Los vinos entrerrianos tienen su historia

Susana Domínguez Soler acaba de lanzar “Entre Vinos, Entre Ríos”, un libro que repasa 170 años de historia de la vitivinicultura entrerriana

Susana Domínguez Soler acaba de lanzar “Entre Vinos, Entre Ríos”, un libro que repasa 170 años de historia de la vitivinicultura entrerriana.

Susana Domínguez Soler no nació ni se crió en Entre Ríos, sin embargo siente un gran afecto por su gente y le apasiona conocer más sobre las historias que se han ido tejiendo a lo largo y ancho de este territorio cubierto de lomadas. “Yo soy de Capital Federal, pero de joven me casé con un entrerriano; y el entrerriano ama tanto su lugar de origen que nos convierte a quienes lo rodeamos en más entrerrianos que él mismo. Como yo siempre tuve ese bichito de la investigación, algunas historias familiares no me cerraban y quería saber más, investigar. Así fue que surgieron un montón de libros e incluso imágenes que fui creando como pintora y grabadora. Yo siempre digo que soy como una artesana que junta hilos y va tramando historias que terminan siendo como un tapiz en forma de libro”, cuenta.

Profesora de Bellas Artes, Susana explica que no puede separar historias de genealogía con historias del arte: “Si escribo genealogía, enseguida salgo a buscar también el retrato de la persona en cuestión, ya sean pinturas o daguerrotipos. En mis trabajos siempre aparecen fotografías antiguas, son apasionantes porque revelan muchos sobre la sociedad del pasado. Las fotografías del presente me gustan menos porque son muy cotidianas, circunstancias del momento. En cambio antes era un acontecimiento, había que posar, mostrar lo mejor que se tenía y, sin embargo, en esas poses se mostraba parte de la personalidad de quien posaba”.

Susana Domínguez Soler acaba de lanzar

Susana Domínguez Soler acaba de lanzar “Entre Vinos, Entre Ríos”, un libro que repasa 170 años de historia de la vitivinicultura entrerriana.

Como docente, ejerció durante muchos años en el Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya, en Posadas; y en la Universidad Nacional de Misiones. En esa provincia se volvió apasionada de las misiones jesuíticas y el arte guaranítico, sin imaginar que –más tarde– eso dispararía accidentalmente su interés por la historia de la producción vitivinícola entrerriana, conocimientos que volcaría en su último libro: Entre Vinos, Entre Ríos.

Todo comenzó en Concordia, un día que fue a recorrer los restos de la estancia Pampa de Soler, que había pertenecido a los antepasados de su esposo. “En esa época estaba dibujando óculos; de hecho, en Entre Ríos obtuve un primer premio con un dibujo a tinta de un óculo, que son ventanillas redondas ubicadas en la cumbrera de un edificio. En las iglesias de los jesuitas tenían óculos decorados con la artesanía propia guaranítica; eso me apasionaba mucho y lo aplicaba en mis dibujos. Una de las tantas veces que fuimos a ver la Pampa Soler, desde afuera porque mi marido no tenía ni un metro cuadrado de tierra, pero guardaba esa nostalgia de su Concordia querida y de su infancia en el campo de sus abuelos, noté que al lado del casco de la estancia de Doña Flora de Urquiza, había un edificio con un óculo y me llamó la atención. Le pregunté a mi esposo por ese lugar y me dijo que esa era la bodega, donde jugaba a las escondidas con sus primos. Hasta entonces yo no tenía idea de ese pasado vinatero de la familia”.

Gregorio Soler, yerno de Urquiza por contraer matrimonio con su hija Flora, era el abuelo de su marido. La familia perdió la posesión de esos campos y con ellos también se perdió mucha información. Por eso Susana decidió investigar en libros del siglo XX, revistas especializadas en vitivinicultura, los censos de población y hasta en los doce tomos del Ministerio de Agricultura sobre la producción entrerriana: “En la época de la presidencia de Nicolás Avellaneda se quería transformar a la Argentina en productora agrícola y mejorar la ganadería, entonces daban cursos de capacitación y enviaban gacetillas a todas las provincias, ciudades y pueblos para tratar de mejorar la producción. Pero hubo un momento muy importante y crucial para la vitivinicultura entrerriana. Fue cuando el gobierno nacional supo que se iba a realizar la Gran Exposición Universal de París. El Ministerio de Agricultura entonces decidió que debía saber con precisión qué es lo que producía cada provincia de nuestro país y decidió hacer una exposición nacional, a modo de preselección”.

Cuenta Susana que se decidió que esa instancia de selección para elegir qué llevaría la Argentina a París tuvo lugar en 1887 en Paraná, un centro de gran belleza y relativamente equidistante para las demás provincias. “Para la Exposición General de Entre Ríos se construyó un edificio especialmente pensado para eso. Así fue que frente a la Casa de Gobierno, donde hoy está el Palacio de Tribunales, se construyó un edificio muy moderno para la época. El diseño fue muy criticado, porque era un cubo de cemento, con ventanitas muy altas; pero fue algo avanzado ya que fue pensado como si fuera un shopping de los de hoy. Tenía un gran portón que daba a un pasillo central al cual daban cada uno de los locales destinados a cada provincia, donde se expondrían los productos más representativos y de mejor calidad. A la entrada, a la derecha, estaba Entre Ríos. Y a la izquierda, en frente, la Capital Federal. Al fondo, en un gran parque, se exponía la maquinaria industrial”.

Para la ocasión se contrataron especialistas extranjeros pertenecientes a cada rubro productivo para que hagan de jurado, dado que se quería evitar favoritismos hacia cualquiera de las provincias. Los enólogos franceses, luego de probar toda la producción vitivinícola expuesta, dieron varios reconocimientos a los vinos entrerrianos. “Ese vino entrerriano que recibió la medalla de plata y varios diplomas, también tuvo una distinción por ser único, nunca visto en América y muy similar al vino que se tomaba en Francia. Por ser una cepa desconocida, decidieron que el señor Juan Jáuregui era el introductor de la cepa llamada Lorda, que se había difundido en la zona del Río Uruguay, particularmente en Concordia”, destaca Susana.

Vale destacar que la medalla de oro se daba a la mayor producción, mientras que la medalla de plata se otorgaba a la mejor calidad. Esas fueron las que viajaron a París a representar a la Argentina.

En Concordia, los vinos obtuvieron dos premios. Uno fue para la bodega de Anselmo Moulins, quien repartía su producción vitivinícola a los vecinos de la zona; el otro para el ya mentado para Juan Jáuregui y su cepa Lorda, originaria de Concordia.

Pioneros

Ángel Francisco de Elías y Colón fue un político argentino de actuación en la primera mitad del siglo XIX, miembro del Partido Unitario, fue secretario del Ejército Grande y de Justo José de Urquiza, Senador Nacional, escritor, poeta. Instalado en Gualeguaychú, en 1850 visitó las afueras de Concepción del Uruguay, donde Urquiza construía su magnífica residencia, el Palacio San José. Fruto de la fuerte impresión que le causó esta visita, publicó un folleto ese mismo año en la imprenta de El Progreso de Gualeguaychú.

“Una de las cosas que más le sorprendió fue el cultivo de viñedos en los alrededores. Yo digo que el General Urquiza fue un pionero de la vitivinicultura en la provincia, así como también lo fueron los inmigrantes que llegaron de Europa y vivieron en distintos puntos de la provincia. Que traían consigo la nostalgia del lugar que dejaron. Aquí, el vino que se consumía era de mala calidad, entonces trataron de mejorarlo. Se mandaban cartas pidiendo a sus familiares que cuando vinieran trajeran algunos sarmientos, trabajaron sobre tierra virgen. También los colonos de San José, particularmente Francisco Creppy, le solicitó a Urquiza algunos sarmientos para plantar. Y así comenzaron a plantarse algunas variedades como las cepas Filadelfia, que estaban en los campos de Urquiza, y Lorda en Concordia, en la costa del Uruguay. Mientras que en la costa del Paraná optaron por varietales como la Bonarda, una cepa italiana”, cuenta Susana.

En Entre Vinos, Entre Ríos –que puede conseguirse en la librería Del ateneo– la autora hace un recorrido por la historia universal del vino, sus orígenes en civilizaciones opuestas en Europa, Asia y África, las diferentes cepas, su evolución hasta llegar a la Argentina junto con la gran corriente inmigratoria de la segunda mitad del siglo XIX.

“También destaco la importancia de la Escuela Enológica fundada por Sarmiento. Durante su estadía en Chile conoció a un francés que tenía una quinta experimental donde cultivaba distintas cepas. Cuando regresa a la Argentina, le ofrece a este francés que se instale en Mendoza y que allí ponga su quinta experimental, la Quinta Normal. Es así que se dio origen a la Escuela Nacional de Enología. Ya en 1912 se contrata al ingeniero y enólogo José Alazrraqui para que dirija esa quinta experimental. Y es en esa época que Entre Ríos quiere empezar a mejorar su producción vitivinícola, por lo que tramitan ante el gobierno nacional que designe a alguien que pueda direccionar la producción. Así fue que trasladaron a Alazrraqui para Concordia, que empezó a asesorar a los viñateros entrerrianos. Así se fundó la Escuela de Enología de Concordia en 1912”, señala.

En la costa del Paraná optaron por varietales como la Bonarda, una cepa italiana

En la costa del Paraná optaron por varietales como la Bonarda, una cepa italiana

Ocaso y resurgimiento

En la década de 1920 ocurren dos acontecimientos bisagra para la vitivinicultura entrerriana. El primero tuvo que ver con fuerzas de la naturaleza, cuando todo el territorio se vio arrasado por mangas de langosta que destruyeron casi en su totalidad los cultivos de uvas. “Las bodegas más grandes pudieron retomar su producción, pero la gran mayoría se vio descorazonada y no quiso empezar de cero nuevamente con el cultivo de la vid, que lleva por lo menos cuatro o cinco años antes de poder dar los primeros frutos. Entonces se volcaron a la citricultura, que daba un rendimiento más rápido. Por eso Concordia se convirtió en la mayor productora de citrus de América, según los diarios de la época”, enfatiza la autora.

El otro tuvo que ver con el obrar del hombre. Hay que recordar que a comienzos del siglo pasado, Entre Ríos era la cuarta productora de vinos en el país, pero no era competencia para la región cuyana, cuya producción era superior. Con la segunda ola inmigratoria a principios del siglo XX, aumentó la demanda de vino, y por ende, la producción. Pero a finales de la década de 1920, los efectos de la Gran Depresión en EE.UU. se hicieron sentir en nuestro país: el cierre de las economías centrales y la consecuente caída de las exportaciones afectó a las economías locales. “Se dejó de exportar, porque ni Europa ni Estados Unidos compraban. Mientras, acá la gente empezó a priorizar algunos gastos, y el vino no estaba entre los artículos de primera necesidad. Entonces las provincias vinateras tenían un excedente de producción que no podían colocar en el mercado. La región de Cuyo había recibido grandes incentivos para el cultivo de vid y presentaba un excedente en las cosechas. Los estados provinciales compraban este excedente, se trataba de transformar ese vino en grapa, vinagre y cognac. Pero era tanta la superproducción que se terminaban volcando hectolitros de vinos en las acequias. Para peor, las provincias cordilleranas en esa época tenían una economía de monocultivo, entonces tuvieron que recurrir a pedir ayuda al gobierno nacional y presionaban desde hacía tiempo para restringir a sus territorios la producción vitivinícola. Fue entonces que se aprobó la ley 12.137, la famosa ley de Agustín P. Justo, sancionada en 1935, que promovió la creación de la Junta Reguladora del Vino”.

La Ley decía, básicamente, que había que extirpar viñedos porque había un gran sobrante de un millón de hectolitros anuales, una cifra sideral. Había que equilibrar la producción con la demanda. “Se extirpó la producción en Mendoza, San Juan, Salta, Río Negro y Entre Ríos. En esa ley se obligaba a los gobernadores a anular el cinco por ciento de lo plantado. Por supuesto, cuando hay que implementar una orden tan dura como la de quitar la producción, a los primeros que se atacaba era a los colonos y pequeñas bodegas. Por eso para Entre Ríos fue fatal, especialmente en la región de San José, porque además de extirpar las vides y quemarlas, con un pico agujereaban los toneles”, describe Susana.

Afortunadamente, a fuerza de empeño y trabajo de los productores locales, la producción vitivinícola entrerriana viene creciendo y fortaleciéndose. La prohibición de cultivo de uva para vinificar se mantuvo para Entre Ríos hasta 1993, cuando por iniciativa del senador Augusto Alasino, se aprobó la ley 24.037 que estableció la liberación territorial para la plantación de viñedos. Así, las lomadas entrerrianas volvieron a cobijar hectáreas de vid.

“En 1887 fue premiado el vino Lorda, que ya nadie recuerda, pero hay que destacar que en 2008, Vulliez Sermet, de Colón, sacó medalla de oro en una exposición internacional con el Tannat. Y el Tannat, es el antiguo Lorda pero rebautizado. Juan Jáuregui le regaló a su amigo Pascual Arriague, que estaba en el Salto, algunos sarmientos de su viñedo. Arriague tenía cepas francesas pero que se le enfermaban y no conseguía tener calidad. Resulta que esa cepa que le regaló Jáuregui prosperó muy bien, comenzó a producir vinos y a exportar, entonces la rebautizó Tannat. Y casi cien años más tarde volvió a Entre Ríos y prosperó con el asesoramiento de ingenieros uruguayos”, acotó la autora.

Por último, manifestó: “Conozco Entre Ríos porque la he andado durante toda mi vida. He recorrido muchas de las bodegas y los viñedos de la provincia, conozco a los viñateros y bodegueros, soy amiga de ellos, los quiero mucho y conozco su esfuerzo, su capacidad de trabajo, cómo fueron progresando de una pequeña bodega que empezó con un galponcito y termina siendo un establecimiento de mayor jerarquía. Es gente generosa, trabajadora”, concluyó.

Redacción Análisis Litoral

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