
La mayoría de los políticos aún gobierna desde el PowerPoint.
Habitan el mundo de las frases medidas, las promesas recicladas, los discursos defensivos y las escenografías de salón. Explican, justifican, prometen. Se mueven entre telones, bambalinas y acuerdos que nunca se ven.
Javier Milei juega otro deporte.
Y, para muchos —nos guste o no—, otra liga.
El presidente argentino no solo comunica: escenifica. Y cuando un dirigente escenifica con eficacia, deja de transmitir información para producir algo mucho más poderoso: una experiencia. Y las experiencias no se olvidan: se pegan a la memoria como chicle en el zapato.
Una escena vale más que mil argumentos
Hace unos días, Milei subió al escenario del Festival de Jesús María y cantó “Amor salvaje” junto al Chaqueño Palavecino. No importa si gustó, incomodó o indignó. Importa otra cosa: fue un hecho diseñado para no pasar desapercibido.
Aquí empieza lo que incomoda a los puristas:
esto no fue folclore.
Fue comunicación política en estado puro.
No persuasión discursiva, sino algo más profundo: influencia simbólica, esa que atraviesa los filtros racionales y se aloja en la “caja negra” del inconsciente individual y colectivo.
1. La metáfora viva: significar sin explicar
Una metáfora viva no se argumenta.
Se muestra.
El inconsciente no razona: asocia.
No escucha “soy cercano”, ve una escena y completa la conclusión.
No lee “entiendo al país real”, observa un escenario cultural propio y lo da por hecho.
Eso convierte a la metáfora viva en el sueño húmedo del marketing político y del liderazgo contemporáneo: mínimas palabras, máxima carga emocional, reproducción infinita.
Milei demuestra tener un talento singular para este recurso. Y sus adversarios cometen un error recurrente: lo critican sin estudiarlo, lo imitan de forma burda o lo subestiman. Luego se sorprenden cuando la realidad percibida —y votada— los pasa por encima en la mente y en las urnas.
2. Identidad convertida en imagen
La política tradicional intenta construir identidad con consignas gastadas:
“Estoy con la gente”
“Trabajo por la patria”
“Vamos a salir adelante”
Eso suena a folleto.
Una escena bien elegida hace el trabajo sucio sin pedir permiso:
Presidente + folclore + multitud + símbolo cultural
= pertenencia
= arraigo
= “no soy un marciano tecnocrático”
La neurocomunicación y la Programación Neurolingüística lo explican hace décadas: cuando el cerebro observa una escena coherente, rellena los huecos y se apropia del relato como si fuera propio.
Eso se llama influencia. Aunque se la maquille con otros nombres para no incomodar.
3. El sistema mediático vive de momentos, no de ideas
La televisión no quiere pensamiento: quiere clips.
No vive de conceptos: vive de momentos.
Un presidente cantando es oro puro para ese formato: humano, impredecible, polémico, emocional. No necesita ser amado. Alcanza con ser visto.
En una era de atención fragmentada, ganar atención es ganar poder. Así de simple. Aunque los psiquiatras mediáticos de ocasión se indignen y busquen patologizar lo que no comprenden o no controlan.
4. Redes sociales: reacción antes que razón
Las redes no premian profundidad. Premian reacción.
Y esta escena llega con reacciones preinstaladas:
— “Qué grande, es auténtico”
— “Qué papelón”
— “Lo banco”
— “Esto es populismo”
Da igual el contenido del comentario: la interacción alimenta el alcance.
La estructura vence al contenido.
Se corta en 7 a 12 segundos.
Funciona sin contexto.
Produce meme, insulto, fanatismo.
Es exactamente el tipo de contenido que el algoritmo reconoce como “droga dura”. Mientras otros publican textos, Milei deja escenas que se multiplican solas.
5. El reencuadre político: la jugada fina
Aquí está la maniobra más sofisticada.
Milei suele ser encasillado como:
“frío”, “violento”, “elitista”, “tecnocrático”, “anti todo”.
La metáfora viva le permite abrir otro marco:
— “Es argentino”
— “Está con la cultura popular”
— “No le tiembla el pulso”
En política, la identidad percibida pesa más que cualquier Excel, más que encuestas retocadas y más que papers prolijos.
6. Brillante… y peligrosa
La metáfora viva puede ser brillante.
Y también peligrosa.
Brillante, porque atraviesa el ruido de un país saturado.
Peligrosa, porque cuando la política se vuelve escena, el debate se degrada.
Deja de importar qué se hace o cómo se hace.
Importa cómo se ve.
Y ahí entramos en el terreno más manipulable de todos: la guerra de percepciones. El ciudadano ya no pregunta “¿qué propone?”, sino “¿me gusta o me genera rechazo?”. Eso no es deliberación democrática: es tribalización emocional.
Epílogo incómodo
Milei no gobierna solo con decretos y medidas.
Gobierna con metáforas vivas.
Y en un escenario donde las redes ordenan la conversación pública, una escena puede valer más que un plan de gobierno entero. El plan se discute. La escena se propaga.
La pregunta final —inevitable, incómoda, necesaria— queda abierta:
¿Preferís un presidente que te explique…
o uno que te instale imágenes en la cabeza y te haga sentir que ya decidiste?
¿O ambos, si el juego lo permite?
Por : Alejandro Monzón para https://www.analisislitoral.com.ar/
