Tambalea el gobierno Y un buen día, Guzmán renunció

Ayer la Argentina política se conmovió con la renuncia de Martín Guzmán. Si bien se trataba de una especie de “Crónica de una muerte anunciada” -varias veces en esta misma columna anticipamos esa posibilidad inminente-, la puesta en escena resultó conmocionante.

Mientras que la Argentina política esperaba con cierta ansiedad la respuesta de Cristina al ataque frontal de Alberto del día anterior en el acto de la CGT, Guzmán publicó en su cuenta de Twitter la novedad de su dimisión, acompañándola del texto completo de siete carillas, algo más breve del racconto de Matías Kulfas de pocos días atrás, pero muy similar en su estilo y sus reproches.

El miércoles pasado ya había aparecido una señal de alerta, cuando el entonces ministro de Economía pegó el faltazo a una reunión de gabinete, en el que todos esperaban escuchar su estrategia anti-inflación. Tampoco fue de la partida Alberto Fernández, quien viajó a Jujuy para visitar a Milagro Sala. Un rato después, la cartera anunció que Guzmán viajaría el 7 de julio a Francia para iniciar la renegociación de la deuda con el Club de París.

Para entonces, la coraza de Guzmán había comenzado a chorrear sangre. La renuncia de Kulfas lo había dejado prácticamente aislado, sin otro apoyo que el del presidente. Y todos saben a cuánto cotiza la lealtad de Alberto Fernández. Su otro respaldo, el FMI, le había premiado aprobando la primera revisión, pero exigiendo una serie de ajustes que el sistema político no podría aplicar sin correr el riesgo de volar por los aires, sobre todo en lo referido al congelamiento de los salarios estatales, la rebaja de jubilaciones y la quita de subsidios a la energía.

Cuando se multiplican las dudas sobre el cumplimiento del acuerdo por parte de nuestro país, no iba a permitir el Fondo que Guzmán –su “hombre” en el gobierno argentino- tuviera que ponerse a la cabeza de la rebelión. Por el contrario, le espera una exitosa carrera en la entidad internacional, y decenas de conferencias sobre la cuestión de la deuda externa a lo largo del planeta.

El ex ministro de Economía eligió el momento preciso para hacer daño: un sábado por la tarde, mientras que Cristina volvía a ensañarse con Alberto Fernández desde el estrado. Con el paso de las horas se verían las primeras reacciones: en los mercados paralelos que cotizan 24 x 7, el dólar blue escaló a 270 pesos. No resulta nada arriesgado esperar que esa suma se supere el inicio de semana, en caso de que no se decrete un feriado bancario y cambiario.

En su texto de renuncia, Guzmán da cuenta de que “desde el día en que los argentinos y las argentinas percibimos que usted podía llegar a ser el presidente de la Nación, busqué ser su ministro de Economía” y define esas jornadas iniciales del gobierno como “tiempos muy difíciles”, en que “sentía que mi responsabilidad con la patria, con mi pueblo y con mi familia era aportar a la construcción de una salida a la crisis económica que vivía el país”.

La primera frustración llegó en seguida: “La primera vez que le hablé a la Argentina como ministro de Economía de la Nación, conté que nuestro objetivo era tranquilizar la economía. Puede que a varios ese concepto no les genere demasiado entusiasmo, pero a mí siempre me pareció (y me parece) que tranquilizar la economía constituiría una verdadera épica”, señala.

“Una condición necesaria era resolver el problema de las deudas externas insostenibles, que agobiaban tanto al estado como a la Argentina toda. Ese era un punto de partida. Una condición necesaria, no suficiente, para sacar al país del sendero recesivo con destrucción de puestos de trabajo y de empresas por el que venía transitando, y retomar una senda de progreso económico y social”, sostiene.

Pero en los últimos días, la presión sobre Guzmán se había profundizado, tanto desde los mercados como del ala kirchnerista del gobierno. Cristina Fernández denunció en un duro discurso un “festival de importaciones” y, el lunes siguiente, el ministerio de Economía y el Banco Central reaccionaron el lunes instaurando una suerte de supercepo a las importaciones que multiplicó las presiones sobre el dólar y llevó al riesgo-país por encima los 2.400 puntos básicos. Un nivel prácticamente de default.

Con el supercepo el Banco Central incrementó sus reservas en más de 1.000 millones de dólares, una de las metas requeridas para el segundo trimestre por el  acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Pero el costo de alcanzar esa meta fue altísimo. Los precios internos subieron más del 20 por ciento, el malestar se extendió entre los industriales y la desvalorización de los ya flacos bolsillos de la mayoría de los argentinos se incrementó.

En simultáneo, llegó otro anuncio:  Andrés Larroque, ministro de Desarrollo Social bonaerense y vocero de La Cámpora y del kirchnerismo, anunció que se había acabado “la etapa de la moderación”.

Cumplidas así las metas con el FMI e imposibilitado de garantizar las próximas, Guzmán pegó el portazo. Dejó a mitad camino la cuestión de la segmentación de tarifas, no se preocupó jamás por atacar el gravísimo problema de la inflación y la incredulidad y la decepción se convirtieron en la actitud prevaleciente entre la gran mayoría de los argentinos.

Con el paso de las horas, la incertidumbre creció. Circularon rumores de todo tipo, algunos más consistentes que otros, respecto del rechazo de los consultados para suceder al ministro de Economía. Habrían expresado su negativa Martín RedradoEmmanuel Alvarez AgisMercedes Marcó del Pont y Cecilia Todesca. Nadie quiere ser designado en solitario por un presidente que no utiliza la lapicera y, cuando lo hace, no está dispuesto a sostener lo que firma.

¿Habrá llegado finalmente la hora del “superministerio” para Sergio Massa? ¿Cómo reaccionaría Daniel Scioli en ese caso? ¿Se animará Alberto a dar un giro a la derecha, convocando a Carlos Melconian? En todo caso, ¿sirve de algo designar a un funcionario, sin un plan coherente que goce del respaldo de líderes del Frente de Todos, gobernadores, intendentes, sindicalistas y empresarios?

Hasta antes de la renuncia, se juzgaba que un ajuste era inevitable. La duda era si lo sería a la Fabregat –acotado y ordenado-, o a la Celestino Rodrigo –sin plan, impuesto por el mercado y con gravísimas consecuencias sociales.

Los próximos días estarán caracterizados por la tensión, las denuncias cruzadas y la dificultad para equilibrar a un gobierno en el que se esperan nuevas renuncias inminentes. Tal como lo afirmamos desde este medio días atrás, vienen jornadas gravísimas y decisivas para la Argentina.

¿Conseguirá Alberto Fernández mantenerse en su cargo?

 

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