Lo que deberíamos copiar: el caso Gramado

En el sur de Brasil, en plena Sierra Gaúcha, existe un ejemplo que debería hacernos repensar el modo en que concebimos nuestras ciudades y el turismo: Gramado, una localidad que, con apenas 40 mil habitantes, logró posicionarse como un destino internacional de referencia.

En 2023, la ciudad recibió más de 8 millones de visitantes, una cifra que no solo impacta por el volumen —equivalente a multiplicar por 200 la población local—, sino también porque revela la eficacia de un modelo de desarrollo urbano y turístico que se sostiene en una premisa sencilla pero contundente: la belleza urbana como carta de presentación.

En Gramado, el visitante no se encuentra con un enjambre de cables cruzando el cielo ni con un paisaje urbano desordenado. Al contrario, lo que resalta son sus edificaciones cuidadas, sus jardines prolijos, la decoración temática que varía según la época del año y un detalle fundamental: la estética no está librada al azar, es política pública.

Esto explica por qué muchos ya la llaman “la Orlando sudamericana”. Nuevas inversiones en hotelería, restaurantes y atracciones acompañan un flujo constante de turistas que llegan atraídos por un entorno en el que todo parece pensado para generar impacto visual y comodidad.

Claro está, Gramado no es perfecta. Como bien señalan quienes conocen más allá de la postal turística, la “magia” se concentra en el centro, en torno a la avenida Borges de Medeiros y algunas calles aledañas. El resto de la ciudad tiene realidades más similares al Brasil profundo. Incluso, no hace mucho tiempo, la caída de una avioneta en un barrio puso en evidencia esa otra cara más común, con construcciones modestas y problemas habituales de cualquier ciudad latinoamericana.

Pero lo cierto es que el modelo funciona: el núcleo turístico está cuidado, protegido y explotado con visión estratégica. Y es justamente esa parte la que deberíamos copiar. No se trata de ocultar las dificultades, sino de entender que el turismo necesita un “escenario” y que la inversión en estética urbana no es un lujo, sino una herramienta de desarrollo económico.

La pregunta que queda flotando es inevitable:
¿Por qué ciudades argentinas con tanto o más potencial natural y cultural no logran despegar en la misma medida? ¿Qué nos impide eliminar los cables que arruinan nuestros paisajes, ordenar la cartelería, embellecer las avenidas principales y proyectar una identidad urbana que atraiga a visitantes?

Gramado demuestra que con decisión política, planificación y trabajo articulado entre sector público y privado, se puede transformar una pequeña ciudad en un gigante turístico. El desafío para nosotros es dejar de conformarnos con el “así estamos” y empezar a pensar en el “cómo podríamos estar”.