Por qué nos gustan las islas

Viajar de isla en isla sería un buen plan para descubrir la diversidad natural, cultural y religiosa de nuestro planeta, además de una lección de historia, arte y geografía.

Surgidos de erupciones volcánicas o desgajadas de un continente y soltadas a la deriva, estos pequeños universos flotantes poseen un ritmo, una cadencia marcada por la naturaleza y sus ciclos. Las hay soleadas, con playas nacaradas, un interior de vegetación exuberante, fauna endémica y poblaciones que conservan tradiciones ancestrales. Otras en cambio son solitarias, desérticas, barridas por el viento o bien coronadas por un volcán que de vez en cuando demuestra su poder con un espectáculo de pirotecnia.

No hay una igual. Tampoco sus habitantes lo son. Las islas que se localizan en antiguas rutas comerciales que unían continentes suelen ser un crisol de culturas. Allí se amalgaman aromas, sabores, colores, religiones y lenguas. Es el caso de las islas del Índico, en plena ruta marítima hacia la India. O las caribeñas, maleadas por colonizadores y deforestadas por plantaciones en las que trabajaban esclavos que trajeron consigo ritos y sonidos de África. Algo muy distinto sucede en las islas del Pacífico Sur, las polinesias, que mantuvieron su unidad étnica hasta no hace mucho. El carácter afable y confiado de sus habitantes, sumado a una naturaleza apenas alterada las convirtió en sinónimo del paraíso para los occidentales, que las mitificaron en novelas, pinturas y películas.

 

 

Pero ¿quién vive en las islas solitarias del Atlántico Sur?, ¿por qué? y ¿desde cuándo? Las islas, cuando se descubren en el mapa, hacen brotar un torrente de interrogantes. La curiosidad nos invade hasta el punto de querer visitar ese punto ínfimo para comprobar que es real. Hay quien se lanza a la búsqueda de islas que han poblado cuentos y películas: Labuán era la isla malaya donde Emilio Salgari ambientó su Sandokán; o la isla de Robinson Crusoe, en el archipiélago chileno Juan Fernández, que acabó llamándose por el nombre de la novela de Daniel Defoe; o la isla Elefante, en el mar de Weddell, donde la tripulación de Ernest Shakleton sobrevivió un invierno tras abandonar el buque Endurance, aprisionado por el hielo en 1915.

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Cruzar el planeta para vivir la experiencia isleña no es ni mucho menos imprescindible. Los viajeros españoles tenemos a pocas horas (o incluso menos de una hora) islas sensacionales. Las mediterráneas son todo luz y sol, buena comida, música y devoción por una larga lista de santos y santas. Las Baleares albergan paraísos turquesas con bosques, montes, acantilados y playas que son una delicia todo el año. Las Canarias ofrecen un mosaico vegetal y geológico que permite descubrir un mundo nuevo en cada isla: del vergel tropical de El Hierro o La Palma a la aridez de Lanzarote y Fuerteventura. A lo largo de la costa española se diseminan pequeños islotes que gozan de protección por su valor natural: las Medes (Girona), las Columbretes (Castellón), o la isla de Ons que pertenece al Parque Nacional de las Islas Atlánticas. La isla de Santa Clara es inseparable de la imagen de la bahía de San Sebastián, mientras que la de Tabarca, frente a Santa Pola (Alicante), es un ejemplo de ciudad fortificada del siglo XVIII.

 

 

Los mejores embajadores de una isla son sus habitantes. Siempre me ha fascinado el apego que sienten por su tierra, a pesar de los pesares, de las horas de transporte, del clima, de la escasez de algunos caprichos comerciales, o la falta de luz en invierno o el exceso de sol en verano. Por mucho que se alejen de su isla, siempre regresan. Este apego me ha parecido verlo navegando hacia las islas Feroe, en las Galápagos, en Zanzíbar y también en las Canarias y Baleares. Cuando hablas con un isleño percibes ese amor simple y llano por su tierra. Sus recomendaciones para ir a ver tal sitio o para sentarse a la mesa de un restaurante o para caminar junto a un acantilado están cargados de ese orgullo de quien describe el mejor lugar del mundo. Y probablemente tengan razón.
 

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Redacción Análisis Litoral

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