Post elecciones: Alberto Fernández, el exterminador, y la Argentina que viene

Convirtió a la figura del presidente –en un país presidencialista- en objeto de escarnio público. Las expectativas que generó en la segunda mitad de 2019 quedaron convertidas en polvo en el viento. La sociedad no espera de él más que nuevos fracasos y está convencida de que, mientras continúe en el gobierno, nada bueno puede esperar.

 

Destruye todo lo que toca. Alberto Fernández sería el hazmerreír de los argentinos, si no fuera porque la sociedad argentina, en su gran mayoría, no puede permitirse la risa.

De acuerdo con los plazos constitucionales, al presidente le quedan aún más de dos años de gobierno. Pocos son los que imaginan que podrá completarlos. Y, si lo hace, nadie se anima a predecir qué quedará de la sociedad argentina para entonces.

No sólo obtuvo, en las últimas PASO, los peores números de la historia del peronismo. También lo expone a perder, por primera vez desde 1983, la mayoría en la Cámara de Senadores. Con cada una de sus apariciones recorta un poco más su imagen y la de toda la coalición gobernante, y pronuncia la merma de votos que se espera obtener en las generales del 14 de noviembre.

Una reciente encuesta de la Universidad de San Andrés demuestra que el 72 por ciento de la sociedad reprueba su gestión. Apenas un 26 está de acuerdo, lo que implica un nuevo récord en caída de imagen pública de 50 por ciento en apenas tres meses.

Sólo lo supera en imagen negativa el ministro de Economía, Martín Guzmán, que llegó al 88 por ciento. Quiérase o no, los dos funcionaros encargados de negociar con el FMI este fin de semana en Roma son el centro de la desaprobación general. ¿Cómo podría pensarse que en el FMI tomen en serio sus solicitudes de mayor benevolencia en las condiciones para cerrar un acuerdo?

Siempre dispuesto a agradar a sus interlocutores, Alberto ha destrozado la credibilidad de la autoridad pública. ¿Cuál es el verdadero? ¿El socialdemócrata, el liberal de izquierda, el alfonsinista, el peronista? El presidente adapta con tanta facilidad su discurso a los cambios de auditorio que nadie tiene en claro para dónde se dirige la nave del estado. Y, por si fuera poco, posterga todas las decisiones, hasta nulificar su propia gestión.

Alberto ha conseguido el milagro de resucitar nada menos que a Mauricio Macri. Algo impensado hace un año y medio. Es que cualquiera que sea comparado con él saca ventaja.

Un militante de La Cámpora comentaba que en el acto de Morón de la semana pasada, en homenaje a la muerte de Néstor Kirchner, la consigna que se bajó fue “cantar y hacer sonar los bombos, para no tener que escuchar a este p…”. Nadie de los participantes fue a escucharlo. Ya da lo mismo lo que diga. No se espera nada de él.

El gran interrogante pasa por lo que vendrá a partir del 14 de noviembre a la noche. ¿Sobrevivirá el Frente de Todos a la derrota? Y, si lo hace: ¿Continuará con su composición actual o experimentará cambios sustantivos? Sabido es que el gabinete cambiará bastante, aunque esos cambios dependerán de la resolución del interrogante clave.

¿Seguirán los dos, Alberto y Cristina? Desde hace tiempo no se hablan. ¿Cristina estará dispuesta a consumir el menguante capital político que le queda acompañando a su candidato, en lo que se reveló como una de sus peores decisiones políticas? ¿O romperá para preservarse de los costos de la derrota electoral y del demoledor acuerdo que impondrá el FMI?

También queda la opción de que renuncie Alberto. En su entorno lo descartan. Dicen que se aferra a su cargo como el sediento al agua. Pero si le vacían el gobierno tal vez no tenga otro remedio.

Dirigentes como Guillermo Moreno proponen una tercera opción: que renuncien ambos y se convoque a una asamblea legislativa. Esta sería la peor noticia para Juntos por el Cambio, que debería hacerse cargo del acuerdo con el FMI y del ajustazo que supondrá.

Ninguna de las tres opciones puede ser descartada de antemano.

Fuente R.Politik

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