
No es la ropa importada el problema.
El problema es el negocio oscuro que durante años se escondió detrás del discurso de la “industria nacional”, mientras entraban contenedores por el paraná, se falsificaban marcas y se vendía sin impuestos.
hoy lloran los mismos que hicieron fortunas con la intermediación, la evasión y el contrabando tolerado.
¿La industria nacional? ¿El trabajo argentino? Eso es decorado para el discurso, no una prioridad real.
Sí, la ropa es cara. Nadie lo niega.
Pero el debate debería ser cómo achicar esa brecha sin destruir la producción ni los puestos de trabajo, no avanzar alegremente hacia el industricidio mientras se agita la bandera del “consumidor beneficiado”.
Hablemos claro y pongamos las cosas en su contexto.
En estos días, muchos supuestos “empresarios textiles” —sobre todo del Gran Buenos Aires— pusieron el grito en el cielo por la llegada de indumentaria importada. Dicen que el negocio se les volvió inviable. Lo curioso es que ese mismo negocio fue, durante años, extraordinariamente rentable, sostenido más por la intermediación y la evasión que por la producción genuina.

La población no tiene por qué conocer todos los vericuetos, intereses ocultos y trampas de una economía que hoy intenta reacomodarse a una época distinta. Pero en el caso del negocio textil, el silencio también es una estafa.
Gran parte de la ropa que consume la clase media y baja en todo el país no se produce en la Argentina. Tampoco en Paraguay o Bolivia, aunque así se la haga pasar. Esos países no tienen capacidad industrial para abastecer los volúmenes gigantes que circulan en América Latina.
La verdad incómoda es otra:
esa indumentaria proviene mayoritariamente de China, Indonesia y otros países asiáticos. Entra por el río Paraná, apretada en contenedores que pasan frente a los ojos argentinos con una naturalidad obscena.

Una vez en destino, el circuito se bifurca.
O se distribuye “limpia”, sin marca.
O entra en manos del gran mayorista primario, que le agrega un logo, etiquetas truchas y una identidad ficticia.
Después, el recorrido es conocido: Flores, Once, La Salada.
Venta inmediata, precios “competitivos”, cero impuestos, y márgenes de ganancia exorbitantes si se los compara con el costo real de cada prenda.

Existe otro circuito, más prolijo en apariencia, para las marcas conocidas. Pero el esquema de fondo no cambia demasiado: intermediación, opacidad y una rentabilidad que nada tiene que ver con la defensa de la industria nacional.
Este es el verdadero drama de estos días.
No la importación en sí.
No el precio de la ropa.
Sino una cultura criolla sostenida en la viveza del comerciante que hace de la intermediación su forma de “hacer la América”, tal como lo aprendieron muchos inmigrantes que no conocían otra cosa que vender, revender y volver a vender.
Qué país distinto seríamos si hubiera millones de emprendedores con mentalidad productiva, capaces de atender las demandas de un mercado globalizado.
Eso fue lo que entendieron los chinos hace no tanto tiempo: primero inundaron el mundo con productos baratos y de baja calidad; hoy compiten en tecnología, volumen y sofisticación, y disputan el liderazgo económico global.
Acá seguimos discutiendo slogans, mientras el negocio real —el de siempre— sigue pasando en contenedores por el Paraná.
4️⃣Datos duros
– más del 70% de la indumentaria que se comercializa en el país tiene componentes importados directos o indirectos.
– el empleo textil formal viene cayendo desde hace más de una década, incluso en períodos de fuerte proteccionismo.
– los principales polos de venta informal concentran altísimos niveles de evasión fiscal y laboral, lo que explica precios bajos sin necesidad de “competencia desleal importada”.
– países sin gran industria textil, como paraguay o bolivia, funcionan en muchos casos como plataformas logísticas, no productivas.
estos datos no invalidan la necesidad de una industria nacional fuerte. la exponen.
porque sin controles, sin reglas claras y sin producción real, no hay industria que defender: hay relato.
