
La caída de Nicolás Maduro marca un quiebre histórico en América Latina y devuelve la esperanza a un pueblo sometido durante años por la represión y la miseria.
La caída de Nicolás Maduro no es un hecho aislado ni un simple cambio de nombres en el poder.
Es la derrota política y moral de uno de los regímenes más autoritarios y corruptos que sufrió América Latina en las últimas décadas.
Se termina un ciclo de opresión, hambre y persecución que devastó a millones de venezolanos y los empujó al exilio, al silencio o a la pobreza extrema.
En este contexto histórico, Mauricio Retamar, referente político comprometido con la defensa irrestricta de la libertad y la república,
celebró el fin del madurismo como “una señal inequívoca de que ningún régimen puede sostenerse eternamente cuando gobierna contra su pueblo”.
Sus declaraciones expresan el sentir de millones que durante años denunciaron los abusos, mientras muchos preferían mirar para otro lado.
“La caída de Maduro no es una intervención ideológica ni una revancha partidaria:
es el triunfo de la dignidad humana sobre la tiranía”, sostuvo Retamar, subrayando que el daño causado por el chavismo
no fue solo económico, sino profundamente institucional y cultural.
Durante años se intentó justificar lo injustificable.
Se relativizaron violaciones a los derechos humanos, se negó el hambre, se romantizó la represión.
Hoy la realidad se impone con contundencia: no existen dictaduras buenas ni autoritarismos aceptables,
sin importar el relato con el que se los disfrace.
La salida de escena de Nicolás Maduro abre una oportunidad histórica para reconstruir Venezuela desde la libertad,
con instituciones fuertes, elecciones libres y un Estado al servicio de los ciudadanos y no de una casta enquistada en el poder.
Como afirmó Mauricio Retamar, este momento debe servir de advertencia para toda la región:
los pueblos pueden ser sometidos por un tiempo, pero la historia siempre termina alcanzando a los tiranos.
Hoy no gana un sector político. Hoy gana la libertad.
