
Mientras el mundo compite por inversiones, talento y empleo formal, Argentina sigue discutiendo con categorías del siglo pasado. La defensa automática de un sistema laboral que dejó a millones en la informalidad ya no es épica obrera: es negación política. La verdadera pregunta no es si hay que reformar. Es cuánto tiempo más puede el país sostener un modelo que no genera trabajo.
La pregunta incómoda es simple:
¿Puede Argentina competir con un esquema laboral pensado para otra época?
El mundo cambió (y Argentina no)
En las últimas décadas, la economía global se transformó radicalmente:
- Cadenas de producción fragmentadas.
- Teletrabajo y economía de plataformas.
- Competencia fiscal y laboral entre países.
- Inversión extranjera que compara costos en tiempo real.
Mientras tanto, Argentina mantuvo un sistema con alta litigiosidad, costos indemnizatorios elevados, rigidez contractual y una informalidad que supera el 40%. El resultado es evidente: empresas que no contratan, pymes que temen registrar trabajadores y millones de argentinos fuera del sistema formal.
No es casual que muchas inversiones elijan Uruguay, Paraguay o Brasil antes que nuestro país.
Lo que no se dice
La defensa cerrada del statu quo no protege al trabajador: protege un esquema que ya dejó afuera a millones.
El peronismo histórico construyó derechos laborales cuando el empleo industrial era masivo y el Estado crecía. Pero en los últimos años, bajo gobiernos que se reivindicaron “defensores del trabajo”, la pobreza laboral aumentó, el salario perdió poder adquisitivo y la informalidad se disparó.
El trabajador formal fue asfixiado por inflación y presión fiscal.
El informal quedó directamente excluido del sistema.
Defender una ley que no genera empleo formal no es progresismo: es negación.
Competitividad no es precarización
Aquí aparece el punto central del debate.
Una reforma laboral puede tener dos caminos:
- Flexibilizar sin red de contención → riesgo de precarización.
- Modernizar reglas para fomentar contratación formal, bajar litigiosidad y promover inversión → posibilidad de expansión del empleo.
La clave está en el equilibrio.
Países competitivos no eliminaron derechos básicos. Adaptaron contratos, simplificaron cargas, modernizaron convenios y redujeron la incertidumbre judicial. Eso permitió generar empleo formal en sectores nuevos.
Argentina necesita discutir:
- Sistemas alternativos a la indemnización tradicional.
- Reducción del costo no salarial.
- Modernización de convenios colectivos.
- Regulación clara para economía digital.
- Seguridad jurídica para pymes.
Sin eso, el país seguirá atrapado en la paradoja actual: leyes rígidas que no protegen porque directamente no generan trabajo.
La resistencia sindical
Los gremios temen perder poder. Es lógico. Durante décadas fueron actores centrales del sistema político y económico.
Pero también es cierto que la estructura sindical tradicional representa principalmente al trabajador formal, no al 40% que está en negro.
¿Quién defiende al que nunca entró al sistema?
Esa es la pregunta incómoda que casi no aparece en el debate.
Argentina y el riesgo de estancamiento permanente
Comparar con Venezuela o Cuba no es solo una consigna ideológica. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando un modelo económico se cierra, se vuelve rígido y pierde productividad.
La decadencia no llega de golpe. Llega lentamente, año tras año, cuando la inversión huye, el empleo se estanca y la pobreza se naturaliza.
Argentina ya vivió ese proceso durante la última década: caída del salario real, destrucción de empleo privado y expansión del Estado como único refugio laboral.
Eso tampoco es sostenible.
La discusión de fondo
El verdadero debate no es “derechos sí o no”.
Es cómo garantizar derechos en una economía que funcione.
Sin crecimiento no hay derechos sostenibles.
Sin inversión no hay empleo.
Sin empleo formal no hay sistema previsional viable.
La reforma laboral no es una varita mágica. Pero tampoco es el demonio que algunos describen.
Puede ser una herramienta para salir del estancamiento o puede convertirse en un ajuste social mal diseñado. Dependerá del contenido, del equilibrio y del consenso político que se construya.
Argentina merece una discusión adulta, sin consignas del siglo pasado ni improvisaciones del presente.
La pregunta no es si hay que cambiar.
La pregunta es cómo cambiar sin destruir lo que todavía funciona.
Porque el futuro no espera.
Y el mundo tampoco.
