Acto liberador para las democracias del globo

Tanto el axioma, también conocido como relación de indeterminación, es aplicable a la física (al punto que es el punto de partida de la partición entre la clásica y la cuántica) como la frase, de poesía filosófica, que retoma una de las aporías filosóficas modernas, del Olvido del Ser, no dejan de ser analizables, coordinadas, como elementos que surcan nuestras cotidianidades occidentales.

Cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales y, por tanto, su masa y velocidad. Este principio fue enunciado por Werner Heisenberg en 1925 y es conocido como el principio de incertidumbre. Asimismo el contundente olvido del ser, pronunciado y profesado por el también Alemán, Heidegger, cuestiona en forma sustancial y elemental la propia historia de la metafísica, por no decir la historia misma.

No existiría base de sustentación alguna, por la cual podamos afirmar que pisamos sobre terreno firme, sin que en tal construcción de la superficie, establezcamos, parámetros, absolutistas y arbitrarios, para tal fin, que en definitiva, resulten mucho peores, en todo sentido, para la humanidad, que soportar, tolerar y asimilar que vivimos en la desesperación de lo que no tiene lógica o en el desmadre de la descontemplación de la orfandad más omnisciente.

Resulta de una extrañeza proverbial, sin embargo, que en el campo de las ciencias políticas, no entendamos que a nuestra institucionalidad democrática, también le cabe y corresponde las generales de la ley de su naturaleza incierta y que desde los Griegos a esta parte, hemos caído en un sustancial olvido de lo democrático, hemos suplantado su teleología conceptual, por resultados cosificados que nunca podrán ser traducidos como tales.

Una persona es lo mismo que un actor, tanto en el escenario, como en la conversación ordinaria. Y personificar es un actuar o representarse a uno mismo o a otro. Quien representa el papel de otro se dice que asume la persona de éste o que actúa en su nombre. En este sentido usa Cicerón estas palabras cuando dice: Unus sustineo tres personas: mei, adversarii et judicis. Asumo tres personas: la mía propia, la de mi adversario y la del juez. El que actúa en nombre de otro recibe varias denominaciones, o según la variedad de ocasiones; puede actuar como representante o representativo, como lugarteniente, vicario, abogado, diputado, procurador y demás…una multitud de hombres deviene una persona cuando estos hombres son representados por un hombre o una persona; esto puede hacerse con el consentimiento de todos y cada uno de los miembros de la multitud en cuestión. Pues en la unidad del representante, y no la unidad de los representados, lo que hace a la persona una; y es el representante quien sustenta a la persona, sólo a una persona. Hablando de una multitud, la unidad no puede entenderse de otra manera… cada hombre da al representante común una autoridad que viene de cada uno en particular, y el representante es dueño de todas las acciones si le dan autoridad sin límites. En caso contrario, cuando limitan el representante en el qué y en el cómo habrá de éste de representarlos, solo será dueño de aquello en lo que se le da ha dado autorización para actuar.[1]

Pero que ya se consigna como tal, pues, a partir de esa entelequia que pertenece a todos los renunciantes de su propia individualidad o las que se le impone la renuncia, y a nadie a la vez, un sistema político, que necesaria y obligadamente siempre, puede y debe estar en cuestión, porque es ni más ni menos, el producto de quiénes se cercenan en sus libertades, para disfrutar con mayor, amplitud, certidumbre y tranquilidad, del resto de sus condiciones de existentes políticos o animales políticos. Precisamente quién acuño este concepto, nos señala lo que referenciábamos;

Las democracias principalmente cambian debido a la falta de escrúpulos de los demagogos; en efecto, privado, delatando a los dueños de las fortunas, favorecen su unión  (pues el miedo común pone de acuerdo hasta a los más enemigos) y en público, arrastrando a la masa. Otros cambios conducen de la democracia tradicional a la más moderna; pues donde los cargos se otorgan por elección, no a partir de las rentas, y los elige el pueblo, los aspirantes, con su demagogia, llegan hasta el extremo de decir que el pueblo es señor incluso de las leyes. El remedio para que esto no suceda o para que suceda menos, es que las tribus designen a los magistrados y no todo el pueblo.[2]

Lo consignable, es que desde el surgimiento mismo de la democracia, y de su acendramiento en la representatividad, como garantía del vínculo imposible entre lo general y lo particular, está misma, ha vivido en cuestión permanente, en análisis y reflexión, pues es ni más ni menos que la razón de ser del orden, de la armonía, de la certidumbre, en contraposición de las figuras del caos, del desequilibrio, de la incertidumbre, a los que el hombre le intenta escapar en su faz tanto individual, óntica, como en su ser social y político. Claro que la resolución de esta aporía, o su tensión permanente, es lo que nos hace debatirnos en la crítica permanente a un sistema político que valida su existencia, al estar a diario y en continúo, en cuestión:

Es una ficción considerar un conjunto de individuos la unidad de una multiplicidad de actos individuales-unidad que constituye el orden jurídico-calificándola como pueblo y avivar así la ilusión de que estos individuos constituyen el pueblo con todo su ser, mientras que ellos tan sólo pertenecen por medio de algunos de sus actos que el orden estatal protege y ordena.[3]

En este punto es donde debemos soslayar, tanto los problemas teoréticos, como los prácticos, ya que de estos mismos, asimilamos las críticas propinadas que nos hicieron el otorgar la presente posición, aporte o postura, para readecuar nuestra democracia de índole representativa y obtener que se sostenga desde sus bases más genuinas y auténticas.

Creemos como herederos de miles de años de humanidad, que lo que tenemos no es lo mejor que nos podemos dar, y pese a los innumerables problemas acuciantes, importantes y urgentes que nos define la agenda mediática, alguna vez debemos poner el acento en este vórtice desde donde se constituye la organización social que se da en llamar el gobierno del pueblo.

El poder no puede justificarse a sí mismo, porque la legitimación y la legalidad que lo hacen tolerable sancionan o bien un estado de hecho, o bien algún tipo de consenso real o hipotético del que depende la permanencia de su ejercicio. El poder no tiene una verdad en sí mismo; él es más bien el índice de las relaciones de fuerza, de la normatividad jurídica y de los procesos ideológicos que lo fundamentan. [4]

Esta visión de “Realpolitik”, nos posibilita desandar, la orilla, el cruce, la convergencia entre lo que se debate en los claustros universitarios, o en los escritorios de los intelectuales y lo que sucede en las calles, en la arena compleja de la ausencia absoluta del estado, que solo recurre, por intermedio de quiénes lo representan, a tales lugares, en los tiempos de la elección o de la jornada electoral. Esto es lo que consideramos que agrava ese lazo,  milenario, que se sostiene, míticamente entre representantes y representados:

Los grandes relatos han perdido credibilidad y la sociedad se nos hace presente como indeterminación total. La condición de posibilidad de la política, en analogía con la pragmática científica, reside en fomentar la actividad diferenciadora, o de imaginación o de paralogía. Así, la única legitimación a la que puede acogerse la democracia- en sustitución del contenido universal- es la derivada de permitir jugar cada uno su juego. O  lo que es lo mismo: ¿quién o que impide que cada cual pueda desarrollar su propio lenguaje? [5]

Hasta aquí, consideraciones provenientes del campo teórico, que como dijimos, pueden encontrarse en este reclamo, de las condiciones de legitimidad que impone la democracia, que para el área intelectual, racional, pensante o del mundo de los claustros, se nominalizan bajos los conceptos de poder, de legalidad y todos los citados hasta el momento y los que no se citarán, sin embargo, resta contemplar, como estas palabras, se traducen en el campo de la praxis, en aquella arena solaz, en donde la política, el estado, y sus representantes, es decir los políticos, que solo representan al estado y a sus propios intereses, solo visitan, o acuden en tiempos o jornadas electorales.

No son pocas las experiencias recientes, la Griega y las Latinoamericanas, de espacios políticos que se han pretendido reformadores sustanciales de nuestras democracias en crisis. Más allá de primaveras o de instantes de éxtasis, lo cierto es que no han conseguido, sí es que en realidad se lo propusieron, cambiar significativamente, ni la teoría democrática, ni en grandes proporciones los números de personas que siguen padeciendo hambre y miseria.

No existe ningún cambio, medianamente significativo que se pueda llevar adelante con las presentes condiciones que exige el sistema dominante. No se trata de hacer historicismo, pero de algo nos tendría que servir el haber dado ciertos pasos en el curso y decurso de lo que fuimos y nos formamos como colectivo humano. El alterar lo dado, de manera violenta o por intermedio de la acción sostenida en la fuerza del hecho, generó que Revolución, sólo sea un concepto que se entienda a la luz de sangre y víctimas, sean estas merecedoras o no de la siempre oprobiosa acción de homicidio.

Se constituye en un desafío por antonomasia, determinar, sí es que nuestra condición humana, arribo a un sitial, en donde los cambios, sociales y políticos que se pretendan, tal vez radicales, o al menos conceptuales, pueden ser planteados y accionados, desde un punto de partida y de llegada, que en nada contemple a la violencia, ni como acción prioritaria, ni secundaria, ni accidental.

Claro que no será aceptada esta petición de que se cambie lo que se deba cambiar, esta disposición de cambios de reglas de juego (que por sí no ha quedado claro, es en verdad la única lucha política válida, pues sí esto no se cambia, nunca se podrá ganar, en términos fácticos)  pero se ganará en el plano conceptual, en el campo de batalla, que se extenderá universal u occidentalmente y también temporalmente. Más temprano que tarde, está no participación de los sectores, movimientos o múltiples que así lo dispongan, como trabajo efctivo, que puede ser considerado como indiferencia, actitud silente, desaprensiva,, esta auto-exclusión o auto-censura democrática, será insostenible en las calles, en el día a día de una democracia, a la que se desnudará, con esta acción, en sus formas más perversamente hipostasiadas.

Sí es que se lleva a cabo, este acto liberador para las democracias del globo, no se perderá absolutamente nada y cada una de las fuerzas políticas diseminadas por la ancha geografía,  en un momento dado, develarán que las reglas de juego, habrán cambiado, resignificando el concepto de revolución, que podrá ser comprendido sin su connotación de violencia, y lo más importante, resignificando el contrato social, que tras su resignificación, resignificará lo democrático.

La propia falta de lógica, que el aceleracionismo está evidenciando en grado sumo, nos dejará a todos más desguarnecidos en la carencia colectiva, que nos brindará la oportunidad de develar la falta y empezar desde la conciencia de lo incierto, a completar de una vez en lo real, para luego en lo simbólico e imaginario, lo democrático.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

[1] Hobbes T, 1997, pp. 134-135

[2] Aristóteles, 1997, pp. 146-147

[3] Kelsen, H. & Barberis, M, 1998, pp. 58-59

[4]  Pérez Cortes, S. & Quesada, F, 1997, p.114

[5] Quesada F, 1997, p. 254

FTGC

Redacción Análisis Litoral

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