Análisis Litoral

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El sentido del Camino

Después de dedicar varias semanas a la preparación de un nuevo número especial sobre el Camino de Santiago, una no puede evitar preguntarse qué sentía una persona hace aproximadamente diez siglos antes de emprender la que posiblemente era la aventura de su vida. Un reto que representaba, con muchas probabilidades, el mayor viaje que alguien podía culminar en el siglo IX.

La noticia del hallazgo de la supuesta tumba del apóstol Santiago a principios del siglo IX corrió por Europa y, poco a poco, el flujo de peregrinos que acudía a este rincón occidental de la Península Ibérica desde todos los rincones del continente fue creando decenas de caminos cuyo objetivo era llegar a Compostela. La mayoría de los devotos que querían acercarse al sepulcro sagrado para ver expiados sus pecados llegaban a través de la frontera francesa, y sus procedencias eran múltiples. Algunos venían des del norte del Canal de la Mancha, otros empezaban su periplo en las costas normandas, del centro del Viejo Continente partían otros tantos… Todos ellos para acabar tomando las ramificaciones principales en las que se unificaban las sendas al cruzar los Pirineos por Aragón, por Navarra o por el País Vasco.

 

Los pasos de los peregrinos que partían desde la propia Península fueron dibujando también numerosas alternativas para alcanzar Santiago. Es precisamente en torno a ellas sobre las que gira el monográfico de Viajes National Geographic sobre el gran itinerario jacobeo. Y, vistas sobre el mapa, es fácil imaginar la cantidad de variantes que espontáneamente se llegaron crear, pues además, como reza el dicho, hay tantos caminos como peregrinos, porque el camino lo empieza cada uno en el mismo momento en que deja atrás la zona de confort que delimita la puerta de su casa.

 

Es cierto que el caminante contemporáneo no enfrenta el desafío de la misma manera que el peregrino medieval. Las diferencias son tan abismales que huelga mencionarlas, pero está claro debe existir algún tipo de conexión entre ambos que de alguna manera empequeñece la enorme distancia temporal. Posiblemente esta resida no tanto en las expectativas o motivaciones antes de partir como en el resultado, en las sensaciones que se experimentan una vez las suelas de las botas pisan la plaza del Obradoiro y las pupilas contemplan extasiadas la fachada principal de la Catedral de Santiago.

Tanto los antiguos peregrinos como los modernos, al recorrer las etapas más alejadas de los núcleos urbanos, transitan entre paisajes similares, horizontes que a pesar del paso de los siglos, se han visto poco alterados. Lugares y destinos que hoy quizás habrían caído en el olvido de no ser porque el Camino ha mantenido su posición en el mapa de la ruta como mojones que hay que superar para no perder el norte, o el oeste, según la ruta escogida.

 

 

Son estos mismos paisajes entre los que avanzaban y avanzan los pasos de los peregrinos a un ritmo constante, los que en cada pisada acercan un poco más el caminante a su camino, creando una conexión telúrica inconsciente pero sólida a la vez. Una reflexión en la que se profundiza a la llegada, cuando se puede echar la vista atrás y hacer balance del trayecto, de este gran viaje de peregrinos históricos y presentes.

 

Ya lo avanzaba Machado en unos de sus versos más citados y más aplicados al Camino:

Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

El poeta sevillano regaló esta lección al mundo mientras reflexionaba sobre sentido de la vida. El periplo personal en mayúsculas que cada uno debe recorrer por sí mismo, cargando con su propia mochila, en el que el éxito reside en disfrutar y ser consciente de cada paso dado, de cada jornada superada. Nada más lejos del sentido del propio camino.

Guiomar Huguet Pané

Guiomar Huguet Pané
Redactora de Viajes National Geographic

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