
LE DESEÉ LA MUERTE A MI MEJOR AMIGO MIENTRAS CAÍA AL VACÍO, PORQUE ÉL CORTÓ MI CUERDA DE SEGURIDAD CON SU CUCHILLO A SOLO 100 METROS DE LA CIMA DEL EVEREST. PENSÉ QUE QUERÍA LA GLORIA PARA ÉL SOLO. CUANDO ENCONTRÉ SU CÁMARA GOPRO ENTRE LA NIEVE TRES DÍAS DESPUÉS, LLORÉ HASTA QUE SE ME CONGELARON LAS LÁGRIMAS.
Estábamos en la “Zona de la Muerte”, a más de 8.000 metros de altura. El oxígeno era escaso y cada paso dolía. Marcos y yo llevábamos entrenando tres años para esto. Éramos como hermanos. Faltaba muy poco para la cima. Yo iba delante, asegurado a la cuerda que Marcos sostenía unos metros más abajo. De repente, sentí un tirón brusco. Me giré. Marcos se había detenido. Me miraba con unos ojos desorbitados, llenos de un terror que nunca le había visto. —”¡Marcos, vamos! ¡No te pares!”, le grité a través de la máscara de oxígeno. Él no respondió. Sacó su cuchillo de escalada. Me miró fijamente, gritó “¡PERDÓNAME!” y, con un movimiento salvaje, cortó la cuerda que nos unía.
Sentí cómo perdía el equilibrio. Sin su contrapeso, resbalé. Caí rodando unos 20 metros hacia abajo, golpeándome contra el hielo, hasta que aterricé milagrosamente en una pequeña grieta natural, una especie de cueva en la pared de la montaña. Me rompí dos costillas, pero estaba vivo. Desde mi agujero, grité de rabia. —”¡Maldito seas, Marcos! ¡Querías la foto de la cima solo para ti! ¡Me has intentado matar!”. Estaba convencido de que, al ver que yo iba más lento, decidió deshacerse de mi peso para llegar a la cumbre y bajar antes de que anocheciera. Pasé la noche más fría de mi vida en esa grieta, odiándolo, planeando mi venganza si sobrevivía.
Al amanecer, el temporal amainó. Salí de la grieta con dificultad. Miré hacia arriba, hacia donde estaba Marcos cuando cortó la cuerda. No había nada. No estaba Marcos. No estaba el sendero. No estaba la cima. Toda la cara norte de la montaña, justo donde yo estaba parado segundos antes de caer, había desaparecido. Una avalancha silenciosa de placa de viento se había desprendido.
Bajé la montaña como un zombi, solo. A unos 500 metros más abajo, vi algo brillante semienterrado en la nieve. Era el casco de Marcos. Y su cámara GoPro todavía enganchada. Al llegar al campamento base, conecté la cámara con manos temblorosas. Necesitaba ver qué pasó.
El video lo explicaba todo. En la grabación se veía mi espalda subiendo. De repente, se oye un crujido sordo, como un trueno profundo. Marcos mira hacia arriba y hacia los lados. La cámara capta lo que yo no podía ver por estar de espaldas: una grieta gigantesca abriéndose silenciosamente en la nieve justo encima de nosotros. Una pared de hielo del tamaño de un edificio estaba a punto de colapsar y barrernos a los dos. Marcos calculó en un segundo. Si él me gritaba, yo intentaría correr, pero la avalancha nos alcanzaría a los dos. Estábamos atados. Si la nieve lo golpeaba a él, me arrastraría a mí también al abismo. Su única opción para salvarme era desconectarme. En el video se ve cómo él mira hacia una grieta segura más abajo (donde yo caí). Corta la cuerda sabiendo que el impulso me haría caer hacia esa zona segura, lejos de la trayectoria del alud. El video termina con él gritando “¡Perdóname!” mientras corta la cuerda. Un segundo después, la imagen se vuelve blanca y se escucha el estruendo del hielo tragándoselo.
Él no me cortó para subir. Me cortó para que yo no bajara con él al infierno. Me empujó a la vida y se quedó solo para recibir el golpe de la montaña. Hoy soy el hombre que conquistó el Everest en los registros, pero en realidad, solo soy el superviviente de la lealtad más alta del mundo.
Reflexión Profunda para llevar:
A veces, quien te “suelta” te está salvando de la caída.
En la vida, hay relaciones o situaciones que se rompen abruptamente. Nos sentimos traicionados, abandonados, “cortados”. Gritamos porque nos duele la caída. Pero no tenemos la perspectiva completa. No vemos la avalancha que venía detrás. Esa persona que te dejó, ese socio que rompió el contrato, ese amigo que se alejó… tal vez vio un desastre inminente que tú ignorabas y, al cortar el vínculo, evitó que el daño te arrastrara a ti también. El dolor de la caída es temporal; la gratitud por seguir vivo debería ser eterna.
