Cristina Kirchner en el centro de la escena de Nisman y la pista uruguaya

Un agente iraní, nexo entre Chávez y Ahmadinejad, quiso triangular con Montevideo. Y días antes de la muerte del fiscal habían ingresado 10 iraníes con pasaportes falsos a Uruguay.

Pasaron cinco años desde aquella madrugada atónita. Parecía que con el latigazo de sangre que oscureció al país se quebraría la denuncia contra la presidenta de la Nación por el intento de encubrimiento y redención de los asesinos que atentaron contra la AMIA. Alberto Nisman yacía violentamente muerto. Y sin lugar a dudas la denuncia se hundió -al menos relativamente- entre perversas lapidaciones postmortem al fiscal, y en caricias de compasión a Cristina Kirchner​ por parte de sus cercanos, que consideraron y aún postulan que ella fue la principal perjudicada por la muerte de quien la investigaba. Omitieron pensar en las hijas de Nisman y en las víctimas de la AMIA.

Cristina siempre ocupó el centro de la escena del affaire Nisman, antes como presidenta y ahora como vicepresidenta. Es el punto estelar de un sistema planetario que produce un eclipse tras otro de la verdad, una vigorosa sucesión de pusilánimes contradicciones, mientras la justicia por AMIA se disuelve en un agujero negro.

Hay un concepto opuesto al lawfare: el de la mayoría redentora. Quien es muy votado, es inocente. Digamos (para seguir con los anglicismos y neologismos) que es el imperio argentino del “Winnersfare”. Los que ganan elecciones aquí son liberados de culpa y cargo y además azuzan venganzas contra quienes los hubieran investigado por algún desfalco, soborno, enriquecimientos ilícitos varios o eventuales pactos de impunidad con quienes bombardearon Buenos Aires.

Lo cierto es que enterraron el cuerpo de Nisman y a las respuestas relativas a su descomunal deceso.

¿Dónde estaba César Milani, el jefe del ejército ultracristinista? Él era el patrón de los servicios de inteligencia superdotados con altos dineros del Estado condensados allí por orden de Cristina. Nadie puede suponer que permaneció al margen del vendaval de llamadas que cruzaban frenéticos entre sí los popes de la guardia pretoriana de CFK, Fernando Pocino y Juan Martín Mena, ahora viceministro de Justicia. El general absuelto por los delitos de lesa humanidad que le imputaron durante décadas negó desde luego cualquier tipo de relación con todo el asunto.

Habló con Mena asiduamente.

Milani es una pieza suelta no encuadrada con precisión dentro de un flagrante cruce de llamadas presurosas entre espías y operadores de toda laya. Es inevitable inferir que Milani tomó decisiones durante aquella mañana.

¿Quiénes estaban al tanto de la pista uruguaya? Porque hay una pista uruguaya.

El 8 de enero de 2015 a 70 metros de la Embajada de Israel en Montevideo apareció una bolsa con explosivos presuntamente dentro, según el olfato de sabuesos entrenados, y un supuesto cable detonante. Todo fue acordonado por efectivos de seguridad. Hubo confusión tras esos hechos. Se afirmó que era un falso señuelo. Leandro Palomeque, un funcionario de los bomberos hipotetizó que el aparato habría sido instalado allí para medir la reacción de las autoridades.

Por esos días habían ingresado diez iraníes con pasaportes falsos a Uruguay. Permanecieron 48 horas. El principal sospechoso de aquellas maniobras en derredor de la Embajada fue el iraní Ahmed Sabatgold, quien partió luego de los llamativos episodios desde Uruguay hacia Caracas. El agente persa había sido el nexo entre Hugo Chávez y el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad. Quiso establecer un triángulo con Montevideo.

El presidente José Pepe Mujica decidió no hacer declaraciones al respecto. Antes, el 24 de noviembre de 2014, se había verificado otra situación sospechosa con Sabatgold transitando la cercanías de la embajada con otros paquetes extraños. Hubo cuatro episodios muy parecidos y sucesivos. Luis Almagro, entonces canciller oriental, convocó al embajador iraní. “No me gustó la coincidencia de que hubiera alguien de la embajada de Irán justo cerca de la embajada de Israel cuando ese maletín fue encontrado”, le dijo.

Moshen Rabbani, armador y ejecutor por interpósitas personas del atentado a la AMIA, vivió en Montevideo pocos meses antes del atentado en Buenos Aires, en una casa ubicada en la calle Rivera 2317, que había sido adquirida por la Embajada de Irán en 2006.

El asunto cobra más consistencia cuando se verifica una triangulación de lavado de dinero proveniente de Ciudad del Este hacia Puerto Iguazú en la Argentina y hacia Punta del Este en Uruguay, todo manipulado y ejecutado por el llamado clan Barakat, brazo logístico de Hezbollah en el Cono Sur.

El funeral torrencial de Nisman que atiborró Buenos Aires bajo una tormenta amarga y portentosa de duelo, indignación y lágrimas fue un pedido de justicia, que persiste, pero con poca esperanza.

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