El virus contagia la campaña

A un mes exacto de la elección presidencial en Estados Unidos, el positivo por coronavirus de Donald Trump cambia bastante el tempo de la campaña. Que se haya contagiado alguien que presumió el martes, mascarilla en mano, de ponérsela solo cuando lo cree necesario no deja de ser una cura intensiva de humildad para un personaje que la desconoce por completo, y un abrupto despertar a la realidad para sus seguidores, muchos de ellos negacionistas de la gravedad de la pandemia. Si a Trump no le salían los números en las encuestas desde hace semanas, es probable que la cuarentena en la Casa Blanca que deberán pasar él y su esposa desbarate aún más sus previsiones, mientras Joe Biden quizá disfrute de un mayor margen de maniobra.

Aun así, todas las opciones siguen abiertas y los tres grandes ejes de la campaña siguen siendo los mismos: la crisis social y económica provocada por el coronavirus, la tensión racial en la calle y las dudas crecientes acerca de la disposición de Trump a aceptar una eventual victoria de Biden. Pero la escalada de descalificaciones promovida por la Casa Blanca para poner en duda la transparencia del voto por correo, la insistencia en acusar a los demócratas de promover una elección fraudulenta y la actitud presidencial en el primero de los tres debates inducen a pensar que la reelección es el único resultado que el presidente considerará legítimo y el único eje de campaña en el que se volcará.

Si en los prolegómenos de primavera y verano fueron materia de discusión otros asuntos –las relaciones con China y con Rusia, el muro en la frontera con México, las relaciones con los aliados, la emergencia climática–, durante el próximo mes lo único realmente reseñable será el compromiso de Trump con el veredicto de las urnas y la traducción práctica del eslogan ‘Ley y orden’, que se antoja una adecuación de la doctrina del gran garrote a la política interior. Todo cuanto se salga de esta pauta quedará fuera de la estrategia de campaña. Las promesas de vencer al covid-19 han dejado de tener sentido cuando los muertos son más de 200.000 y las de sacar del túnel a la economía también cuando millones de parados, muchos de ellos sin subsidio alguno, dan la medida de la profundidad de la crisis.

Nunca antes la actitud de un presidente que se presenta a la reelección suscitó tantos temores en orden a mantener incólumes los pilares de la democracia y el respeto a las urnas. Ni siquiera la desorientación que se adueñó de la opinión pública a raíz del escrutinio de Florida en el 2000, que dio la presidencia a George W. Bush, tuvo el impacto emocional que tiene ahora en medios liberales, la mayoría demócratas, pero también algunos republicanos, la incertidumbre sobre qué sucederá si Trump pierde. Dice el historiador Jon Meacham que este es «el momento más bajo de la historia de la presidencia», y resulta difícil poner en duda tal opinión a la luz de los hechos y de la vocación de la Casa Blanca a violentar la realidad.


Redacción Análisis Litoral

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