Bioingeniera entrerriana nominada a un premio mundial de neurociencias

Victoria Peterson desarrolló su investigación en el CONICET Santa Fe. La misma consiste en la medición de la actividad cerebral para traducir en movimientos el deseo de personas con discapacidad motora.

Victoria Peterson nació en Paraná, donde vivió con sus padres y sus hermanos, frente al hospital San Martín, hasta que se graduó como bioingeniera en la UNER. Una beca de iniciación a la investigación la hizo enamorarse de la neurotecnología, al punto que, una vez recibida, continuó su especialización en los institutos sinc(i)e IMAL del CONICET CCT Santa Fe. Sus conocimientos en este campo la llevaron a ser nominada para el premio otorgado por la BCI Foundation.

«Todavía no lo puedo creer, es estar en la alfombra roja de las interfaces cerebro-comunicacional», dice con orgullo y felicidad.

Actualmente, la bioingeniera entrerriana se encuentra en Boston, Estados Unidos, donde realiza una estancia postdoctoral. Pero la investigación seleccionada entre los 12 finalistas es el fruto de un proyecto desarrollado en la «bota» argentina. Se desarrolló en el marco de su beca posdoctoral del CONICET, un proyecto que busca mejorar la decodificación cerebral entre sesiones de una BCI asistiva, algo así como aprender a leer la mente para que una persona pueda mover objetos solamente con sus pensamientos.

«La BCI consiste en la medición de la actividad cerebral para decodificar el deseo de una persona sin control motor y traducirlo en movimientos, por medio de cálculos matemáticos, para que una computadora pueda entenderlos, analizarlos y aprender de esa experiencia», explicó en comunicación con El Litoral.

Un deseo de ayer a la felicidad de hoy

Como toda innovación tecnológica, puede usarse para múltiples fines. Sin embargo, lo que a la doctora Peterson siempre le interesó fue la rehabilitación para discapacidad.

Si bien comparte la pasión de este campo científico con su hermana, que también es bioingeniera, su fascinación con la ayuda tecnológica comenzó tiempo antes. «Desde chica me interesó tratar de entender cómo funcionaba la tecnología asistiva. Pude ver cómo a mi hermano le cambió la vida un dispositivo biomédico. Él nació con una discapacidad auditiva y gracias a ese dispositivo pudo volver a escuchar y hacer una vida normal. Por eso, de más grande, decidí que quería dedicarme a esto para investigar cómo ayudar a otras personas», reconoció sobre su apegada dedicación a este ámbito científico.

La nominación internacional volvió a poner sus sentimientos a flor de piel, como aquellos primeros años. «En la carrera científica, uno se anota a tantas cosas que a veces se olvida. Pero en este caso, tenía una sensación de que algo bueno podía pasar. Estuve pendiente todo el día del anuncio, y como se demoró dije ya está, me voy a dormir. A las siete de la mañana, me despertó la notificación del mail. Enseguida lo vi y no lo podía creer. Me largué a llorar y gritar de la alegría, temblaba de la emoción. Mi compañera de casa pensó que me había accidentado. Muchas veces pensamos que no podemos lograr algo así y cuando llega, no lo podemos creer», comentó sobre el premio de la BCI Foundation, con el que ya ganó una participación en el libro que plasma el estado del arte actual de esta disciplina a nivel mundial.

De las películas a la realidad

Indudablemente, conectar el cerebro a una computadora es todo un desafío. El área científica es relativamente nueva, por lo que todavía parece sacado de una película de ciencia ficción. «Básicamente, la BCI consiste en crear un bypass entre el sistema nervioso central y un elemento tecnológico, generando una forma alternativa de comunicar el cerebro con el mundo exterior», explicó la investigadora.

En su proyecto, orientado a la tecnología asistiva, la doctora Peterson busca combinar software de machine learning para comandar un dispositivo. «Específicamente, a lo que me dedico es a diseñar programas de computación para decodificación de actividad cerebral con una aplicación tecnológica simple y de rehabilitación que pueda ayudar a personas con alguna discapacidad. Por ejemplo, que una computadora aprenda a leer los patrones de pensamiento de una persona que haya perdido el habla para que pueda volver a hacerlo a través de un dispositivo», detalló.

El diseño de la interfaz requiere registrar datos neuronales. Esto se realiza de forma invasiva y no invasiva, esta última, la que utilizan en el proyecto, puede ser a través de la medición de la actividad eléctrica cerebral. «Por un lado, se identifican ciertos patrones que son muy similares a cuando efectivamente se realiza la acción -por ejemplo, mover la mano-. Por otro lado, el de neuronas «espejo» que se activan al ver o sentir movimientos. Si los cálculos están bien, debería entregarse un feedback al usuario de la BCI, que puede ser por medio de una pantalla o, en los casos más avanzados, una herramienta tecnológica», explicó.

TE RECOMENDAMOS:  Trasplantaron con ”exito” a un entrerriano que esperaba un corazón

Sobre su investigación, señaló que la mayor dificultad radica en diferenciar la actividad cerebral para lograr un uso cotidiano del sistema: «La actividad neuronal cambia todo el tiempo, por cuestiones físicas y emocionales propias del ser humano, complejizando el proceso de lectura para la computadora. Lo que nosotros propusimos es un modelo que permita estudiar sobre este cambio de dominio para aprender a identificar las variaciones de la actividad cerebral para que esta tecnología pueda utilizarse a lo largo de varios días».

La premiación
La ceremonia de premiación, se hará este martes 19 de octubre de forma virtual, donde antes de la elección del proyecto ganador, los investigadores presentarán sus proyecto ante el jurado y una audiencia internacional, que puede seguirse a través la página de web de la Fundación.

La ciencia argentina también puede lograrlo

Actualmente, la doctora Peterson está en Boston, pero en abril regresará a Santa Fe. En el medio de su estadía, consiguió su ingreso como investigadora del CONICET.

Durante el doctorado, visitó el Rehablitation Engineering Laboratory del ETH Zurich, lo que le permitió conocer de primera mano los avances instrumentales en la materia. De todos modos, señaló que la experiencia le hizo valorar la excelente formación recibida en casa.

«Es una doble sensación. Por un lado, no solo hay tecnología de avanzada a disposición, también hay más investigadores y personal dedicado a distintas tareas que hace que cada uno se pueda dedicar más a lo suyo. Una va con el miedo a no poder, no ser suficiente, pero, a la vez, caes en la cuenta de que contamos con una buena formación para estar ahí, y esto está buenísimo porque nuestra educación es pública», señaló.

En su regreso al país, planea avanzar en las próximas etapas de este proyecto de tecnologías asistiva. «Por suerte, en el laboratorio del IMAL hemos adquirido un equipo de bajo costo para la medición de la actividad cerebral a través de diversos proyectos y programas de financiamiento. Esto nos permitirá tomar los datos necesarios para avanzar en diseñar un sistema de rehabilitación adaptado a las necesidades económicas locales, porque esta tecnología es muy cara, lo que dificulta su acceso», dijo.