monzón para https://www.analisislitoral.com.ar/
