Primero Ucrania y ahora Taiwán

Ya se ha desvelado que finalmente Nancy Pelosi, la intrigante presidenta de la House –la Cámara de Representantes de los Estados Unidos–, equivalente a nuestro Congreso de los Diputados, y al igual que aquí y por lo mismo, tercera autoridad del país, ha incluido Taiwán en su gira por el Extremo Oriente asiático que comenzó por Singapur, e incluye, Malasia, Corea del Sur y Japón.

Con Pelosi al frente de una delegación parlamentaria, esa visita ha puesto el foco informativo en el contencioso político latente entre la China continental comunista y Taiwán, la isla de 23 millones de habitantes, de la que le separa el estrecho de Formosa, y que data de 1949 cuando triunfó la revolución comunista de la mano de Mao Tse Tung tras 22 años de guerra civil. El líder comunista Xi Jinping había reiterado a Biden que «EEUU jugará con fuego si esa visita se produce» por considerarla una violación de su integridad territorial.

Planteadas así las cosas, parecería que Biden se encontraba ante una coyuntura en la que cualquier decisión iba a ser lesiva para sus intereses, ya que si Pelosi no hubiese aterrizado en la isla –como así ha sido–, dañaba la reputación norteamericana y su imagen presidencial quedaba muy deteriorada– y al hacerlo, una grave crisis está asegurada. Es tan elemental el planteamiento que resulta difícil eludir la posibilidad de una provocación calculada por parte de Washington, y en esta hipótesis, preguntarse acerca de qué beneficio se extrae de esta escalada de tensión.

Como era de esperar, Rusia ya ha acusado a EEUU por lo que considera una iniciativa hostil, no pudiendo desvincularse la actual situación de lo que sucede en Ucrania desde hace más de cinco meses, y las consecuencias económicas, energéticas y alimentarias, provocadas en todo el mundo. A estos efectos, no se debe olvidar el pacto sellado en Pekín, entre Putin y Xi Jinping unos días antes del comienzo de la «Operación militar limitada» en Ucrania, como tampoco la fundación del AUKUS, versión de la OTAN en la región indo pacífica entre Australia, el Reino Unido y los EEUU que le precedió, y que fue duramente replicada por Pekín como una iniciativa hostil.

Tal parece –y no es un ejercicio de conspiraciones– que exista un deliberado interés en resucitar los dos bloques geopolíticos, económicos y militares, que se creyó desaparecieron con el final de la guerra fría, y además elevar la tensión militar entre ellos. Con la UE de convidada de piedra en todo este escenario pese a sus 450 millones de habitantes y su PIB.

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