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LA QUINTA PATA La semana decisiva de Guzmán

La ofensiva K para sacarlo arrecia, pero Fernández resiste. Miércoles y después. Los papers secretos de la vice. El ministro da pelea, pero nadie es inmortal.

La situación quema tanto en Buenos Aires, que Martín Guzmán fue a buscar refugio sobre el final de la semana en el Brasil que le abrió de par en par el embajador Daniel Scioli, un especialista en esquivar los dardos de Cristina Kirchner. Tan vertiginoso es el torbellino que lo atrapa, que resultó un bálsamo para él su encuentro con el antipopulista y antiargentino ministro de Economía Paulo Guedes. Acá, mientras, Máximo Kirchner lo destrozaba sin nombrarlo, Roberto Feletti descalificaba sus políticas por radio y, detrás de ellos, hicieron cola para atenderlo –al menos hasta el cierre de esta columna– Oscar Parrilli y Hugo Yasky, entre otros y otras. Con mayor claridad que nunca, la larga guerra del cristinismo para quedarse, al fin, con la cabeza de pelo ralo del jefe del Palacio de Hacienda quedó declarada y no hará más que arreciar. Hasta hay día y hora para lo que se pretende como la estocada final: el miércoles, temprano en la tarde. ¿Podrá resistir esta vez el ministro –hasta ahora– inmortal?

Ese día, el INDEC dará a conocer la inflación de marzo, que nadie imagina menor al 6%. En tanto, una duda cruel estruja corazones: ¿cuánto arrojará el sensible rubro Alimentos y bebidas, la fábrica de pobres e indigentes? La ilusión oficial es que quede por debajo del 7,5% de febrero. Módica, sí.

Como en los choques en cadena de las autopistas, las causas de un desastre suelen ser varias. En este caso, un país que viene desde hace al menos diez años a la deriva en materia inflacionaria, un despiporre fiscal y monetario, una dirigencia que se pierde en diagnósticos y jamás llega al tratamiento, una grieta que solo suma incertidumbre, los reflejos ágiles y egoístas de los formadores, la inercia y, ahora, la guerra en Ucrania.

“No se nos escapa que la ofensiva es total, pero eso va a ser contraproducente para los que quieren que Martín se vaya. Cuanto más lo quieran sacar, más obligado a bancarlo va a estar el presidente” Alberto Fernández, le dijo a Letra P una fuente calificada del Ministerio de Economía.

“Sin el escudo que representa Martín, que es uno de los pocos funcionarios que algo hizo en estos dos años y pico, el que queda a tiro es el propio Presidente”, añadió.

La lectura es temible: acaso por eso mismo la ofensiva no cesará. La difusión de un IPC que haría inevitables preguntas como “¿Qué carajo está haciendo el Gobierno” o “¿Así quieren que los volvamos a votar?” está destinada a detonar como una bomba esperada pero irresistible.

La vicepresidenta ha dicho muchas veces que quien tiene la lapicera es Fernández. Ella, sin embargo, se entrega a otras tintas, que no son solo las de sus cartas bomba. La diseminación de funcionarios y funcionarias en todas las dependencias del Estado –incluso, como segundas o terceras líneas, en reparticiones con cabeza albertista– le permite nutrirse de informes sobre la marcha del país que sustentan un desacuerdo con el jefe de Estado que –haya al fin encuentro entre ambos o no– es de fondo y casi imposible solución. ¿Qué dicen esos informes? ¿Qué tiene Cristina en la cabeza?

Feletti hizo fácil la parte más obvia de la respuesta con una serie de declaraciones públicas. Ya no se trata de un discrepancia con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), porque este, guerra europea mediante, “nació muerto”.

 

De acuerdo con lo dicho por el secretario, el problema es que el kirchnerismo coincide, al menos en el título grande, con lo que la derecha le reprocha a Guzmán: no tiene plan.

 

Feletti, que pide con razón que no se culpe del estallido inflacionario a una secretaría que solo puede crear canastas de precios cuidados, habla como el viceministro que fue y como el ministro que, acaso, imagina ser. Su receta –expresada una y mil veces en radio– incluye una macro que alinee precios, tasa de interés y tipo de cambio, salarios que crezcan en términos reales para sustentar el consumo postergado de los sectores de bajos ingresos, acumulación de reservas para reducir la brecha cambiaria bajando el techo y mayores retenciones al trigo, el maíz y el girasol para proteger las mesas nacionales de las inclemencias del escenario bélico.

 

Más allá de eso, de los variados papers que Cristina recibe surgen otros diagnósticos.

 

La disparada de la inflación no puede explicarse hoy por los motivos que esgrime la ortodoxia: lo monetario y lo fiscal. El mes pasado, le dicen, los dólares paralelos operaron en baja y el inicio del período de exportaciones de la soja coincidió con precios internacionales extraordinariamente favorables. Además, el Banco Central subió la tasa de interés y sumó 6.000 millones de dólares a sus reservas por el aporte que hizo el FMI tras la firma de la refinanciación. Incluso esto último calmó ciertas ansiedades de la comunidad de negocios. Así, la única explicación de las remarcaciones sería que los formadores de precios se anticiparon al inicio de la temporada alta de paritarias. De ahí la insistencia de la vicepresidenta en que el Gobierno otorgue, como paliativo, una suma fija por decreto.

 

«La lectura es temible: acaso por eso mismo la ofensiva no cesará. La difusión de un IPC que haría inevitables preguntas como “¿Qué carajo está haciendo el Gobierno?” o “¿Así quieren que los volvamos a votar?” está destinada a detonar como una bomba esperada pero irresistible.»

El manejo del saldo comercial de la dupla Guzmán-Miguel Ángel Pesce fue un fiasco el año pasado, añaden los informantes de Cristina. ¿Cómo es posible que las reservas del Central hayan terminado tan mal 2021 con exportaciones de 78.000 mil millones de dólares? Para ellos, urge priorizar qué se importa –a dólar oficial– y qué se veta.

 

En paralelo, el tipo de cambio oficial no debería acelerarse –como está ocurriendo, a un ritmo anualizado del 50%– porque lo pida el FMI, sino en función de una política comercial autónoma. ¿Qué superávit comercial se quiere? Tal es la pregunta que, según le apuntan a la vice, debería formularse para evitar que los salarios sigan tan bajos en dólares y que el rebote de la economía se base solo en las patas cortas de la inversión y del consumo de altos ingresos, sectores en los que el Frente de Todos casi no tiene clientela electoral.

 

Por otro lado, si se renegoció, se supone que con éxito, la deuda con tenedores privados y con el Fondo, ¿cómo es posible que el riesgo país siga volando en torno a 1.700 puntos básicos, algo propio de un país en default? Ese dardo le duele a Guzmán.

 

Por último, ¿en qué basa el albertismo su optimismo acerca de que lo peor de la inflación se verá en marzo y que, luego, todo comenzará a mejorar? Si marzo viene influido, más allá de la vieja tara nacional, por la guerra, ¿qué hace suponer que, dadas como están las cosas en Ucrania, lo que venga traiga alivio?

 

Abril arde con los cañonazos rusos, lo que refuerza los reclamos de una suba de retenciones, recurso que ayudaría a desacoplar, en alguna medida, los precios locales de los internacionales. En tanto, los costos de embalaje –hojalata, aluminio, vidrio y cartón– son otro problema y, mucho más, lo que ocurra con los de la energía, algo imprevisible.

 

También le soplan que en el sector agrícola se registra una nueva oleada de sojización, esto es la reconversión de tierras al cultivo del yuyito, que sigue cotizando en torno a los 600 dólares por tonelada. La tendencia desplaza ya incluso al cultivo de hortalizas y, así como hoy se habla de la harina y el pan, acaso pronto se lo haga sobre la papa y otros alimentos esenciales.

 

Guzmán se defiende, aunque en voz bajita, acatando la orden presidencial de “no engancharse” en el Todos contra Todos. “La inflación es prioridad en la política económica”, musitó el jueves durante una reunión con empresarios del sector energético en Brasil.

 

En tanto, en la intimidad, se pregunta qué hacen quienes sacan patente de guapos para “tranquilizar la economía”. En este caso, punto para él. ¿Es serio pretender que los empresarios no remarquen, que los adictos a la compra de dólares no acudan a sus dealers ni bien cuentan con un excedente y que el riesgo país que le cuestionan baje si el cristinismo no deja de hacer olas, si clama por el default y si deja solo a su propio gobierno frente al Fondo?

Sergio Massa comparte las críticas a Guzmán, pero es ella la que juega al ataque. CFK tiene a varios en la mira, pero, en los últimos episodios del show del off the record, sus fieles hacen alguna distinción táctica: Julián Domínguez no se anima a plantear la suba de retenciones, pero al menos jugó bien en la conformación de la canasta de cortes cuidados; Matías Kulfas no funciona, pero “es conciente de los problemas de la gestión” de Guzmán y se los plantea al Presidente. Para aquellos, hoy es momento de concentrarse en el premio mayor, que para lo demás ya habrá tiempo.

 

Mientras, Guzmán está solo y espera.

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