Cuenta regresiva : Días álgidos para un manso país

Aunque no lo expresen públicamente, todos ellos lamentan que el presidente siga siendo tan receptivo de las opiniones de Vilma Ibarra, quien todo el tiempo le recuerda la imposibilidad de gobernar sin la vicepresidenta. A Alberto lo notan cada vez más débil y entregado. Carente del fuego sagrado indispensable para afrontar una paliza electoral como la que descuentan para el 14 de noviembre. Más aún, los albertistas temen que, ante una nueva ofensiva de Cristina, el presidente haga sus bártulos y escape a la disparada.

Razones no les faltan.

Cuando se produjo la rebelión post PASO de los funcionarios cristinistas, quienes presentaron su renuncia en masa, Alberto tuvo la oportunidad de rearmar su gobierno quitándose de encima la oscura sombra de la vicepresidenta. No se animó. Arrugó vergonzosamente y entregó a varios de los propios. El cerebro de esta rendición fue, claro está, la propia Vilma Ibarra.

Alberto entregó casi todo, pero no pudo evitar las secuelas. El gabinete -que en realidad nunca funcionó como tal- experimentó un quiebre aún mayor. Y poco fue lo que pudo hacer Juan Manzur, pese a los reconocimientos iniciales que recibió, operada simultáneamente por el cristinismo de un lado y por un “gabinete en las sombras” del albertismo, que continuó bajo la conducción de Santiago Cafiero.

Un rumor que no consigue ocultarse, en torno a que Cristina “está armando su propio gabinete” para el día después, espanta a quienes le ofrecieron a Alberto –y volvieron a hacerlo esta semana– su respaldo y blindaje en caso de que rompiera con su vicepresidenta.

“Estás jodido, o sos traidor o sos esclavo”, le planteó un colaborador muy próximo. Pero Alberto sigue prefiriendo ser esclavo, con Vilma Ibarra repicándole en la cabeza todo el tiempo esa alternativa.

“Está muy Vilma“, rezongan. “Delega en ella todas las decisiones”, “es una sombra, parece De la Rúa en sus instantes finales”. Fue justamente Vilma la responsable de la designación de Gabriela Cerruti a la Rosada en el rol de “portavoz” oficial del gobierno, para silenciar a Manzur. El tucumano está enojado y piensa seriamente en reasumir la gobernación de su provincia después de las elecciones. En el gobierno nacional lo han neutralizado, y en Tucumán está perdiendo influencia y resortes claves.

Sólo se quedaría si Alberto se anima a ponerse los pantalones largos y asumir definitivamente la conducción. Algo muy parecido a lo que evalúa la CGT.
Pero Alberto deambula, convertido en un ente. No escucha, no razona, no tiene iniciativa. Sólo le cabe el papel de “figuretti” robando fotos de ocasión con los principales líderes planetarios.