
Una escena llamativa y poco frecuente se volvió viral en las últimas horas: trabajadores brasileños, en un contexto informal y lejos de cualquier acto partidario, manifestaron una devoción abierta y espontánea hacia el presidente argentino Javier Milei. Cantos, gestos de admiración y referencias directas a su figura política aparecen en el video que circula en redes y que sorprende tanto por el escenario como por el perfil social de sus protagonistas.
No se trata de militantes rentados ni de un armado comunicacional clásico. El registro muestra a integrantes de la clase trabajadora brasileña expresando simpatía por un mandatario extranjero, algo inusual en una región históricamente atravesada por discursos nacionalistas y por liderazgos de signo estatista o progresista. El dato no es menor: Milei despierta adhesiones incluso fuera de las fronteras argentinas y, sobre todo, en sectores populares que durante décadas fueron considerados patrimonio exclusivo de la izquierda regional.
El fenómeno interpela varios prejuicios instalados. Primero, que las ideas de ajuste fiscal, reducción del Estado y confrontación con la “casta política” solo seducen a sectores medios o empresariales. Segundo, que la clase trabajadora latinoamericana es refractaria a los discursos antisistema cuando estos no provienen del progresismo tradicional. El video parece mostrar lo contrario: hay un hartazgo transversal con la política clásica y una búsqueda de liderazgos disruptivos que prometan orden, previsibilidad y ruptura con estructuras que ya no ofrecen movilidad social.
En Brasil, donde el debate político sigue fuertemente polarizado entre el lulismo y el bolsonarismo, la figura de Milei aparece como un actor externo que encarna una rebeldía distinta: la del ajuste brutal presentado como sinceramiento, la del Estado mínimo como promesa de libertad y la del discurso frontal como antídoto frente a la corrupción estructural. Que ese mensaje cruce fronteras y encuentre eco en trabajadores es, cuanto menos, un dato político a observar con atención.
Más allá del entusiasmo circunstancial, la escena funciona como termómetro regional. Milei no solo gobierna Argentina: su narrativa empieza a circular como símbolo de una reacción social más amplia frente al fracaso de modelos económicos repetidos durante décadas. La pregunta abierta es si esta devoción espontánea es apenas una curiosidad viral o el anticipo de un cambio de clima ideológico en América Latina.
