
El perfil “técnico y federal” que algunos intentan construir alrededor de Guillermo Michel no puede analizarse en el vacío. Mucho menos cuando su trayectoria política y administrativa aparece estrechamente ligada a Sergio Massa, uno de los dirigentes más camaleónicos y cuestionados del sistema político argentino en las últimas dos décadas.
Massa no es un actor neutral ni un recién llegado: fue jefe de Gabinete del kirchnerismo, intendente del conurbano, opositor furioso al kirchnerismo, aliado estratégico de Cambiemos en votaciones clave, y finalmente ministro de Economía de Alberto Fernández con el aval pleno de Cristina Kirchner, en uno de los períodos de mayor deterioro económico, inflacionario y social desde 2001. Esa plasticidad política —que algunos llaman pragmatismo— para otros constituye oportunismo estructural, con costos concretos para la credibilidad institucional.
Durante su gestión económica, Massa dejó índices récord de inflación, aumento de la pobreza, expansión del endeudamiento interno, controles discrecionales, parches de corto plazo y una dependencia creciente de financiamiento externo no tradicional. Todo ello mientras se presentaba discursivamente como el “ordenador” de una economía que nunca logró estabilizar. Ese prontuario político no desaparece por decreto ni se diluye porque algunos medios decidan hablar de “reconfiguración” o “nueva etapa”.
Michel y la Aduana: tecnocracia, poder y silencios incómodos
En ese esquema, Guillermo Michel carga con una mochila que no es menor: su paso por la Dirección General de Aduanas, un organismo históricamente atravesado por denuncias de subfacturación, contrabando, discrecionalidad y presión política, incluso antes de su gestión. Si bien Michel no enfrenta condenas judiciales, tampoco puede presentarse como ajeno a un sistema bajo sospecha permanente, ni desligarse del entramado de poder que lo llevó a ese cargo.
La Aduana fue, durante los años de Massa como ministro, una herramienta clave del control económico, con criterios poco transparentes para importaciones, exportaciones y fiscalización. En ese contexto, resulta legítimo preguntar:
- ¿Qué balance real puede exhibirse de su gestión en términos de transparencia y control efectivo?
- ¿Qué responsabilidades políticas se asumen por un esquema económico que fracasó rotundamente?
- ¿Puede un exfuncionario central de ese engranaje erigirse hoy como rostro de una “agenda productiva” sin una autocrítica explícita?
Créditos, alivio financiero y la memoria corta
El proyecto de créditos vía ANSES para cancelar deudas privadas aparece, en el papel, como una iniciativa sensible frente al endeudamiento de las familias. Sin embargo, el endeudamiento masivo de jubilados y trabajadores no es un fenómeno espontáneo, sino consecuencia directa de años de inflación descontrolada, licuación salarial y políticas económicas erráticas, muchas de ellas impulsadas o sostenidas por el mismo espacio político que hoy propone el “alivio”.
Aquí surge otro interrogante incómodo:
¿No es este tipo de proyectos una respuesta tardía a un problema que el propio peronismo gobernante ayudó a crear?
Un peronismo que dice correrse, pero no rompe
El intento de mostrar a Michel como parte de un peronismo “deskirchnerizado” o “federal” también merece una lectura más cuidadosa. No hay ruptura real con Unión por la Patria, no hay cuestionamiento explícito al liderazgo de Cristina Kirchner, ni una revisión profunda del fracaso electoral y de gestión. Lo que se observa, más bien, es una reubicación táctica, un corrimiento discursivo para sobrevivir en un nuevo clima político.
En ese sentido, el armado transversal con figuras como Pichetto o De la Sota puede leerse menos como renovación ideológica y más como reacomodamiento defensivo de un sistema político en retirada, que busca nuevos ropajes sin saldar cuentas con su pasado inmediato.
Lo que queda por responder
Guillermo Michel podrá construir proyectos, sumar firmas y mostrarse activo en el Congreso. Pero mientras no se expliquen con claridad sus vínculos políticos, sus responsabilidades de gestión y su pertenencia a un esquema que dejó a la Argentina en crisis, cualquier intento de presentarlo como figura emergente del “nuevo peronismo” quedará incompleto.
Porque en política, el silencio sobre los antecedentes también es una forma de posicionamiento. Y porque ninguna reconfiguración es creíble si no empieza por hacerse cargo de lo que se hizo —y de lo que se evitó decir— cuando se tuvo poder real.
