
El dirigente peronista Miguel Ángel Pichetto volvió a ubicarse en el centro del debate político tras visitar a Cristina Fernández de Kirchner y dejar una frase que encendió tanto apoyos como críticas: “Un presidente no puede estar preso”.
La declaración no fue aislada. Pichetto dejó trascender que imagina, hacia 2027, una estrategia política que remita a la experiencia brasileña de Luiz Inácio Lula da Silva, quien tras haber sido encarcelado regresó al poder en Brasil. La comparación no es casual: en el caso de Lula, la anulación de sus condenas por parte del Supremo Tribunal Federal abrió el camino para su candidatura y posterior victoria electoral.
El gesto de Pichetto reabre varias discusiones simultáneas:
Primero, la judicialización de la política en Argentina y el alcance de las condenas contra exmandatarios.
Segundo, el debate institucional sobre si una figura que ejerció la Presidencia puede —o debe— atravesar procesos penales con eventual prisión efectiva.
Tercero, el reordenamiento del peronismo de cara al próximo ciclo electoral.
Pichetto, con larga trayectoria legislativa y ex compañero de fórmula presidencial en 2019, no habla desde la marginalidad política. Su planteo sugiere que parte del sistema político podría buscar una narrativa de “proscripción” o de “reivindicación histórica”, en espejo con el caso brasileño.
Sin embargo, el contexto argentino es diferente en varios aspectos:
– El estado procesal de las causas judiciales no es idéntico al caso Lula.
– El escenario económico y social condicionará cualquier intento de reconstrucción política.
– El peronismo atraviesa una etapa de fragmentación interna sin liderazgo unificado.
La pregunta que queda abierta es si se trata de una expresión personal, de un tanteo discursivo o del inicio de un movimiento más amplio dentro del peronismo para reposicionar a CFK en el centro de la escena política rumbo a 2027.
En un sistema político atravesado por crisis de representación y desconfianza institucional, la frase de Pichetto no es solo una opinión: es una señal. Y como toda señal en política, anticipa movimientos que todavía no terminan de definirse.
