
La cooperativa láctea más emblemática del país quedó atrapada en un entramado de decisiones políticas, negocios estatales fallidos y una deuda millonaria del régimen chavista que nunca se terminó de cobrar. Más de US$ 18 millones impagos, producción en caída libre y miles de trabajadores pagando el costo de acuerdos que reemplazaron al mercado por la ideología.
SanCor Cooperativas Unidas Limitadas no fue una empresa más dentro del entramado productivo argentino. Durante décadas, fue símbolo de la lechería nacional, orgullo cooperativo y motor económico de vastas regiones del interior. En su apogeo, llegó a procesar más de 4 millones de litros de leche diarios, lideró exportaciones y sostuvo miles de empleos directos e indirectos.
Hoy, ese emblema atraviesa una crisis terminal: producción reducida a mínimos históricos, plantas paralizadas, un concurso preventivo de acreedores y un pasivo que sigue creciendo. Si bien la mala gestión interna y los cambios del mercado explican parte del deterioro, hay un punto de quiebre que todavía incomoda a la dirigencia política: la deuda impaga del Estado venezolano, surgida de acuerdos políticos entre el kirchnerismo y el chavismo.
El acuerdo que nunca fue comercial
El origen del problema se remonta a 2006, cuando SanCor atravesaba tensiones financieras y evaluaba alternativas para capitalizarse. En ese contexto, la cooperativa había avanzado en un acuerdo con Adecoagro, que implicaba el ingreso de capital privado por unos US$ 120 millones.
La operación fue frenada por el entonces presidente Néstor Kirchner, quien impulsó una salida “política” alineada con la estrategia regional del momento: un acuerdo con la Venezuela de Hugo Chávez.
Así nació el convenio con el Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela (Bandes), que otorgó a SanCor un adelanto de US$ 80 millones a cambio de provisión de leche en polvo, asistencia técnica y cooperación por un plazo extendido. La cooperativa utilizó esos fondos para cancelar deudas financieras y evitar la pérdida de control accionario.
El problema no fue el dinero inicial. El problema fue convertir a un Estado en crisis en cliente estratégico, sin garantías reales de pago.
La deuda que nunca llegó
Con el correr de los años, Venezuela pasó a ser uno de los principales destinos de exportación de SanCor. Pero la situación económica y financiera del país caribeño comenzó a deteriorarse aceleradamente. Los pagos se atrasaron, luego se interrumpieron y finalmente quedaron en default.
El saldo: más de US$ 30 millones adeudados, de los cuales una parte se recuperó parcialmente, pero al menos US$ 18 millones nunca fueron cobrados. Exportaciones realizadas, productos entregados, facturas emitidas… y dinero que jamás ingresó.
SanCor reclamó por vías diplomáticas, administrativas y políticas. Ninguna gestión logró destrabar el pago. El acuerdo, que había sido presentado como un “salvataje”, terminó funcionando como un ancla.
Producción en caída y estructura quebrada
Mientras la deuda se acumulaba, la cooperativa comenzó a mostrar señales de agotamiento estructural. La producción diaria cayó de millones de litros a menos de un millón, se vendieron unidades estratégicas para cubrir déficits, se cerraron plantas y se multiplicaron los conflictos laborales.
La falta de liquidez afectó la cadena de pagos, el vínculo con los productores tamberos y la capacidad operativa. El modelo cooperativo, que había sido su fortaleza histórica, quedó desbordado por compromisos financieros asumidos sin respaldo comercial real.
El costo social de una decisión política
La crisis de SanCor no se mide solo en balances. Se mide en trabajadores despedidos, pueblos afectados, tambos cerrados y economías regionales golpeadas. Miles de familias quedaron atrapadas en un derrumbe que no nació únicamente en una mala administración, sino en una decisión política concreta: atar el destino de una empresa privada a la estabilidad de un régimen extranjero en crisis.
Cuando la ideología reemplaza al mercado
El caso SanCor funciona hoy como ejemplo testigo de los riesgos de sustituir reglas de mercado por alineamientos ideológicos. El acuerdo con Venezuela no fue un negocio comercial clásico: fue una apuesta geopolítica que trasladó riesgos estatales a una empresa productiva.
La deuda impaga del chavismo no explica por sí sola el colapso, pero marcó el punto de quiebre. Desde allí, la cooperativa nunca logró recuperar escala, previsibilidad ni competitividad.
Lo que queda
SanCor enfrenta ahora un futuro incierto, con intentos de reestructuración, negociaciones judiciales y un mercado cada vez más concentrado. Pero su historia deja una advertencia clara: cuando la política decide por las empresas y la ideología suplanta al mercado, el costo final no lo pagan los gobiernos, sino los trabajadores y la producción nacional.
