
La reciente polémica entre el concejal Felipe Sastre y el contador Álvaro Sierra no es un hecho aislado. Es, más bien, un síntoma. Un síntoma de algo más profundo que atraviesa hoy al gobierno municipal de Concordia: la dificultad —o la decisión— de no escuchar.
El rechazo al pedido de uso de la Banca del Pueblo por parte de profesionales que impulsan la disolución de entes descentralizados expuso algo más que una discusión técnica sobre ordenanzas. Puso en evidencia una actitud. Una forma de ejercer el poder donde la respuesta inmediata es la descalificación, la sospecha o la ironía, antes que el debate de fondo.
Cuando el reglamento reemplaza al diálogo
Nadie discute que las normas deben cumplirse. Pero gobernar no es solo citar artículos. Gobernar es interpretar el clima social, convocar, abrir canales y construir consensos. Y allí es donde el oficialismo local —incluido el propio intendente— parece haber mostrado limitaciones preocupantes.
Se percibe una gestión que, lejos de fortalecer instancias de participación, se encapsula. Que frente a propuestas externas responde con tecnicismos o con sospechas políticas. Que ante planteos legítimos opta por marcar la “ilegalidad” antes que generar una instancia de conversación.
La política no es un expediente administrativo. Es conducción.
La ingenuidad política y la falta de cintura
Distintos episodios en estos primeros meses permiten advertir una constante: decisiones apresuradas, conflictos innecesarios y una dificultad para anticipar escenarios. Esa “ingenuidad política” —si se la quiere llamar así— no es un detalle menor. En ciudades golpeadas por años de desorden administrativo y deterioro estructural, se necesita firmeza, pero también amplitud.
El intendente parecería haber desestimado la importancia de convocar a sectores pensantes de la ciudad. Profesionales, técnicos, referentes sociales y económicos que, con buena intención, se acercaron o se acercan para aportar ideas. La reconstrucción de Concordia no puede depender únicamente del círculo más estrecho del poder.
Después de tanta destrucción heredada de gestiones anteriores, la ciudad necesitaba un plan integral, articulado y ejecutado con rapidez en los primeros 100 días. Ese período —la tradicional “luna de miel”— es cuando se aplican las reformas estructurales con mayor respaldo político y social.
Hoy esa ventana comienza a cerrarse.
La recta final de la luna de miel
Los primeros 100 días no son simbólicos: marcan el ritmo, la impronta y el horizonte de una gestión. Si las medidas estratégicas no se consolidan allí, luego todo se vuelve más complejo. Aparecen resistencias, tensiones internas y desgaste a mas de dos años vista !!.
Concordia atraviesa un momento donde el oficialismo debería estar ampliando consensos, no reduciéndolos. Debería estar integrando voces, no confrontando con ellas. Debería estar generando un acuerdo amplio sobre cómo ordenar entes, reducir déficit y modernizar estructuras.
Porque cuando la gestión entra en su fase de desgaste sin haber consolidado reformas profundas, lo que sigue no es gobernabilidad: es administración de conflictos.
Lo que no se dice
Quizás el problema no sea la ordenanza ni la Banca del Pueblo. Quizás el problema sea la cultura política. Esa costumbre de pensar que escuchar es debilidad. Que dialogar es conceder. Que convocar es perder control.
Nada más alejado de la realidad.
Las ciudades que logran transformarse no lo hacen desde el monólogo del poder, sino desde el diálogo amplio y estratégico.
Hoy ya no alcanza con señalar errores del pasado. La sociedad espera resultados. Y el tiempo político corre más rápido que el calendario.
Porque cuando la leche ya está derramada, no sirve lamentarse. Sirve corregir a tiempo. La pregunta es si todavía se está a tiempo.

Por Alejandro Monzon para https://www.analisislitoral.com.ar/
