La muerte de un hijo recién nacido es uno de los dolores más desgarradores que puede atravesar una madre. Pero en Feliciano, ese dolor se transformó en indignación, perplejidad y bronca cuando, en pleno velorio, la familia descubrió que el cuerpo entregado por el Hospital Masvernat de Concordia no era el de su bebé.
El hecho parece salido de una pesadilla. Una mujer de la zona rural de Feliciano dio a luz el 13 de agosto en el Masvernat. Días después, la criatura falleció en circunstancias todavía no esclarecidas. La tragedia ya era insoportable. Pero lo inimaginable ocurrió en la despedida: el cuerpo entregado para el sepelio tenía signos de congelamiento y, aún más perturbador, conservaba el cordón umbilical intacto, cuando al niño de la madre se lo habían cortado al nacer.
Ese detalle, que a cualquier profesional de la salud debería resultarle obvio, fue el disparador para que la madre, en medio del dolor, gritara lo que nadie quería escuchar: “Ese no es mi hijo”.
Una herida social que va más allá de una familia
Lo que ocurrió en Feliciano no es una mera “confusión administrativa” ni un error burocrático. Es la evidencia de una falla estructural en el sistema de salud, que no solo vulnera derechos básicos, sino que también deshumaniza a quienes más necesitan cuidado.
Un hospital de referencia regional como el Masvernat debería ser garantía de seriedad y contención. Sin embargo, en este caso dejó a una familia doblemente marcada: por la pérdida irreparable de un hijo y por la sospecha de que el cuerpo entregado pudo haber sido manipulado, mal identificado o, peor aún, intercambiado.
Antecedentes que golpean la memoria
El episodio no es aislado. En Jujuy, en 2017, una familia denunció que recibió el cuerpo equivocado de su bebé fallecido. En Misiones, en 2019, otro hecho similar obligó a abrir sumarios internos. Estos casos tuvieron un denominador común: protocolos fallidos, negligencia y una burocracia fría que trata a los cuerpos como números de expediente, olvidando que detrás de cada tragedia hay padres, madres, abuelos, hermanos.
Hoy le tocó a Entre Ríos. Y la pregunta inevitable es: ¿cuántas veces más deberá repetirse este horror para que el Estado asuma la urgencia de revisar, auditar y garantizar protocolos mínimos de respeto a la vida y la muerte?
Una sociedad que no puede naturalizar lo intolerable
La Justicia ya intervino, tomó la denuncia y ordenó medidas sobre el hospital y el cuerpo entregado. Pero los tiempos judiciales, que suelen ser lentos y engorrosos, difícilmente estén a la altura del clamor social. Aquí no se trata solo de encontrar culpables individuales: se trata de revisar un sistema que ha perdido sensibilidad, que maneja nacimientos y muertes con la misma lógica fría de un trámite burocrático.
En este punto, la comunidad debe alzar la voz. Porque lo que hoy le pasó a esta familia de Feliciano, mañana le puede pasar a cualquiera. El dolor de una madre no puede ser administrado como un expediente, ni el cuerpo de un bebé tratado como una cosa intercambiable.
La indignación como motor de cambio
El caso Masvernat debería encender todas las alarmas. No solo en Entre Ríos, sino en todo el país. Si el sistema de salud falla en el momento más vulnerable de la vida –el nacimiento y la muerte–, ¿qué nos queda esperar en el resto de las instancias?
La sociedad no puede resignarse a convivir con el horror como si fuera parte del paisaje. La confusión de un cuerpo no es un error administrativo: es una afrenta ética, un golpe directo a la dignidad humana.
El tiempo dirá si la Justicia encuentra responsables. Pero la pregunta que queda flotando, y que interpela a todos, es brutal: ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI una madre tenga que reclamar por el cuerpo correcto de su hijo muerto?
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