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“Argentina ordenó la macro. Ahora tiene que demostrar que sabe hacer funcionar la micro”

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Hay algo que la Argentina debería empezar a preguntarse sin complejos y sin prejuicios ideológicos: si fuimos capaces de enfrentar uno de los problemas más difíciles de nuestra economía, ¿por qué no podemos encontrar también una solución inteligente para que la recuperación llegue al bolsillo de los argentinos?

No se trata de negar lo que se ha conseguido. Durante décadas, la Argentina convirtió la inflación, el déficit, la emisión monetaria, el endeudamiento y la inestabilidad cambiaria en una especie de enfermedad crónica. El país se acostumbró a vivir apagando incendios y, en muchos casos, terminó aceptando como inevitable aquello que en otras economías hubiera sido considerado una anomalía.

Hoy el escenario macroeconómico es sustancialmente diferente. La inflación mensual se encuentra en niveles que hace pocos años parecían difíciles de imaginar y las cuentas públicas muestran un orden que durante mucho tiempo fue una excepción. También se recuperaron algunas variables vinculadas con los salarios y la actividad productiva. Son cambios que deben ser reconocidos por cualquier análisis serio, independientemente de las preferencias políticas de quien los observe.

Pero reconocer esos avances no significa cerrar la discusión. Por el contrario, significa abrir la siguiente.

Porque mientras la macroeconomía comienza a mostrar señales de normalización, la economía cotidiana todavía no termina de arrancar. Para millones de argentinos, la sensación continúa siendo que el dinero alcanza poco, que el consumo está restringido y que recuperar un nivel de vida razonable todavía requiere demasiado esfuerzo.

Y ahí aparece el verdadero desafío.

La famosa copa no se derrama sola

Durante años escuchamos hablar de la famosa “teoría del derrame”, como si el crecimiento económico funcionara como una copa que, una vez llena, automáticamente comienza a derramar riqueza hacia todos los sectores.

La economía real es bastante más compleja.

La riqueza necesita mecanismos para circular. Necesita inversión, empleo, salarios que recuperen capacidad de compra, crédito, empresas capaces de producir y vender y consumidores con capacidad para volver a comprar. Necesita, además, un Estado que no absorba mediante impuestos una porción excesiva de los recursos que podrían transformarse en consumo, inversión y producción.

Por eso, la discusión que viene no debería consistir en decidir si hay que abandonar el orden macroeconómico. Todo lo contrario: hay que defenderlo y profundizarlo. Pero al mismo tiempo hay que encontrar la manera de transformar esa estabilidad en una economía que vuelva a moverse desde abajo hacia arriba.

El objetivo debería ser claro: que la recuperación del consumo de los hogares sea una de las próximas grandes prioridades económicas.

No porque consumir sea una virtud en sí misma, sino porque detrás de cada compra existe una cadena económica. Cuando una familia compra un electrodoméstico, arregla su casa, sale a comer o decide viajar, moviliza al comercio, al distribuidor, al fabricante, al transporte, al trabajador y, finalmente, a otra familia que recibe un ingreso.

Cuando el comercio vende, vuelve a comprar. Cuando una empresa vende, puede invertir. Cuando invierte, puede contratar. Cuando contrata, genera nuevos ingresos. Así comienza a formarse el círculo virtuoso que la Argentina necesita.

Por eso, si no hay dinero para “desparramar”, como tantas veces se hizo en el pasado, el desafío es todavía más interesante: crear las condiciones para que el dinero que existe circule más rápidamente por la economía formal.

¿Y si apelamos a la creatividad argentina?

Aquí aparece una característica que los argentinos utilizamos permanentemente como motivo de orgullo y que pocas veces aplicamos a la política económica: nuestra capacidad para encontrar soluciones frente a situaciones complejas.

Los argentinos tenemos científicos, ingenieros, empresarios, emprendedores, productores, técnicos, comerciantes y trabajadores capaces de resolver problemas extraordinariamente difíciles. Muchas veces lo hacemos con pocos recursos y en circunstancias que obligarían a cualquier sociedad a bajar los brazos.

Entonces la pregunta resulta inevitable: si fuimos capaces de enfrentar una macroeconomía que durante años parecía condenada a la inflación y al desequilibrio permanente, ¿por qué no podemos utilizar esa misma inteligencia para resolver la transición entre la estabilidad macroeconómica y la recuperación de la microeconomía?

No se trata de regresar a la emisión descontrolada, al déficit permanente ni a los subsidios destinados a sostener artificialmente el consumo. Tampoco de regalarle a la sociedad una ilusión de bienestar que después termine pagando con más inflación.

Se trata de pensar.

Y, fundamentalmente, de pensar distinto.

Una estrategia integral

El desafío exige una estrategia que combine tres elementos que no deberían ser considerados contradictorios: menor presión impositiva, crédito accesible y mayor inversión y empleo privado.

Reducir la presión tributaria sobre el consumo y el trabajo permitiría que una parte mayor de los ingresos permanezca en manos de familias y empresas. Ese dinero puede convertirse en consumo, inversión o ahorro y, si la actividad aumenta, incluso puede contribuir a ampliar la base sobre la cual se recauda.

Al mismo tiempo, una economía moderna necesita crédito. Una familia debería poder financiar una compra importante sin quedar atrapada en tasas imposibles; una pyme necesita capital de trabajo para sostener su actividad y un empresario necesita financiamiento para invertir y crecer. Sin crédito razonable, la recuperación queda limitada por la capacidad de pago inmediata de cada individuo o empresa.

Pero ninguna de estas medidas será suficiente si no existe inversión productiva y creación de empleo privado. El consumo no puede sostenerse artificialmente si detrás no existe producción. La recuperación genuina necesita empresas que produzcan más, trabajadores que tengan empleos formales y una economía capaz de generar nuevos ingresos sin depender permanentemente del Estado.

Ahí está la verdadera dificultad: hacer que las tres cosas ocurran al mismo tiempo sin romper el equilibrio fiscal que tanto costó recuperar.

La estabilidad no puede ser el punto de llegada

Este debería ser quizás uno de los principales mensajes para el Gobierno. La estabilidad macroeconómica no es el final del camino. Es el piso sobre el cual debe construirse lo que viene.

Era indispensable bajar la inflación. Era indispensable ordenar las cuentas públicas. Era indispensable recuperar credibilidad y terminar con la idea de que todo problema económico podía solucionarse simplemente emitiendo pesos. Pero una vez conseguido eso, la pregunta cambia.

Ya no alcanza con preguntar cuánto bajó la inflación. Hay que preguntar cuánto puede comprar una familia con su salario. Ya no alcanza con mirar el superávit fiscal. Hay que observar cuánto vende el almacén de barrio, cuánto factura el comercio, cuántas casas se construyen, cuántas pymes invierten, cuántos trabajadores consiguen empleo formal y cuántas familias vuelven a tener capacidad de ahorro.

Porque allí, y no solamente en una planilla macroeconómica, es donde una sociedad empieza a sentir que su economía está mejorando.

La Argentina puede hacerlo

Quizás el mayor error sería pensar que para recuperar el consumo hay que abandonar el camino de la estabilidad. No. Hay que demostrar que se puede hacer algo mucho más difícil: mantener la estabilidad y, al mismo tiempo, generar crecimiento.

Mantener el equilibrio fiscal y bajar impuestos. Controlar la inflación y recuperar el poder adquisitivo. Evitar la emisión irresponsable y ampliar el crédito. Reducir el tamaño improductivo del Estado y aumentar el empleo privado. Atraer inversiones y conseguir que esas inversiones produzcan bienes, servicios y trabajo para los argentinos.

No es sencillo. Pero tampoco lo era estabilizar una economía que durante años parecía condenada a repetir las mismas crisis.

Y ahí aparece nuevamente aquello que tantas veces se dice de nosotros: la inteligencia argentina.

Si fuimos capaces de encontrar una salida para la macroeconomía, deberíamos ser capaces de encontrarla también para la microeconomía. Si pudimos resolver lo aparentemente imposible, ahora llegó la hora de demostrar que también podemos resolver lo cotidiano.

Porque la verdadera prueba de una recuperación económica no será solamente que los números cierren. Será que la familia argentina vuelva a sentir que puede comprar, proyectar, invertir, ahorrar y vivir un poco mejor.

La macro puede estar encontrando su equilibrio. Ahora falta que ese equilibrio se convierta en movimiento.

Y para eso no hace falta una nueva receta populista. Hace falta algo mucho más argentino: creatividad, inteligencia, trabajo y coraje para hacer lo que todavía nadie se animó a hacer.

Redaccion : Análisis Litoral

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