
Mientras gran parte del empresariado argentino atribuye sus dificultades exclusivamente al costo laboral, la apertura económica y la caída del consumo también dejaron al descubierto un problema menos mencionado: la incapacidad de adaptarse a las reglas de la competitividad global. La experiencia de Mercado Libre funciona como contraste elocuente. La compañía logró expandirse con éxito en América Latina, invertir en logística, tecnología y marketing, leer anticipadamente los cambios en los hábitos de consumo y ahora explora nuevos nichos de mercado con proyección hacia Europa. En un escenario de competencia abierta, el caso demuestra que no todo se explica por salarios o impuestos, sino por estrategia, innovación y capacidad de escalar modelos de negocio. La reforma laboral aparece así como una condición discutida, pero no suficiente, frente a un mundo empresario que enfrenta el desafío de reinventarse o quedar fuera de juego.
El duro enfrentamiento del Gobierno con el grupo Techint dejó un mensaje claro: la apertura económica no tiene marcha atrás. Aun con evidencias de sobreoferta global de acero y presiones chinas para liquidar stock a cualquier precio, la posibilidad de avanzar en denuncias por dumping es prácticamente nula. Techint perdió una licitación clave por ofertar un 40 por ciento más caro, empató luego el precio ganador y aun así el consorcio privado decidió respetar la oferta inicial. La señal fue contundente incluso para los grandes jugadores: competir ya no es negociar reglas, sino adaptarse a ellas.
Este escenario se replica en todos los sectores de bienes transables. Autos chinos ganan mercado, las plataformas internacionales modificaron hábitos de compra y la indumentaria, el calzado y la electrónica enfrentan una competencia directa que deja al descubierto falencias históricas en diseño, comercialización, logística y atención al cliente. Durante años, muchas empresas trasladaron ineficiencias al precio final sin invertir en profesionalización, marketing digital o lectura de tendencias. Hoy ese esquema dejó de funcionar.
La apertura económica era necesaria tras décadas de cepos y controles extremos que derivaron en corrupción estructural, especialmente durante el último gobierno de Alberto Fernández. Importar implicaba pagar coimas por permisos y por acceso a dólares. El levantamiento de esas trabas saneó el sistema, pero también pasó factura. La industria manufacturera está un 12 por ciento por debajo del año pasado y la construcción continúa muy lejos de los niveles previos al cambio de gobierno. Ambos sectores son intensivos en empleo, lo que impacta de lleno en el mercado laboral. El comercio mayorista y minorista, otro pilar del empleo formal, también cae cerca de un 6 por ciento interanual.
La presión sobre los márgenes es generalizada. Algunas empresas ya operan en rojo y otras apenas sobreviven. La necesidad de vender obligó a bajar precios y competir de verdad. En rubros como línea blanca, las caídas llegaron al 25 por ciento en términos reales. Mientras algunos segmentos como autos o electrodomésticos repuntaron por financiamiento y precios, el consumo masivo sigue deprimido, condicionado por la caída del salario real.
Domingo Cavallo coincidió con el Gobierno en que la remonetización vía compra de reservas es el camino más sólido para la reactivación, aunque admitió que el efecto no se siente aún en la calle. La inflación desacelera, pero sigue por encima del 2 por ciento mensual, y las tasas altas junto con la apreciación cambiaria agregan presión sobre empresas con rentabilidades cada vez más ajustadas.
En este contexto, la reforma laboral aparece como la gran apuesta empresaria. La consigna es nivelar la cancha frente a países con impuestos más bajos y esquemas laborales más flexibles. Patricia Bullrich, Manuel Adorni y Diego Santilli encabezan la estrategia política para lograr su aprobación en el Congreso. Pero incluso si la reforma avanza, persiste una preocupación central: la industria del juicio, con récord de litigios, fallos millonarios y abusos en licencias laborales.
El debate de fondo sigue abierto. La pregunta no es solo si el costo laboral es alto, sino si el empresariado está dispuesto a competir en serio, incorporando innovación, marketing, eficiencia y comprensión del nuevo consumidor, o si volverá a apostar únicamente a cambiar reglas sin transformar prácticas.
AM para Análisis Litoral
